Las familias y la Iglesia católica son, sin duda alguna, los dos principales amortiguadores de esta crisis que está dejando al borde de la cuneta de la exclusión a más de 11 millones de españoles. Los más apologetas llegan a decir que la Iglesia le da al Estado más de lo que de él recibe. Sin exagerar tanto (la exageración conduce al descrédito), está claro que la institución tiene desplegada en todo el territorio nacional una enorme red samaritana. Nucleada fundamentalmente en torno a parroquias (con sus correspondientes cáritas), colegios, congregaciones religiosas e instituciones de todo tipo y cariz. Un enorme mosaico de la solidaridad, cuya encomiable labor no llega al gran público.
Hay muchas iglesias en la Iglesia. Mucho pueblo de Dios, que es y se siente Iglesia. Y, en muchas ocasiones, salva la cara y suple las carencias y las excesivas prudencias de la Iglesia jerárquica. Los obispos en conjunto y la conferencia episcopal como su órgano colegiado callan, mientras el pueblo sufre y se va al paro y hasta tiene hambre y, por supuesto, dificultades para llegar a fin de mes. Negra crisis que pagan los que menos tienen. Como siempre. Y, mientras la CEE guardia silencio "rouquiano", algunos obispo sueltos y, sobre todo, la Iglesia de base gritan, denuncian, dan la cara y ejercen de Iglesia samaritana: "Consoldad, consolad a mi pueblo".
No hay Iglesia más potente que la italiana. Tanto dentro como fuera del país. Alma de la nación, influye, controla, anima, ayuda y, en ocaciones, hasta dirige la política italiana. Directa o indirectamente. Quizás por ello es respetada, querida y odiada a partes casi iguales. Pero ni la Iglesia italiana con todo su poder se ha negado a arrimar el hombro para sacar al país de la crisis. Y no ha puesto excesivas dificultades a la decisión de Mario Monti, el primer ministro católico convencido, de hacerle pagar el ICI (nuestro IBI) a la institución eclesial italiana.
Xavier Novell, el obispo de Solsona, ha llegado pisando fuerte. A sus 43 años está demostrando que es un obispo con ganas de trabajar, de evangelizar, de hacer cosas. Y eso, en medio de una jerarquía cansina, llama la atención. En poco más de dos años al frente de una pequeña diócesis rural del interior de Cataluña, ha sabido proyectarse a toda España. Y, con su última decisión de bajarse el sueldo, ha dado incluso un campanazo que ha resonado en todo el mundo.
Los datos no tienen vuelta de hoja: 7.454.685 de declaraciones que marcaron la casilla de la Iglesia. "Si tenemos en cuenta -como dicen los obispos- que el 23,8% de las declaraciones que se presentaron fueron conjuntas, podemos estimar que en la pasada primavera más de 9,2 millones de contribuyentes asignaron a favor de la Iglesia católica". Más de 9 millones de personas que, al marcar año tras año (es el quinto año consecutivo que suben las cruces eclesiales) la casilla de la Iglesia, le otorgan su confianza, la respaldan, están con ella, la apoyan en una "especie de referéndum anual", como explica el gerente de la Conferencia episcopal, Fernando Giménez Barriocanal. Un dato del que presumir. Pero sin exagerar.
Es bueno como el pan y,además, inteligente, serio y con obra conttrastada. Marciano Vidal es, sin duda alguna, el moralista vivo más prestigioso del mundo. Un moralista que ha creado escuela, siguiendo los pasos de su maestro Bernhard Häring. Nadie ha explicado ni adaptado mejor a la actualidad la doctrina moral de la Iglesia católica. Quizás precisamente por eso, por adentrarse en la gran asignatura eclesial pendiente, lleva años en el punto de mira del ex Santo Oficio.
"Nido de víboras" llamaba Jesús a los fariseos. Hoy, se lo diría al Vaticano. Y es que, como tamibén advirtió Cristo, el poder es la gran tentación del ser humano. Y la curia vaticana, maquinaria del poder eclesiástico por excelencia, reúne, como en todas las cúpulas, gente con vocación de servicio y gente que sólo se busca a si misma a través del poder. Un poder, en este caso revestido de crácter sagrado, que es todavía más poder, la cumbre del poder. Es la gran tentación del clero y algunos de sus miembros sucumben continuamente en ella. Como prueba fehacientemente los últimos acontecimientos.
"Hacia la sanación y la renovación", el simposio sobre los abusos del clero celebrado en la Gregoriana de Roma, ha sido todo un ejercicio público de catarsis eclesial. Por lo que allí se escenificó, por lo que dijeron los ponentes, por lo que asintieron los presentes (casi 200 obispos y cardenales y superiores religiosos), por las medidas que se adoptaron y, sobre todo, por el ejercicio, humilde y sincero, de reconocimiento de los pecados-delitos-errores cometidos. Y, además, porque los altos cargos curiales, la Compañía de Jesús y todos los participantes ofrecieron públicamemte su total colaboración con el Papa-berrendero de Dios.
Su testimonio es brutal, escalofriante, estremecedor. El calvario de Marie Collins, abusada por un cura, a los 13 años, en su cama del hospital. Su inocencia quebrada por un desalmado: "Los dedos que abusaban de mi cuerpo, los mismos que me ofrecían la hostia". Y su lucha, durante años y años, contra la depresión y en busca de justicia. Y se topó con la culpabilización y el encubrimiento más descarado por parte de las autoridades religiosas, incluido su arzobispo (habría que saber su nombre). "Tras denunciarlo, la prioridad del obispo era la protección del 'buen nombre' de mi abusador". Para qué insistir, lean el testimonio y saquen sus propias consecuencias.
Llueven chuzos de punta contra el número dos de la Santa Sede, cardenal Tarcisio Bertone. Con ataques mediáticos descalificadores y cammpañas orquestadas desde dentro de la Curia vaticana, esa sala de máquinas de la Iglesia, al que muchos llaman "casa de lavanderas". Una campaña burda y grosera, que coloca en el debe del Secretario de Estado todos los males del Vaticano y de la Iglesia universal. Y no le concede nada a su haber. Ni siquiera la probada fidelidad y la absoluta lealtad del cardenal salesiano al Papa Ratzinger.
Siguen siendo el "ejército de Dios", la avanzadilla de la Iglesia. Miles de hombres y mujeres que entregan sus vidas por el Reino. Y lo hacen de una forma total, sin reservarase nada para sí mismos. Entregándolo todo con sus tres votos de pobreza, castidad y obediencia. Un ejército multicolor, por sus variados carismas y servicios. Por eso, mejor que un ejército, que suena a militarismo, habría que llamarles el "arcoiris de Dios". Bello, resplandeciente, siempre en medio de las oscuridades, de los infiernos y de las miserias del mundo. Siempre a pie de obra. La mejor encarnación de la Iglesia samaritana. Son lo mejor de la Iglesia o una de sus partes más bellas. Hoy, que es su fiesta, es justo y necesario reconocérselo y dar gracias a Dios por ellas y por ellos.
No se asusten. No le estoy llamando nada malo al cardenal Estepa, de cuya amistad y ayuda puedo presumir y presumo. "Potolo" es el término que utilizan mis hijas, desde niñas, para referirse a personas buenas, entrañables, cariñosas, dignas de ser tratadas como ositos peluchones. Y, para mí, Don José Manuel Estepa, es un cardenal profundamente "potolo". Dicho, por supuesto, con todos los respetos. Y esa "potolidad" se demostró ayer, con creces, en la presentación del libro de Juan Rubio, 'Estepa el cardenal de la catequesis' en la Pontificia de Comillas.
Viernes, 1 de junio
José Manuel Vidal
Orlando Carmona
Juan Fernandez Krohn
Religión Digital
Josemari Lorenzo Amelibia
Asoc. Humanismo sin Credos
Rodrigo del Pozo Fernández
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Francisco Margallo
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Sor Gemma Morató