La jerarquía de la Iglesia católica debería cuidarlo. Y mimarlo como oro en paño. José Bono es de los pocos políticos que no oculta su fe. La tercera autoridad del Estado que presume públicamente de su condición de católico. Y que trata de vivir como tal. Y los obispos (algunos, los de siempre), en vez de ponerle un altar, insisten en condenarlo una y otra vez. En mandarlo a los infiernos y, sobre todo, en desacreditarlo como católico. Y, en declararlo pecador público. Sólo les falta ponerle un sambenito y, cual Torquemadas redivivos, llevarlo de nuevo a la hoguera. Ante los leones de Las Cortes. Y con un cardenal negándole su última voluntad: la comunión.
Viernes, 1 de junio
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