Rumores de Ángeles

El catolicismo ha convertido la confesión en un instrumento peligroso

28.08.09 | 07:44. Archivado en Sacramentos

He seguido con interés - siento mucho que le hayan cerrado su blog - las contribuciones de Juan Masiá Clavel sobre la Penitencia o Confesión y me alegro que en la primera haya insertado como bibliografía el libro de Domiciano Fernández, Dios ama y perdona sin condiciones (actualmente: Celebración comunitaria de la Penitencia, Nueva Utopía, Madrid 1999), de cuya publicación en lengua italiana he tenido el placer de hacerme cargo). Añadiría a la bibliografía el cap. 5 de Andrés Torres Queiruga, Recuperar la creación, Sal Terrae, Santander 1998, 2 ed., "Culpa pecado y perdón", pp. 201-246.

Premisa

Hay una sola religión en el mundo - y en el caso de que existiera otra, la sustancia del discurso no cambiaría - que ha impuesto como sanción el infierno para aquellos fieles que no hubieran confesado a otro ser humano, investido para tal tarea, sus proprios pecados. Una religión en la que por infierno se entiende una condena de duración perpetua, sin posibilidad de apelaciòn, de revisión o amnistía. Y por pecado, algo "grave", pero que, según las épocas también puede consistir en algo insignificante (visto desde hoy día) o perteneciente a la esfera "interior", como puede ser un pensamiento o un impulso del ánimo, y por lo tanto sin consecuencias para el prójimo.

Independientemente de que se trate de un solo pecado -y del más pequeño entre los graves - o bien de una serie innumerable de graves delitos, la sanción no varía: siempre es el infierno.

Esta religión es la cristiano-católica. Precisamente aquella que se ha considerado siempre la más elevada de las hasta ahora aparecidas sobre la faz de la Tierra y la paladina casi exclusiva del amor y de la misericordia de Dios.

Muchas religiones han previsto una confesión más o menos espontánea de los pecados a su Dios, especialmente al final de la vida, pero ninguna con la obligación de la cristiano-católica.

Una confesión que tiene que pasar, además y esencialmente, por la mediación de un ser humano. Ninguna ha hecho de una oferta de perdón, y por lo tanto de un "medio de salvación" -como son designados los sacramentos- un instrumento tan peligroso, que puede constituir incluso un riesgo de perdición eterna, como ha ocurrido en la religión católica.

Y es que la confesión resulta una feroz mezcla de perdón y amenaza, de misericordia y de sádico castigo. Si alguien cree que estoy exagerando, es quizás porque tiene en mente la Penitencia tal como se ha administrado estos últimos años y, sobre todo, porque ignora la enseñanza oficial del Magisterio (catecismos, documentos y libros de teología aprobados) y la normativa canónica en vigor. Una doctrina que, si parece increible, es porque ya no se mantiene en pié, se ha quedado anticuada.

Proposiciones

1. Decir que la Confesión "more tridentino", o sea, la actualmente en uso en la Iglesia católica, ha sido instituida por nuestro señor Jesucristo es lo mismo que afirmar que la Curia romana ha sido imaginada y querida por él.

2. La Confesión, en su aspecto obligatorio (y aflictivo), de autodenuncia del propio pecado a otro ser humano, es considerada hoy como no respetuosa -por no decir injuriosa - de la dignidad humana, en cuanto que viola el derecho a lo privado, introduciendo en el ámbito de la fe o de la religiosidad una dinámica más adecuada a un tribunal civil, que debe perseguir y sanzionar delitos.

3. La Confesión, en la mayor parte de los casos, sirve para eliminar sentimientos de culpa, que la institución eclesiástica misma, através de la práctica del Sacramento, ha provisto engendrar en la conciencia de los creyentes. Se trata de una especie de “imprinting” negativo, debido a siglos de martilleo teórico y práctico, que tiene evidentemente necesidad posterior del recurso compulsivo a la Confesión.

4. La Confesión puede tener, en el mejor de los casos, sentido de perdón y paz interior, cuando se realiza en un clima de libre decisión y confianza en Dios, no por un sentido de contricción y de miedo a una condena. Generalmente, sin embargo, es este último aspecto el que prevalece y el que mueve la máquina de la Confesión.

5. La celebración comunitaria de la Penitencia con absolución general, tal y como es urgida y defendida teológica y pastoralmente por un moderado teólogo - ¡que no es ningún revolucionario del sesenta y ocho! - como el padre Domiciano Fernández († 2001), podría representar hoy una buena alternativa a aquella individual y privada.

6. De inmediato y sin grandes trastornos, se podría contar con un doble canal penitencial para el perdón de los pecados en la Iglesia: la celebración plenamente comunitaria, como forma ordinaria, y la celebración individual, como forma secundaria (que se realizaría a solicitud del feligrés).

7. La orientación vaticana parece, en cambio, propensa a borrar también la actual y tímida tercera forma comunitaria. En realidad, no sería un gran daño, visto que está sometida a cláusulas tales que la hacen impracticable y en todo caso inservible. En cualquier caso, no es indudablemente una buen señal de parte de la institución.

8. Cuánto precede no anularía la posibilidad, para quien lo desee o lo necesite, de celebrar la Confesión en la forma individual. La convierte, si acaso, en algo más consciente y, posiblemente, más fructuoso.

9. En ausencia de una reforma por parte de quien manda en la Iglesia, el pueblo de Dios ha procedido espontáneamente, "motu propio" se diría, a cambiar las cosas. ¿De qué manera? Desertando del confesionario o bien no confesando los pecados sexuales. Por tanto, si esta categoría de pecados representa el 90% de la materia de la Confesión, he aquí que el sacramento se encuentra de repente vacío de sustancia. Se transforma en algo superfluo e insignificante, prácticamente una pérdida de tiempo para penitentes y confesores: los pecados "antiguos" dejan de existir, a no ser como muestrario de irrelevancias y los "nuevos" no forman aún parte de la sensibilidad general.

10. Los pocos que confiesan todavía pecados de tipo sexual – aparte la violación, la violencia y la pedofilia, que son advertidos como culpa, pero que quién los comete no recurre generalmente al confesor - están cerca de los que en un tiempo venían llamados "escrupulosos". Es decir, personas un poco particulares o con una conciencia quizás educada demasiado finamente. Por otra parte, la Confesión, tal como ha sido ideada y reglamentada por el Concilio lateranense IV y, particularmente, después de Trento, tenía que transformarse necesariamente - y así se ha demostrado – en una fábrica de escrúpulos, es decir de enfermedades psíquicas de etiología religiosa. ¡Habría que asombrarse de lo contrario!

11. Con esto, no quiero decir que quien se confiesa por tradición y devoción (y con el “imprinting” psíquico en funciones) sea un enfermo y mucho menos quiero hacer apología de las personas con conciencia crasa. ¡Líbreme Dios! Digo solamente que la Confesión, en sus “pilares tridentinos”, pertenece a una cultura ya tramontada.

12. Está claro que el cristiano de hoy ve y reconoce otros pecados, más allá de los enumerados precedentemente, en relación con la sexualidad. Sin embargo la secular exageración de parte de la Iglesia en atribuir gravedad casi exclusivamente a lo relacionado con ésta esfera y, sobre todo, el deseo agudo de investigar la vida sexual de las personas ha llevado a éstas - por reación - a liberarse de la sofocante tutela y a blindar totalmente este sector.

13. Al final, el verdadero problema no es cambiar un ritual - aunque ésto sea un paso necesario -, sino entrar en una visión del pecado, del perdón y de la misericordia de Dios con una teología renovada. La época premoderna ya ha quedado atrás. Parea unos, el atrás son cuatro siglos. Para todos, son al menos sesenta y cinco años. Tomo como referencia la conclusión del Concilio vaticano II: una fecha convencional pero significativa.

Padre Ferdinando Sudati


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