Rumores de Ángeles

La exaltación del martirio merma el valor dado a la vida humana

14.10.07 | 07:20. Archivado en Mártires

La Iglesia se dispone a beatificar a 498 «mártires del siglo XX en España». El padre Martínez Camino asegura que la ceremonia debe verse como una «fiesta de la fe» que «lo único que busca es la gloria de Dios». Dado que el acto viene a coincidir con la Ley de la Memoria Histórica y que los inminentes beatos murieron a manos de extremistas -digo yo- republicanos, diga lo que diga Martínez Camino, es notorio que se produce, como poco, una coincidencia con matices de confrontación.

Podríamos -y deberíamos, incluso querríamos- creer a Martínez Camino, pero dado que el portavoz de los obispos no quiso contestar anteayer a la pregunta de si el franquismo fue o no fue un totalitarismo, nos entran dudas si no sobre la rectitud de conciencia del citado portavoz, sí al menos sobre sus conocimientos de historia política y sobre la posibilidad de que, teniéndolos, los enmascare y disimule en función de alguna conveniencia que se nos escapa y que, de existir, podría tener alguna relación con el sentido e intenciones de esta próxima fiesta de la fe.

La persecución y aniquilación de las personas en función de sus ideas y credos religiosos es uno de los horrores del siglo XX, que el pensamiento y la práctica democráticos intentan erradicar con todas sus fuerzas en el mundo de hoy. No queremos más totalitarismos ni extremismos exterminadores, ni tampoco más tribunales, ni hogueras ni autos de fe de la Inquisición, que en España duraron cinco siglos bajo el auspicio y control de la Iglesia. No queremos que se persiga a nadie por su credo y sus actos religiosos, ni tampoco que se obstaculice ni se menosprecie a nadie por no tener un credo religioso.

En otra dirección, la glorificación del martirio es un hecho intelectualmente comentable. Dar la vida -en un acto concreto- por una causa exalta pedagógicamente el valor de la causa, pero, tal vez sin pretenderlo, merma el valor dado a la vida humana, incluida, por supuesto, la del mártir. Ahora tenemos por ahí a los suicidas de Alá y a otros terroristas que, siendo obvio que siegan vidas ajenas, también están dispuestos a inmolar la suya persuadidos de que su causa lo merece y la gloria eterna -concedida por un dios o por una Patria- les aguarda.

Quizás sería hora de que, entre todos -y ahora que también se glorifica la muerte del Che-, fuéramos conviniendo en que el mejor modo de dar la vida por alguien o algo es, más que el de los mártires, el de los santos -por utilizar terminología de la Iglesia-, esto es, el de personas que día a día son ejemplos y modelos esforzados de conducta virtuosa. El mártir, para serlo, «necesita» del hecho violento, del que es, desde luego, sujeto pasivo (aunque involuntariamente concurrente, al menos hasta el punto en el que, caso de poder evitarlo, acepta ofrecerse como víctima por no renunciar a sus principios), y ya hemos visto que la aureola del martirio ha cuajado, bajo religiones e idearios diversos, en personas que no dudan en ser sujetos activos de la muerte propia y de otros. Lo mejor sería, en definitiva, alejar la virtud de cualquier cercanía de la violencia. Por si acaso.

Manuel Hidalgo (El Mundo)


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