Es sentir común entre los obispos que el actual presidente de la CEE, Ricardo Blázquez, no ejerce a fondo las funciones que le competen como tal y sigue delegando la toma de decisiones en el trío de los Antonios (Antonio Cañizares, Antonio María Rouco y José Antonio Mártínez Camino), en el Comité ejecutivo o, incluso, en el Consejo de cardenales.
En la última Plenaria, por ejemplo, unos 20 obispos consideraron que la presión del sector conservador (mayoritario) para aprobar la instrucción pastoral era una encerrona. Respaldado por ellos, el arzobispo de Barcelona, Lluis Martínez Sistach, lanzó una enmienda a la totalidad, basándose en los estatudos de la CEE.
Dichos estatutos prevén que, para ser aprobado un documento episcopal, tiene que estar en manos de los obispos con 30 días de antelación. Y éste se lo habían dado el mismo lunes en que comenzó la Plenaria. Sistach, en contra de lo que en él suele ser habitual (peca de prudencia), se la jugó. Y llevaba todas las de ganar. El caso era apodíctico y clarísimo.
Pero los conservadores comenzaron a maniobrar y a presionar. Sostenían que había que aprobar el documento, incluso saltándose el procedimiento. Y en ese momento, Blázquez no ejerció de presidente. No utilizó sus atribuciones para zanjar la cuestión y darle la razón al sector minoritario. Y, uuna vez más, cedió. Y consintió que el tema pasase a un "Consejo de cardenales", cuya figura no contemplan los estatutos de la CEE.
Y, como era de esperar, el consejo de cardenales (integrado por Rouco, Cañizares, Carles y Amigo) se pronunció a favor del sector conservador. Y el documento siguió adelante, se debatió en profundidad, asumió muchas enmiendas y, al final, se aprobó tal y como está. Porque el objetivo de los obispos era que fuese asumido por todos y que no fuese desautorizado por los nacionalistas, cuando llegasen a sus diócesis.
Se aprobó el documento, pero los obispos moderados quieren que el presidente, que salió elegido con sus votos, ejerza y se plante.
¿Puede plantarse Blázquez ante Rouco y Calizares? En este momento, no parace fácil. Primero, por su carácter: no es de los que da un puñetazo en la mesa. Segundo, por lealtad: le debe la mitra a Rouco que lo eligió como obispo auxiliar cuando regía la diócesis de Santiago. Tercero, por escalafón: un simple obispo nunca puede plantarse ante dos cardenales.
Para reforzarle necesita varias cosas. En primer lugar, una señal clara desde el Vaticano. Roma está contenta y comparte su línea de diálogo y entendimiento con el Gobierno, que ha conseguido más frutos en estos tres años que la línea dura de Rouco en más de diez. Desde la financiación al acuerdo de catedrales. Y posiblemente, el acuerdo en Educación. Para ratificar esta línea (la misma que siguió el Papa en Valencia), Blázquez necesita que Roma le saque de Bilbao y le suba de categoría. Es decir, le haga arzobispo. Y los dos arzobispados que van a quedar libres son los de Pamplona y Valencia.
Pamplona sería para Blázquez un premio a medias. En cambio, Valencia significaría colocarlo en una gran diócesis con peso y con escasa problemática, al menos externa. Según lo que haga Roma, se podrá calibrar el nivel de apoyo del que goza Blázquez en la Santa Sede.
En segundo lugar, rentabilizar más los acuerdos que está consiguiendo con el Gobierno socialista. Acuerdos que, a nivel de imagen pública, está acaparando Cañizares.
En tercer lugar, poner en marcha una mínima estrategia para afianzarse en Madrid. Eso pasa por cambiar de secretario general (al que puso Rouco), frecuentar más la Casa de la Iglesia (Yanes estaba en Madrid dos o tres días a la semana), buscar la complicidad de periodistas y medios, y dejarse ver. Tanto en Madrid como en Roma. Perder el mido a la foto pública, al micrófono y al flash.
De lo contrario, dentro de un año, podríab perder la presidencia a manos del cardenal Cañizares, que, como dicen algunos, "tiene hambre de balón".
Jueves, 16 de febrero
José Manuel Vidal
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