Bien sabe el abad de Monserrat, Josep María Soler, que llega el tiempo de recogida de la uva y de la almendra, y, por tanto, el otoño prometido por la Conferencia Episcopal Española (CEE) para alumbrar un documento de reflexión sobre la España de este tiempo.
A la par, es el momento de comprobar si los cardenales Rouco y Cañizares persuaden a sus hermanos del episcopado sobre lo que ambos dos mastican desde hace tiempo: que la unidad de España sea un bien moral teológicamente apuntalable.
Pues bien, a Soler le entrevistó hace unos días en «El País» la cristiana periodista María Antonia Iglesias, con su singular estilo inquisitivo consistente en formular un editorial en cada pregunta. Véase un caso: «Quizá de lo que no quiere, o no puede, liberarse la Iglesia es del recurso a la explicación, mágica, infantil, de la experiencia religiosa. Quizá por eso la gente que hoy vive en libertad y racionalidad le está dando la espalda. ¿Por qué se empecina en esa actitud?», interrogó la cristiana.
Y he aquí la delirante respuesta del primate de la abadía catalana, probablemente seducido por la pregunta: «Porque no saben hacer otra cosa». ¡Vamos, hombre, un poco de respeto, que ninguna reflexión especulativa humana ha alcanzado las cimas de la teología!
Ahora bien, en un punto al menos dio Soler en el clavo: no hay «base teológica» que valga para sostener la idea de unidad de un Estado.
Es más, añadimos aquí: el mismo «Compendio de doctrina social de la Iglesia» anota en su número 387 que «en la legítima reivindicación de sus derechos, las minorías pueden verse empujadas a buscar una mayor autonomía o incluso la independencia: en estas delicadas circunstancias, el diálogo y la negociación son el camino para alcanzar la paz».
Habría de discernir el concepto de «minoría» que Juan Pablo II empleó en este mensaje -el de la Jornada mundial de la paz de 1989-, que es de donde está tomado este dictamen del referido «Compendio», pero, entre tanto, extraña que católicos nacionalistas catalanes, vascos o gallegos no hayan blandido este texto con ahínco.
Pues bien, el gran interrogante otoñal será este: una declaración episcopal sobre la unidad de España enciscará todavía más el presente, pero, sin embargo, resultará apasionante presenciar si libran el desafío teológico las mentes de Rouco, o de Cañizares, o de pensadores de la CEE como el obispo Romero Pose o el secretario general, Martínez Camino.
Otro revelación esperada para este tiempo tiene ya confirmación: el cardenal Bertone, que en unos días tomará posesión de la secretaría de Estado del Vaticano, ha declarado que su misión es, en efecto, reformar la curia de la Santa Sede. Como Benedicto XVI no se anda con chiquitas, no exageramos al afirmar que la Iglesia católica entra con ello en un período interesantísimo.
En cuanto a la Iglesia asturiana, otro misterio está a punto de abandonar las tinieblas: si se celebrará o no un sínodo diocesano. El arzobispo Carlos Osoro ha meditado sobre ello en reciente retiro espiritual. Pronto saldremos de dudas.
Javier Morán (La Nueva España)
Jueves, 16 de febrero
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