El Papa concluyó ayer su primer viaje a España con una homilía sobre la familia ante un millón de fieles, que, por su gran calado intelectual, bien merece una reflexión. Una vez más, Benedicto XVI demostró en Valencia que es un hombre de pensamiento, que ha dedicado la mitad de su vida a la enseñanza de la teología y que posee una sólida formación humanística, que aflora en cada una de sus intervenciones.
En la primera parte de su discurso, el Papa señaló que la familia se muestra en «una comunidad de generaciones» y actúa como «garante de un patrimonio de tradiciones». Según esta visión, la familia transmite una cultura, unos valores y unas señas de identidad de una generación a otra, siendo el eslabón común que da continuidad a la sociedad.
«Cuando un niño nace, a través de la relación con sus padres, empieza a formar parte de una tradición familiar, que tiene aún raíces más antiguas. Con el don de la vida recibe todo un patrimonio de experiencia», afirmó el Papa,
Las palabras del Pontífice reflejan la realidad sociológica de la familia, que ha sido la forma más primaria de asociación desde los inicios de la civilización humana.
Sea en las culturas cristianas, las musulmanas o las orientales, la familia es una institución que ha preservado la cohesión social y que ha transmitido al individuo los valores básicos de la comunidad.
La familia ha sido y sigue siendo un pilar fundamental de nuestra sociedad, por lo que debe ser protegida por los poderes públicos, que no siempre en nuestro país se han comportado con sensibilidad. El actual Gobierno ha practicado políticas para defender los derechos de las minorías, pero está olvidando la defensa de esta institución fundamental que es la familia. Benedicto XVI aseguró que «ayudar a la familia es uno de los mayores servicios que se pueden prestar al bien común», lo que puede ser interpretado tanto como un ruego como un velado reproche a Zapatero.
La segunda parte de la intervención del Pontífice glosó el matrimonio como sacramento y la familia desde una perspectiva teológica, subrayando la importancia de la fe. Poco se puede decir a este respecto. Los católicos se sentirán identificados con estas palabras y los no creyentes no compartirán esa visión.
Es muy importante subrayar que tanto en esta intervención como en sus anteriores apariciones públicas, el Papa ha defendido la moral católica, pero ha ensalzado también los valores de la libertad y la tolerancia que él inscribe en la tradición intelectual europea.
El Pontífice reivindicó en su primera encíclica -Dios es amor- el valor de las ideas y de la acción individual al afirmar que «la sociedad justa no puede ser obra de la Iglesia sino de la política», entendida como una democracia participativa.
Aunque los más cómodo para muchos demagogos sea aferrarse a los clichés, los primeros pasos dados por este Papa conforman una imagen bien distinta de la que se atribuía al cardenal Ratzinger. Sus palabras en este viaje -cuya organización ha sido, por cierto, casi perfecta- reflejan ese intento de conectar con una amplia mayoría social que puede sentirse identificada con unos mensajes basados en los valores de la mejor tradición humanística.
Editorial (El Mundo)
Sábado, 18 de febrero
José Manuel Vidal
Pedro Tarquis
Salvador García Bardón
Alejandro Córdoba
Movimiento Rural Cristiano
Asoc. Humanismo sin Credos
Vicente Haya
Josemari Lorenzo Amelibia
Francisco Margallo
Jose Gallardo Alberni
Guillermo Gazanini Espinoza