Escribe Ignacio Camacho en ABC que, si en vez del Papa fuese el Dalai Lama el que estuviese de visita en España:
resulta bastante probable que al presidente Zapatero le faltaran minutos en el día para deshacerse en desvelos hacia el ilustre invitado y fotografiarse con él en cuantas ceremonias tuviese a bien participar.
El budismo tibetano no es la confesión mayoritaria en España ni figura citado de modo preferente en la Constitución. El catolicismo, sí. Pero el líder espiritual de la religión que profesa la mayoría de los españoles no merece que el jefe del Gobierno esté presente en una Misa por él celebrada. Simplemente, porque hacer ostentación de laicismo frente a la Iglesia -no tanto ante otras confesiones- está bien visto por cierta progresía ante la que a Zapatero le gusta ejercer de progre.
En Andalucía, y en otros muchos lugares, los alcaldes y autoridades autonómicas de la izquierda suelen presidir encantados las procesiones de Semana Santa y demás celebraciones de índole religiosa. La mayoría son agnósticos, o descreídos, pero entienden, vanidad aparte, que se trata de una manifestación de la fe y de la cultura de su pueblo. El pueblo español se declara abrumadoramente católico, aunque luego cada cual actúe en su vida privada según el libre albedrío que esta fe -no otras, por cierto- reconoce a la individualidad de la persona. Y un político que se identifique con su gente debe saber reconocer y respetar las creencias de sus conciudadanos, al margen de las suyas propias.
A Zapatero no se le demanda que participe en la Eucaristía, ni que rece el Credo, ni que se arrodille en la Consagración. Simplemente, que esté, que asista, que convalide con su presencia un acto multitudinario presidido por quien en todo el mundo merece la consideración de Mensajero de la Paz, esa palabra con la que al presidente se le llena la boca. Que muestre un mínimo de consideración hacia una figura de importancia planetaria que, por ende, concita la adhesión de millones de españoles, y el respeto de otros tantos. Que se sitúe, en ocasión señalada, del lado de los ciudadanos a los que representa, independientemente de que le hayan votado.
Pero no. Él tiene que hacer ostentación de laicidad, marca distancias, y de paso ponerse a salvo de alguna crítica genérica que Benedicto XVI pueda manifestar hacia su política en el ámbito de la educación, la religión o la familia. Eso no es precisamente un gesto de coraje, y acaso sí de mala conciencia. Un gobernante ha de estar a las duras y a las maduras, y ser consecuente con sus decisiones sin escurrir el bulto. Pero, sobre todo, ha de ser educado y no desairar a los huéspedes de su país.
En España, el Papa es un visitante mayoritariamente bien recibido. Un hombre de religión que trae un mensaje reconocible de concordia, de diálogo, de bondad, cuyo fondo moral está por encima de las doctrinas y las circunstancias. Sólo desde el más ciego sectarismo se pueden cerrar los ojos a esta evidencia que, por fortuna, tanta gente de izquierda, creyente o no, sabe reconocer como parte de un concepto generoso de la política.
Ignacio Camacho (Abc)
Jueves, 16 de febrero
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