Los valencianos y cientos de miles de personas llegadas de toda España acogieron ayer con entusiasmo a Benedicto XVI, en su primera visita a nuestro país.
Tras ser recibido por los Reyes y el presidente del Gobierno, el Pontífice rezó por las víctimas del accidente de Metro y celebró un emocionante encuentro con sus familias en la basílica de la Virgen de los Desamparados. Por la tarde, mantuvo una entrevista con José Luis Rodríguez Zapatero y la vicepresidenta De la Vega, que, según la versión del Gobierno, fue «extraordinariamente cordial».
El Papa va a oficiar en la mañana de hoy una misa, a la que asistirán los Reyes y el presidente de la Generalitat pero no Zapatero. Está previsto que la representación del Gobierno recaiga en el ministro de Exteriores.
Ello fue criticado ayer por algunos sectores próximos a la Iglesia, que consideran que el presidente del Gobierno, al margen de sus creencias, debería asistir al acto más importante de la visita papal. Joaquin Navarro Valls, el jefe de prensa del Vaticano, reprochó también veladamente a Zapatero esa ausencia al comentar a un grupo de periodistas en el avión que Fidel Castro, Daniel Ortega y el general Jaruzelski estuvieron presentes cuando Juan Pablo II ofició misa en sus países.
El argumento de Navarro Valls no vale porque esos tres dirigentes políticos eran dictadores que querían utilizar el viaje del Papa con fines propagandísticos. No hace falta ir tan lejos: cuando era líder de la oposición Zapatero asistió a la misa del Pontífice en la plaza Colón de Madrid, en mayo de 2003. Charló unos minutos con el Papa y le regaló un cuadro de Chillida.
Que hoy no acuda a la misa y, al parecer, tampoco a la despedida de Benedicto XVI, puede ser interpretado por algunos católicos como una descortesía. Si su convicciones le permitieron estar en la misa de Madrid, ¿por qué no quiere estar presente en la de hoy? Muchos se harán esta pregunta, pero también es cierto que no faltarían quienes interpretaran su asistencia como un acto de cinismo en un gobernante que ha legalizado el matrimonio homosexual.
Lo relevante es que tanto el Papa -que evitó entrar en la polémicade las bodas gays, subrayando que no deseaba comentar «las cosas negativas»- como Zapatero intentaron ayer desdramatizar las diferencias y dar un aire de normalidad a la visita.
Benedicto XVI realizó un discurso centrado en los valores de la familia y destacó el carácter «insustituible» del matrimonio, lo cual tiene todo el sentido ya que el Papa venía a clausurar un congreso sobre estos temas. Resultan ridículas y mezquinas, por ello, las reacciones de algunos sectores minoritarios y de algunos medios de comunicación, que han hecho todo un ejercicio de anticlericalismo trasnochado ante esta visita.
A nadie se le ha obligado a acudir a los actos de Valencia como a nadie se le obliga a compartir la moral católica. El Estado y la Iglesia se mueven en ámbitos diferentes y autónomos y, por ello, deben respetarse mutuamente. Ayer existió ese respeto y se puso de manifiesto un deseo de concordia, que debería traducirse en un diálogo permanente para solucionar los problemas.
Editorial (El Mundo)
Jueves, 16 de febrero
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