Rumores de Ángeles

Benedicto XVI en una España dolorida

05.07.06 | 06:35. Archivado en Visita Papa
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La tragedia del metro valenciano recompone la visita del Papa a Valencia. No hay nada como el dolor humano para poner en su sitio los valores y las ambiciones. Nada cambia, naturalmente, en el significado de la familia, pero lo enmarca en la realidad cotidiana de la angustia y del sufrimiento, en aquello que prevalece irremediablemente en la historia de los hombres. Tal vez este triste acontecimiento purifique la reunión valenciana de aspectos que parecían contaminarla.

El catolicismo español ha sido, generalmente, demasiado político, demasiado manipulado tanto por el poder político como por el eclesiástico. En estos últimos meses, el talante con el que los poderes socialistas se han acercado al tema religioso ha facilitado una reacción clerical no tanto desmesurada como inapropiada.

La oración por España, impuesta esta semana por los cardenales de Madrid y Toledo, nos ha hecho pensar en persecuciones y legislaciones anticlericales radicales propias de otros tiempos y que, de hecho, no se están dando. Es verdad que el anticlericalismo de algunos políticos socialistas es anacrónico y que algunas leyes o expresiones responden a aspiraciones sociales minoritarias, pero no se puede reaccionar, ni siquiera ante el mal, con despropósitos, porque se pierde autoridad moral y prestigio, y la Iglesia española anda muy necesitada de ambos.

Por otra parte, el peligro de quedar prendido en la maraña de un partido político o de tendencias políticas determinadas constituye una tentación permanente y resulta evidente en nuestros días. La fotografía del cardenal de Madrid en amigable compañía con Aznar y Rajoy, de riguroso chaqué ambos, en la imposición del doctorado 'honoris causa' a monseñor Rouco en la Universidad San Pablo resultaba dolorosamente expresiva. En este tema sigue de riguroso precepto lo de que hay que serlo y parecerlo.

La visita del Papa a la Iglesia española constituye la manifestación de un deber suyo, y la defensa de la familia forma parte de sus obligaciones, pero no visita una Iglesia colgada de una nube etérea sino situada en un país con millones de ciudadanos con valores y actitudes alejadas de las tradicionales eclesiales. Todos tenemos la ocasión de acogerle con cariño o con respeto, pero también la capacidad de exigir respeto por lo que ha decidido la mayoría de la nación.

La tristeza en la que se encuentra sumergida la población valenciana no tiene por qué incidir en el entusiasmo de la acogida, pero debiera limitar los manejos de algunos creyentes y de algunos políticos. El amor familiar engendra vida y es capaz de acompañar solidariamente a quienes mueren. Los creyentes congregados en Valencia tienen una ocasión singular para expresar toda la carga positiva y creadora de la familia, no con palabras sino con actitudes y talantes. El amor de Dios no tiene fronteras y la familia cristiana es necesariamente acogedora. Frente a la actitud dominante de condenar y rechazar obsesivamente, se nos ha dado la ocasión de insistir en la actitud propositiva, demostrando nuestra capacidad de comunión, de compasión, de compartir las alegrías y tristezas de todos nuestros hermanos.

En más de una ocasión hemos muerto para el mundo a causa de la intolerancia religiosa. Es el momento de demostrar nuestra capacidad de comprender y de acompañar.

Juan María Laboa (El Correo)


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