Rumores de Ángeles

El disenso silencioso y moral

07.05.06 | 08:03. Archivado en Cardenales, Moral sexual
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Acaba de fallecer Cristina Kaufmann, aquella religiosa carmelita que sacudió a media España el 12 de mayo de 1984 porque Mercedes Milá la llevó a su programa televisivo y le invitó a que explicara que era eso de rezar. Y Kaufmann, ojos azules y naturalidad, se puso a orar ante las cámaras.

Esta carmelita ha muerto de cáncer, a los 67 años, en su monasterio de Mataró, según ha relatado José Manuel Vidal en una necrológica publicada en «El Mundo».

Ratos televisivos como aquel no se ven ni en la hermana catódica de la COPE, Popular Televisión, que sin embargo reserva horarios nocturnos estelares a Jiménez del Oso, aquel buen hombre, psiquiatra, parapsicólogo, adivinólogo, ufólogo, que predijo alguna vez la fecha de su muerte y falló crasamente, aunque acabó partiendo de este mundo hace poco más de una año.

Es posible que al programador católico de Popular TV le parezca infinitamente mejor ver a Del Oso persiguiendo un ovni que contemplar a un hatajo de mozos potreando en la casa de su vida o en la cocina del infierno. Pero esto no toca ahora.

Volvamos a la Kaufmann, que ejecutó en público sin ningún reparo el acto central de la práctica cristiana, algo tan íntimo -«Dios es más íntimo que mi propia intimidad» (San Agustín)- que casi parecía un gesto poco pudoroso.

Valga aquel caso aislado de mística televisada para recordar que cuando la Iglesia deja de ser mística acaba siendo moralista, que es a lo que ahora vamos, a raíz del cierto revuelo causado por unas reflexiones del cardenal Carlo María Martini en un coloquio con el médico Ignacio Marino, publicado por el italiano «L'espresso» (abril de 2006).

Allí manifestó Martini que «es preciso hacer todo lo posible contra el sida y, en algunas situaciones, el uso de condones puede constituir un mal menor». El cardenal jesuita concretaba esta afirmación en el caso del matrimonio en el que uno de los esposos «se contagia de sida; entonces, el infectado está obligado a proteger al otro cónyuge, que debe estar también interesado en tomar las medidas protectoras».

A continuación, matizaba Martini que una cosa es «el principio del mal menor, aplicable en todos los casos previstos por la doctrina ética», y otra, que «si es conveniente que las autoridades religiosas sean las que promuevan tales medios de defensa, casi como si se creyera que los otros medios moralmente sostenibles, incluida la abstinencia, deban ponerse en segundo lugar».

Es decir, frente a una primera lectura de las palabras de Martini de la que se dedujese que el cardenal emplazaba al Vaticano a incluir la doctrina del mal menor en su magisterio moral, lo que en realidad hacía el jesuita era preservar a la Santa Sede, en principio, de la obligación de modificar la doctrina consagrada desde la encíclica «Humanae Vitae» de Pablo VI (1968), que rechaza por completo el uso de métodos anticonceptivos artificiales.

No obstante las palabras del anciano cardenal desataron el mismo efecto que aquellas del secretario y portavoz de la Conferencia Episcopal Española, el asturiano Juan Martínez Camino, quién afirmó que el preservativo tenía cierto papel en la lucha contra el sida. Recuérdese que inmediatamente varias conferencias episcopales latinoamericanas -tan atentas a la madre patria- se preguntaron si lo dicho por el jesuita español sería indicio de un venidero cambio de postura de la Santa Sede en esta materia.

No había tal, ni mucho menos. Los fontaneros de Camino matizaron las palabras del portavoz y pusieron punto final al barullo.

Con Martini ha sucedido algo similar. La Conferencia Episcopal portuguesa, fundamentalmente conservadora, se hizo eco hace unos días de la necesaria recuperación de la doctrina del mal menor.

Este hecho se une a un documento de fuerte contenido que la Conferencia de los Religiosos Canadienses (CRC) ha dirigido a los obispos de su país, que este mes de mayo realizarán la visita «ad limina» en el Vaticano. Los religiosos canadienses urgen la revisión de la moral sexual, además de recomendar la plena aceptación eclesial de los divorciados nuevamente casados, de los homosexuales y de las mujeres. Reclaman asimismo que se abra de nuevo la reflexión sobre el celibato opcional de los sacerdotes y la ordenación de las mujeres. Es decir, todo el programa reformista que viene batiendo desde el Concilio Vaticano II.

La CRC reúne a 213 congregaciones religiosas con más de 22.000 miembros. No es puñalada de pícaro.

Pues bien, aunque el cardenal Alfonso López Trujillo (presidente del pontificio Consejo para la Familia) respondió en tono un tanto desabrido a Martini -el Vaticano «no cederá ni un milímetro con el preservativo»-, lo que constatamos es que cada vez son más profundas las convulsiones que surgen en cuanto algún eclesiástico prominente toca extraoficialmente la doctrina moral católica.

Existe un magma subterráneo en esta materia que no es sino indicio de ese disenso silencioso y moral que en la práctica han incorporado muchos católicos a sus vidas, sin por ello sentirse alejados del ideal cristiano.

Después de todo, en sentido estricto, los comportamientos morales son consecuencia y no punto de partida del mensaje evangélico. Jesucristo no predica una moral, predica la salvación mediante la conversión al Reino de Dios. Reúne a los discípulos para que estuvieran con él y para enviarlos a predicar la buen noticia del Reino. De ahí se deduce que proponer preceptos morales sin esas premisas teológicas de la salvación es puro moralismo.

Cierto es que la Iglesia vivió ya en los primeros siglos una derivación desde la «auctoritas» -Jesucristo hablaba con autoridad, dicen los Evangelios- hacia la «potestas», o configuración de un poder primado. Igualmente, de la «traditio» -la tradición de los Santos Padres, la liturgia, etcétera- se ha pasado a la «discretio», o guía de la Iglesia confiada al buen juicio del Magisterio. De comunicar la fe se ha pasado también a determinar estrictamente la fe.

Sin duda, sólo cierto angelismo nos conduciría a rechazar el polo «potestas» en beneficio de la «auctoritas», y lo mismo puede predicarse de los otros dos binomios enunciados. Pero volvemos al argumento inicial: la Iglesia que pierde su ideario místico -poner al hombre en contacto con Dios- necesitará infinitos esfuerzos para fijar una moral que, desenganchada en ciertos aspectos de los creyentes, genera un disenso silencioso.

Javier Morán (La Nueva España)

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Comentarios
  • Comentario por Sota de Bastos 09.12.07 | 14:25

    Hay algo evidente: el Cristianismo, a diferencia de las religiones “étnicas”, que tienen una confusión entre ética, moral y derecho, no tiene ni puede tener más que dos mandamientos: “Amarás a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a ti mismo”. Todo intento de añadir un tercer mandamiento, que unas veces ha sido: “Obedecerás al rey absoluto”, otras: “Aceptarás la esclavitud”, otras: “Respetarás la propiedad romana”y hoy parece que sólo queda. “Ejercerás el sexo y formarás la familia así o asá”, supone modificar el mandamiento de amar al prójimo, es decir, añadirle la coletilla: “Amarás al prójimo como a ti mismo, en todo, menos en el sexo, en el que hay obligación de hacerse daño a sí mismo y/o al prójimo cuando lo diga tal o cual instancia”.

  • Comentario por Sota de Bastos 09.12.07 | 14:24

    Bueno, pues se ponga como se ponga la iglesia que sea, en el sexo, como en todo lo demás, rige el mismo principio ético y, por lo tanto, se aplica también la doctrina del mal menor. No nos engañemos: el Evangelio de San Juan dice que “todos los mandamientos se reducen a amar a Dios y al prójimo”, y no “todos, menos los mandamientos del sexo”; y Jesús dijo “Se hizo el sábado para el hombre y no el hombre para el sábado”, y no :”Excepto en el sábado sexual, en el que se hizo el hombre para el sábado”; Y también: “Y vosotros, malditos, íos al fuego eterno, porque al hacer daño a vuestros hermanos a mí me lo hicisteis” y no añadió: “Excepto en el sexo, en el que no va de amor, sino de ritos y normas, semejantes a las que usan los fariseos”.

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