Rumores de Ángeles

Tiempo de obispos

13.04.06 | 07:30. Archivado en Conferencia episcopal, Iglesia vasca

La Iglesia católica nos tiene acostumbrados a tomas de posición que obvian los avances científicos, a la vez que intentan imponer criterios de conducta sin tener en cuenta la privacidad de las conciencias y la autonomía personal de los individuos, como con la reciente declaración de la Conferencia Episcopal sobre la reproducción.

A pesar de todo llama la atención que, a estas alturas de la historia, haya tanta beligerancia sobre aspectos como la reproducción asistida o la experimentación de células madre con fines terapéuticos, que son de amplia aceptación social.

En España, el Estado paga a la Iglesia católica bastante dinero, 3.000 millones de euros al año para sueldos del clero, enseñanza y actividades asistenciales. Lo que puede entenderse por la presencia y arraigo histórico de la Iglesia católica en nuestro país, y también por el reconocimiento a la función social que realiza.

Además, el Estado aún paga otros 35 millones de euros cada año a la Iglesia para compensar lo que no aportan los católicos en su declaración de la renta. Es una generosidad, que se mantiene desde el inicio de la democracia. Los obispos no acostumbran a agradecerlo, y pelean con frecuencia para defender sus intereses respecto de la enseñanza, o intervienen críticamente en la vida personal y social, contribuyendo a veces a enrarecer la convivencia. Estas actitudes coinciden con las opiniones más conservadoras del arco político, lo que establece un cierto juego de complicidades de signo partidario, que enmascara los límites entre el rol espiritual de la Iglesia y el debate político y científico.

No obstante, hoy caben otras consideraciones. Ante la nueva y excepcional situación del País Vasco los obispos pueden ser una parte determinante para conseguir que el proceso que se inicia culmine con éxito. La rígida actitud episcopal sobre la moral sexual y la reproducción puede facilitarles un mayor crédito ante la opinión conservadora.

LOS MÉDICOS sabemos que un buen tratamiento comprende tanto la acción directa sobre las causas del trastorno como también importantes intervenciones coadyuvantes que contribuyen decisivamente al éxito terapéutico. Hoy los obispos pueden ser el gran factor coadyuvante. Lo digo sin menoscabo, y con todo el respeto, para el Estado laico que defiendo.

Es notorio que entre los obispos no hay actitudes homogéneas. Como buen reflejo de la pluralidad social, también entre los prelados hay criterios diversos sobre el devenir del país; opiniones, a veces, enfrentadas. El debate social y la reflexión interna entre ellos pueden ser de gran beneficio para el conjunto de los ciudadanos. Es un activo que nadie debiera menospreciar. Ahí es donde radica su influencia social.
Hay obispos cercanos al movimiento aberzale, los hay en buena sintonía con el Gobierno, y los hay, muchos más, con estrechas relaciones en la oposición. Pueden ser el puente de tres arcos que sirva de enlace y contribuya a la digestión de los tratamientos necesarios, que no siempre serán agradables para todos.

Se abre un complejo y difícil camino para iniciar los pasos justos y necesarios. Junto a la aceptación y al desagravio a las víctimas y a sus familias, también habrá de conseguirse la reinserción social y democrática de los etarras y su entorno. Será difícil convencer a las actitudes recalcitrantes, de uno y otro lado. Si lo será respecto a las víctimas, y a quienes las representan, más difícil puede ser lograr los necesarios acuerdos que vinculen de forma amplia, sin exclusiones, a quienes piensan que la violencia es su arma política. De no alcanzarse este amplio acuerdo la paz no sería posible.

Puede ser difícil perdonar, más aún olvidar, pero hay que aprovechar el tiempo de soluciones que se ha abierto, con generosidad, a riesgo de que no sean las más deseadas, si queremos llegar a una paz respetuosa, que nos abarque a todos y facilite la convivencia.

El mandamiento del no matar, la virtud de la caridad y la reconciliación frente a la venganza deberían dejar de ser palabras huecas para quienes creen en el magisterio de los obispos. Los demás lo celebraremos. Hoy estamos ante un tiempo histórico distinto que puede ser clave para resolver varios conflictos a la vez.

SI LOS OBISPOS saben y se esfuerzan en intervenir frente a conservadores, Gobierno y aberzales, con su capacidad de interlocución a distintas bandas, pueden gozar de la ocasión dorada para validar su prestigio frente a la ciudadanía. Éste es su reto; espero y deseo que sepan asumirlo.

Si el Rey supo ganar plaza un 23 de febrero, los obispos pueden ganar ahora la suya.

No sugiero cambiar la ciencia o el respeto a la intimidad personal por la paz, sería una proposición absurda. Pero la ciudadanía sabrá reconocer la deseable aportación de los obispos a la paz y la convivencia.
Nolasc Acarín (El Periódico)


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