La religión se ha convertido en una cuestión discutida en nuestros días. Nadie lo hubiera dicho hace unos años, pero las cosas son como son. No se puede decir, “pues peor para las cosas”. En particular la religión musulmana se ha hecho un asunto habitual en nuestras conversaciones. También la católica, el cristianismo católico, tiene su espacio en las noticias. Es claro que Zapatero y los Obispos no acaban de entenderse.
A los conflictos de origen religioso algunos quieren ponerles remedio a la brava. Si la religión provoca conflictos, -dicen-, el remedio es dejar la religión. La religión es un asunto privado –añaden- que no da más que problemas. Fuera la religión. Así lo piensan algunos para su vida privada y lo defienden para el conjunto de la sociedad.
Este remedio me parece muy burdo y, a la postre, un fracaso. Me recuerda a alguien que dijese: Como la adolescencia es muy problemática, ignoramos la adolescencia; y como los niños necesitan mucha ayuda, nos saltamos esa etapa de la vida. No es exactamente igual, lo sé, pero creo que la religión es una dimensión de la vida que la echas por la puerta, y te vuelve a entrar por la ventana. Conozco a gente que dio carpetazo a la religión en sus años jóvenes, y convirtió su nación en una religión. ¡Qué le vamos a hacer!
Siempre hay algo que se presta a ocupar el lugar de la religión cuando la expulsamos de nuestra vida; ya digo, la nación, la profesión, el dinero, la belleza, las vacaciones, el deporte, el ocio o la naturaleza, algo que se nos va de las manos y lo divinizamos. A menudo, el ídolo es la propia religión, lo reconozco. No se debe confundir, claro está, religión e iglesias; no son exactamente lo mismo; tampoco lo contrario. Conviene discernir en cada caso y no hablar de oídas.
Cuando digo que la religión no se puede echar fácilmente de la vida, estoy hablando de las preguntas religiosas. La religión hay que purificarla con mucha sinceridad en el espejo de los derechos humanos de todos y en la solidaridad con los más débiles. Si sale de este examen bien parada, créanme, aporta experiencias y sentimientos muy hermosos. No cotizan en la bolsa, pero calman mucho el espíritu y nos hacen un poco mejores, lo cual en estos tiempos, y siempre, es fenomenal.
Eso sí, las religiones tienen que aprender a responder a sus acusadores con la palabra, sólo con la palabra. La gente de cultura democrática, dentro y fuera de las religiones, tiene que utilizar la palabra, sólo la palabra, para defender sus ideas. La palabra es de todos, nadie es su dueño. Ella desnuda de razón a quienes no razonan y desnuda a quienes recurren a la violencia, ella desnuda a quienes hablan de la verdad como si fuera su patrimonio. La palabra es lo más humano que tenemos. No la desperdiciemos. ¡Ni siquiera cuando nos referimos al terrorismo!
José Ignacio Calleja Facultad de Teología
Vitoria-Gasteiz
Jueves, 16 de febrero
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