
Hace seis meses que me pasó y aún sigo metiendo la mano por debajo de la braguita, agarrándome el coño aunque esté en un lugar público y haciéndome disimuladamente pajitas cada vez que lo recuerdo. Estábamos invitados a una fiesta, que daban unos amigos de la facultad. Era en la casa de Roberto y Ramón. Los dos eran de fuera y compartían un piso enorme, en una urbanización, muy lejos del centro.
La noche del sarao, le toco guardia en el Hospital a mi marido, que está haciendo prácticas, y tuve que ir sola. Yo soy rubia, con ayuda del bote y de esas tías que hacen mirar a los hombres. Quizá esté un poco gordita, pero tengo deonde agarrar y siempre me ha gustado la juerga.
Cuando llegué, la fiesta estaba en su apogeo y, como de costumbre, me puse a bailar con todos, en medio de gran algarabía. Lo pasé muy bien y cuando quise darme cuenta, era tardísimo y sólo quedábamos allí los anfitriones y yo. Nos sentamos en la sala a beber una última copa, la de la despedida.
Fue entonces, cuando Roberto, que casi tan rubio como serio y siempre ha ejercido como una especie de tipo responsable en la pandilla, me hizo notar que había pimplado bastante y que quizá no fuera prudente coger el coche y conducir de vuelta a Madrid.
Sábado, 22 de noviembre - Actualización: 04:31