
La tarde se presentaba aburrida. Para empezar, hacía un calor de mil demonios y ya me había hartado de darme chapuzones en la piscina. Mis amigos estaban cada uno por su lado. Sin plan a la vista, decidí que lo más sensato era bajar al videoclub y trincar dos películas para matar las horas viendo guarrerías y pelándomela. Lo del alquiler tenía el atractivo adicional de pasar unos minutos admirando a la dependienta, que siempre me pone cachondo
Es una tía rubita, pero está más buena que el pan. Tiene un de esas bocas que parecen hechas para la mamada y unas tetas de impresión. Es de las flacas, que suelen chuparla muy bien y a las que les encanta el culito.
Cuando entré, el local parecía la cocina del infierno y a la paisana le resbalaba una gotita de sudor por el canalillo.
El caso es que la tía no cesaba de arrimarse al ventilador y el soplo de aire había hecho su efecto en los pezones, que se le marcaban como dos parachoques.
A esas horas no suele haber clientela. Era yo el único que deambulaba de estante en estante, mirando títulos y sopesando posibilidades. En mis idas y venidas, aprovechaba para mirar en su escote, o para pedirle algo que estuviera en los cajones de abajo, lo que la obligaba a agacharse y me permitía admirar aquel trasero.
Llevaba una faldita vaquera que apenas tapaba nada. Menuda guarrona.
Sábado, 22 de noviembre - Actualización: 03:32