
Los lunes había entrenamiento suave y aunque a ella, que ya llevaba años en el periódico, nunca la mandaban al campo, porque eso era tarea de los macarrillas de la Sección de Deportes, le habían colocado el marrón. Era época de vacaciones y andaban cortos de personal en el periódico.
Enfiló con el coche donde el portón de salida de jugadores, donde le habían dicho que lo hiciera.
-¿Hola señorita, quien eres tú? , la increpó el fornido guardia de seguridad de la entrada.
La chica, ya mayorcita para dejarse impresionar, miró al calvo con desdén.
-Soy periodista ¿o me has visto pinta de delantero centro?, replicó ella desafiante.
No era de las que dejaban que los tíos se le montasen encima. Ya tenía una edad y experiencia, como para aguantar pesados.
-No te he confundido con nadie, pero para entrar aquí necesitas una acreditación, así que o me la enseñas o no entras.
-Te la enseño, guapo, te la enseño, claro que sí, faltaría más.
La reportera hurga en el bolso y por fin encuentra una tarjeta plastificada que muestra al vigilante que no aparta la vista de sus muslos, la falda no cubre ni las bragas.
Domingo, 7 de septiembre - Actualización: 11:43