
Mónica atravesó de prisa el vestíbulo que daba acceso a la sala de proyecciones. Tal y como esperaba el documental de arte había comenzado y lamentó que el atasco de tráfico y las dificultades para encontrar aparcamiento le hubieran hecho retrasarse y perderse el principio. La sala estaba llena y no encontrando lugar para sentarse se situó de pie en uno de los laterales del local, detrás de la última fila de asientos.
Dando descanso a su cuerpo aun fatigado por la carrera, se concentró en la gran pantalla donde se sucedían las imágenes y comentarios sobre pinturas de la época del impresionismo francés.
Seguía entrando gente en el local y toda la zona posterior del mismo se fue poco a poco abarrotando.
Mónica no se había percatado del grupo de jóvenes que se situaba justo alrededor de ella, hasta que, mientras se exponía una pintura de Edgar Degas, notó un ligero roce en su trasero, y poco después algo que se apoyaba mas firmemente en él.
Inicialmente no dio importancia al hecho, pensando que se debía a la aglomeración de gente a su alrededor, y adelantó un poco su posición, lo suficiente para evitar el contacto.
No había transcurrido un minuto cuando volvió a notar, ahora con toda claridad, como una mano se aferraba a sus posaderas y empezaba a palparlas con suavidad.
Sorprendida e incrédula, Mónica giró la vista en busca del atrevido manoseador descubriendo justo detrás de ella a Toñete, que contemplaba con semblante serio y concentrado la pantalla.
Desconcertada se movió de nuevo hasta apoyarse sobre la silla que tenía justo delante, notando como la mano intrusa no solo la acompañaba en el desplazamiento sino que incluso aumentaba descaradamente la presión ejercida.
Una nueva y airada mirada hacia atrás le permitió descubrir la sonrisa taimada de Toñete que ahora la observaba ya sin disimulo alguno y, pasándose la lengua lentamente por sus labios, le daba a entender lo que estaba disfrutando tanteándole el culo.
Sin espacio ya para escapar se quitó la mano del chico de encima con un limpio manotazo esperando acabar así con su osadía.
La tranquilidad de los siguientes minutos parecían haberle dado la razón y ya había conseguido concentrarse en las extensas explicaciones de la obra de Monet, cuando de nuevo sintió en esta ocasión los dedos de Toñete acariciarle directamente la carne de los muslos que su falda corta dejaba al descubierto.
Mónica pensó que aquello era ya demasiado, pero no queriendo molestar a la gente allí reunida, decidió que era mejor abandonar esa zona de la sala dejando para más adelante la adopción de las medidas necesarias para castigar al chico.
Cuando iba a iniciar la retirada se percató de que todo el grupo de chavales estaba demasiado concentrado a su alrededor, impidiendo un natural movimiento de huida, y que el que más se había acercado a ella era Toñete.
Podía sentir su aliento justo sobre su hombro y su repugnante olor a sudor mientras las yemas de los dedos de su mano le recorrían los muslos como una araña, aproximándose lentamente y sin reparo alguno hacia sus nalgas.
Indecisa entre la inoportunidad de montar allí un escándalo o dejar que el chico siguiera metiéndole mano, su gesto instintivo y disimulado fue de nuevo apartar de un manotazo la mano agresora pero, ante su sorpresa, él le paró el movimiento agarrándole el brazo con la mano libre.
De nada sirvió que ella repitiera el gesto con su otro brazo, éste fue igualmente atenazado con habilidad por el chico.
De repente Mónica se encontró indefensa, igual que si estuviera esposada, con las muñecas sujetas a su espalda, por la fuerza de una de las manos de Toñete mientras que la otra seguía abriéndose paso por los muslos y alcanzaba sus bragas.
La inmovilización fue breve, el tiempo necesario para que él le recorriera un par de veces el trasero en toda su extensión y para que ella, en su forcejeo por desasirse de la sujeción, apoyara las palmas de sus manos sobre la entrepierna de Toñete y frotara involuntariamente el bulto provocado por su erección.
Luego él la soltó y se retiró hacia atrás.
Mónica, presa de un enfado mayúsculo, se contuvo para no darle el merecido bofetón allí mismo y, tras lanzarle una mirada desafiante, se abrió paso a empujones entre los demás chicos para buscar un lugar mas tranquilo donde terminar de ver la proyección.
No lo consiguió, su mente repasaba una y otra vez lo sucedido y se encendió de tal modo que se fue de allí antes del final con el firme propósito de tomar al día siguiente las medidas oportunas.
Noelia se sentó en su mesa de estudio y tras encender el ordenador, sacó de un libro una foto en la que posaban, perfectamente escalonadas, unas 30 personas, la mayoría de ellas sonrientes.
Se ajustó las gafitas para contemplar la foto durante unos minutos, la colocó en el scanner y apenas unos minutos después ya tenía la imagen en la pantalla de su ordenador.
Emocionada comenzó a manipular sobre el zoom ampliando la imagen, concentrándola en un único y bello rostro.
Cuando consideró que el tamaño y el enfoque eran adecuados cogió un lápiz, abrió su cuaderno de pinturas y en una hoja en blanco comenzó a dibujar los primeros trazos.
Los rayos del sol de la tarde pugnaban por atravesar las persianas laminadas de las ventanas de la sala de profesores. Eran cerca de las 8 de la tarde y a mitad de junio los días eran los más largos del año.
Fuera, en la calle, había una temperatura inusualmente alta para esa época del año, pero allí dentro el aire acondicionado mantenía el ambiente agradablemente fresco.
Domingo, 7 de septiembre - Actualización: 11:15