
Llegué a casa terriblemente cansada aquella tarde. El trabajo en la empresa era cada día más duro. Mi marido llegó al poco rato y para mi sorpresa venía con un regalo, lo único que dudé fue que prenda de ropa sería. Lo cierto es que en ese sentido era bastante espléndido.
Por aquel entonces mi marido tenía 40 años y yo 32 pero se conservaba bastante bien y como pareja en ese sentido no llamábamos la atención. Trabajábamos en la misma empresa ocupando puestos importantes y no nos dejaba casi tiempo para nosotros. Con bastante dinero pero sin tiempo para disfrutarlo.
Al instante bajó a preparar una cena romántica dejándome sola con el regalo. Sin esperar a ver mi cara. Me llevé una gran alegría ya que era un precioso vestido de noche, de color rojo.
A buen seguro mi marido había planeado todo con mucho mimo, tanto el vestido como la cena que preparaba. Yo no tenía muchas ganas de hacer el amor aquella noche pero no quería decepcionarle. No podía.
Es triste reconocerlo pero a pesar, yo creo, de ser personas atractivas, la atracción entre ambos era casi inexistente. Por lo que buscábamos en estos detalles algo que pudiera despertar en nosotros una atracción que por sí sola no aparecía.
Cuando me puse el vestido y me miré en el espejo de nuestro dormitorio no cabía en mí de…
De odio.
El vestido que me había comprado el muy cabrón para excitarse no era así porque sí. ¿Por qué aquel vestido rojo?
Para ordenar mis recuerdos tuve que remontarme a dos semanas atrás. Es decir, a finales del mes de mayo. Por aquel entonces cuando se avecinaba un fin de semana de tranquilidad en nuestra casa de campo nos avisaron desde la empresa que tendríamos que pasar la tarde del sábado en un hotel, reunidos en una ciudad no muy lejana, para acercar posturas con otra empresa.
Para discutir sobre la conveniencia o no de una cooperación entre ambas sociedades. Mi enfado era monumental. Estaba desquiciada. Por muchos factores mi vida no iba bien y en determinados momentos quedaba en especial evidencia.
Cuando llegamos al menos me alegré de que el hotel fuera realmente lujoso. En aquella ciudad del interior el verano parecía ya haber llegado cogiéndonos a todos bastante desprevenidos. La tarde fue un desastre y al menos en el área que a mí respectaba no habíamos llegado a ninguna conclusión clara.
Al llegar al dormitorio sobre las 8 de la tarde tuve que meterme urgentemente en la ducha para tranquilizarme. Para no explotar. Pero no pude evitar venirme a bajo al pensar en la eterna cena de negocios que aun nos esperaba.
Cuando salí del cuarto de baño mi marido se despedía de alguien en la puerta para meterse inmediatamente ahora él en la ducha.
Encima de la cama había ropa mía, cuidadosamente colocada. La había puesto allí mi marido. Cuando él quiere que me ponga algo nunca me lo dice, simplemente lo coloca y me da a entender que quiere que me lo ponga.
Todo lo que había extendido me lo había comprado él: una mini falda negra, una blusa a rayas negras y blancas con los puños y los cuellos también blancos y un conjunto negro de ropa interior, con medias, liguero y sujetador. También había colocado con cuidado el collar de perlas que me había regalado por el aniversario.
No me apetecía mucho ponerme esa ropa el día que parecía haber llegado el calor pero tampoco permitían desde la empresa asistir a una cena de negocios con un vestido de verano.
Así que me puse lo que él indirectamente me había pedido. Era cierto que hacía muchísimo calor pero sobretodo porque sabía lo que a mi marido "le ponía" no me puse sujetador.
Todo esfuerzo era poco para buscar algo de morbo en nuestra relación y que él supiera que mis tetazas estarían al aire toda la cena ayudaría mucho para cuando volviéramos al dormitorio.
La cena estaba programada para las 9 en el jardín, en una mesa larguísima y estrecha. Como siempre, antes de sentarnos, charlábamos un poco entre todos. Mi marido tomó asiento antes que yo y para mi desgracia se sentó al lado de Laura, de "Laurita" como quería hacerse llamar.
Por un momento pensé en sentarme a su otro lado pero mi indignación no me lo permitió. Él sabía de sobra que yo odiaba a aquella chica y sin embargo no había tenido ningún reparo en situarse a su lado. Aproveché que en ese momento hablaba con Juan Carlos para insinuarle que se sentara conmigo.
Yo no podía ni ver a Laura simplemente porque odiaba su semblante de falsa inocencia pero el odio entre Juan Carlos y mi marido se debía a motivos profesionales. Me senté en frente de mi marido con Juan Carlos a mi izquierda, en frente de Laura. Así le pagaba con la misma moneda.
es de lo mejor que he leído en relatos eróticos. enhorabuena al autor
Eso es una mujer sin complejos, de las que no abundan. Si abundasen y los hombres no fuésemos tan estúpidos todo funcionaría mejor
Viernes, 22 de agosto - Actualización: 06:35