
Bajé del taxi con la bolsa en la mano y corrí hacia el vestíbulo de la estación. El tren salía de Barcelona en cinco minutos y todavía tenia que sacar el billete. Iba enviado por la empresa y compré a toda prisa un “Gran Clase” con destino a Bilbao. Iba en lo equivalente a lo que antes llamaban “coche cama”: una litera, un cuarto de baño con ducha minúscula y derecho a cena y desayuno en el vagón restaurante.

Somos un matrimonio de Ciudad Real. Yo tengo 33 años, él 36 y hasta que fuimos a aquella boda, éramos una parejita de lo más normal. Cierto es que el guarrete de mi marido hacía tiempo que me hablaba de intercambio de parejas y sobre todo de montar un trío.

A casi todas nos gusta que nos coman el coño, aunque pocos saben hacerlo. ¡Este tío si que sabe! Conecté con él en esta página de contactos, hace como seis meses. Me gustó lo cachondo que es y las ganas de divertirse que tiene. Además es muy correcto y si está en su mano te ayuda en lo que puede.

Estoy metido en un lío de padre y muy señor mío. Mi mujer me ha mandado a paseo, he perdido el empleo, la comunidad de vecinos me ha declarado la guerra, han intentado pegarme y me han fichado en comisaría como “exhibicionista”. Y todo, por culpa de los calores del verano y de la pajillera del 3º-C.

Mi vida no ha sido muy dichosa durante el matrimonio, a excepción de los primeros meses cuando todo era felicidad y mucho follar, pero bueno, juré estar a las duras y a las maduras y eso es lo que importa. El problema ha sido que he tenido que estar mucho más a las maduras, porque a mi marido ya no se le pone tiesa ni con el himno nacional.

Tengo suerte de tener la llave de la oficina, así que anoche pude refugiarme aquí, a darle al ordenador y a tocarme los cuernos de cabrón que me han salido, por ir de machito y listo.

-Ese imbécil me hará llegar tarde. ¡No se aparta, el muy…!
-Pero, Mónica hija, ¿cómo vas? Nos vamos a estampar antes de llegar, piensa que te está esperando…

Nunca pensé que aquella boda iba a ofrecerme una oportunidad única para...., bueno,... tal vez convenga que lo leáis primero.

Era por la tarde, una tarde que hacia muchísimo calor. Llegué a mi casa, y mi madre, que siempre anda muy atareada, me pidió que llevase un paquete a casa de una de sus amigas, una tipa que se llama Rita y siempre anda de viaje.

Esta historia se inició hace ya casi 2 años. Ambos estamos casados. Al principio, trabajaba en la misma planta que yo. Ella es una rubiona apretada, con un culazo de ensueño y tetas grandes. Aunque está pasadita de peso, tiene unas formas turgentes. A los 20 años debió ser un cañón de tía y ahora esta rebuena, pero para golferías y cochinadas.

Ha pasado ya una semana. Siento ardor en la cara, por la vergüenza, y cosquilleo entre las piernas, porque me acuerdo de lo bien que me comía el coño. No sé quién es, ni siquiera cómo se llama. Sólo que vive en el piso de al lado, que lleva en el edificio apenas un mes, que es un tipo mayor –tendrá cuarenta o más- y que me caló a la primera.

Hace un par de años conseguí de mi empresa, después de varios años de trabajo, me concedieran un puente en el mes de julio. Mi esposa y yo teníamos cuatro días por delante para disfrutar de la playa. Pensé que el sol y el mar debían venirnos muy bien a los dos y servir para desinhibirnos un poco de las rigideces del trabajo en la gran ciudad.
Viernes, 16 de mayo - Actualización: 19:29