Reino Deseret de Josep Carles Laínez

Los cristianos tenemos miedo

25.05.12 | 23:01. Archivado en Cristianismo

El valor no es la ausencia de miedo, sino la consideración de que hay algo más importante que el miedo”. Esta famosa cita del prácticamente desconocido Ambrose Redmoon también nos interpela a los cristianos. El texto pertenece a un artículo publicado en 1991 en la revista Gnosis, y su autor, antiguo músico de rock, escritor, y parapléjico en una silla de ruedas durante sus últimos treinta años de vida, tenía motivos sobrados para pensarla y escribirla. En la actualidad, el texto original inglés se ve incluso en camisetas, y su poder de seducción no ha dejado de crecer.
A los cristianos, nos dan miedo muchas cosas, pero en particular una nos pone bastante nerviosos: enfrentarnos directamente a la Palabra de Dios, a la Biblia, sin muletas añadidas a lo largo de los siglos, leyendo directamente lo que dice y no lo que nos gustaría que dijese. Suele ser una prueba demoledora, que nos hace tambalearnos en nuestras creencias, y que nos lleva a plantearnos cómo es posible haber estado ciegos durante tantos siglos. Las diferentes denominaciones se han aprestado siempre a construirse un cristianismo ad hoc, deudor del espíritu de cada época del mundo: autónomo cuando han compaginado poder político y religioso (católicos, anglicanos, luteranos, mormones…), o pactista en períodos secularizados (el final del Imperio romano o el actual dominio ateo-científico-tecnológico). Las diferentes lecturas de la Biblia por parte de grupos cercanos al poder y, por tanto, con la posibilidad de imponer sus puntos de vista humanos, han ido transformando el Libro Sagrado en una suerte de nota a pie de página. El motivo de esta falta de consideración es que la Verdad no viene bien a los discursos que desean estar a buenas con la conciencia indulgente de los fieles, y menos aún a un orden del mundo que ha señalado a Europa como culpable de todos los males y, por tanto, al cristianismo como sospechoso colaboracionista.
A la multitud de Iglesias existentes, con enfrentamientos dentro y fuera, se añade la enormidad de diferentes cristianos dependiendo de su vinculación con la fe: tradición familiar, folclore católico, espíritu solidario, imagen hippie de Cristo (el “Cristo colega” del film Dogma de Kevin Smith), conservadurismo político, devoción a la Virgen o a los santos, protestantismo por rechazo al catolicismo, seguimiento de religiones estadounidenses por el peso internacional del país, fascinación por un pastor concreto, veneración por el Papa, atracción por el poder del Vaticano… La tipología es enorme y en cada caso vamos a encontrar la Biblia aderezada con toda suerte de vistosos añadidos; en muchas ocasiones, los textos considerados “sagrados” aumentan (en el catolicismo, mormonismo, adventismo…); en otras, aparecen dogmas sin fundamento bíblico, o se potencian las tradiciones particulares de cada Iglesia en vez de atender al fondo común, etc. La gran perjudicada a la postre no es sólo la Biblia, sino la fe cristiana y, sobre todo, nuestra salvación, si nos estimamos en algo esta palabra.
La Biblia contiene el mensaje de Dios y ha de ser la única referencia sagrada de cualquier cristiano. Evidentemente, vendrán investigadores para iluminarnos aspectos arqueológicos, filológicos, exegéticos… Pero si la Biblia es Dios manifestado hecho Verbo, no tiene sentido que en cuestiones fideísticas apelemos a instancias humanas, aunque asumir la Verdad (creacionismo, aceptación de la voluntad divina, moral, códigos de vestimenta…) sea complejo, y cada cristiano vaya al ritmo que pueda siempre que su anhelo final sea acoplarse a la voluntad de Dios. Pero la Biblia es clara y se ha de tener valor para asumirla a pesar del miedo que en muchos cristianos produzca ser fiel a su letra y a su espíritu. Hay algo más importante que el miedo al que dirán: nuestra fidelidad a Dios y nuestro seguimiento del mensaje de Yeshúa (o Yahshúah), es decir, la conciencia de estar haciendo lo correcto.

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Voces traicionadas en Túnez

06.05.12 | 20:25. Archivado en Magreb

Hace unos días tuve el placer de cenar con Lina ben Mhenni, la bloguera que dio inició a la revolución tunecina. La invitamos Rosa María Rodríguez Magda y yo al curso que organizamos en la UIMP-Valencia, y no pudo haber mejor clausura. Desde su blog A Tunisian Girl, fue perpetrando la revuelta y anhelando una libertad real. Pero algo se ha truncado, y por eso se debe hablar de Túnez con premura.
Las imágenes de la “Revolución de la dignidad” estaban llenas de alegría: hombres y mujeres, jóvenes y ancianos, religiosos o agnósticos, en manifestaciones que acabarían con la dictadura y darían la esperanza a un país libre de atavismos. Fueron concentraciones no violentas, con sonrisas, con los cuerpos como únicos escudos. Sin embargo, ese primer brote espontáneo fue muy bien gestionado por el imperialismo capitalista –occidental y fundamentalista islámico– para dejar el paso libre a organizaciones que luchaban contra la dictadura de Ben Ali no por anhelos de libertad, sino para imponer la suya propia. Los gobiernos europeos se habrán quedado tranquilos con las elecciones y el triunfo de Ennahda, pero su victoria es el punto final de una democracia verdadera, y el Túnez de hoy más que a un país que debería recuperar una vida cívica y asociativa, semeja un Estado terrorista, pues la policía reprime a ciudadanos pacíficos con violencia, y deja que los islamistas se manifiesten y ejerzan la intimidación, el acoso sexual o el intento de asesinato sin que nadie los detenga.
El fundamentalismo islámico no sólo es un totalitarismo, sino una suerte de imperialismo neocolonial de las potencias occidentales con las petromonarquías. Lo fomentan, lo financian y buscan su beneficio. Querer imponer un régimen que impide la libertad de conciencia y derechos humanos básicos, además de establecer un apartheid de género, es una traición a las religiones tradicionales de esas naciones, a la convivencia multicultural, y a formas de existencia bien diversas. Si se establece una dictadura islamista en Túnez no será por la voluntad de su pueblo, sino por la represión y el acallamiento de los disidentes. Y para nosotros, los europeos, este nuevo horizonte es peligrosísimo: si lo pactamos, porque de nuevo vomitamos sobre los deseos de libertad de millones de personas; si no, porque la radicalización en Europa de la comunidad inmigrada irá creciendo, al no haber otros interlocutores que los dictadores.
Le pregunté a Lina ben Mhenni qué podíamos hacer nosotros, hartos de las mentiras sobre la tranquilidad de la democracia en Túnez cuando ya se ha hecho imposible una vida normal, sin sobresaltos, y donde existe el peligro de una detención o de una agresión mortífera en cualquier instante. Me dijo que habíamos de contarlo, sin tregua, sin reservas. Los gobiernos poderosos de Europa y América han traicionado las revoluciones, y las monarquías del Golfo están consiguiendo imponer su visión enfermiza de la realidad y del islam. El sueño de Túnez se ha convertido en pesadilla.


Sábado, 18 de mayo

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