Realidades sublimes y vida cotidana

El estado de malestar

02.11.16 | 08:47. Archivado en Regla de San Benito

Se ha otorgado hace unos días el premio Alfaguara de ensayo al libro Estudios del malestar. Políticas de la autenticidad en las sociedades contemporáneas del catedrático de filosofía José Luis Pardo por una disección del “estado del malestar” de nuestra sociedad actual. Malestar, que ya había advertido en dos libros anteriores: La regla del juego (2004) y Esto no es música. Introducción al malestar en la cultura de masas (2007), y que se ha ido adueñando de una sociedad construida sobre el relativismo de la postmodernidad y la globalización.

Este malestar social, producto de la crisis económica, del consumo frenético, de la baja moralidad pública, de decisiones políticas cortoplacistas frente a la deliberación del proyecto; de la destrucción del contrincante en vez de debate ideológico; de la provisionalidad inestable en las relaciones, de la precariedad laboral, del consumo de tranquilizantes, del divertimento sin alma, de la estética sin ética que está despojando a la vida de sentido.

Frente a este malestar así descrito nos es inevitable no recordar el dialogo que con Dios entabla el joven que pretende entrar en la vida monástica según refiere el Prólogo de la Regla de san Benito:

"¿Quién es el hombre que quiere la vida y desea ver días felices?"
Si tú, al oírlo, respondes "Yo", Dios te dice: "Si quieres poseer la vida verdadera y eterna, guarda tu lengua del mal, y que tus labios no hablen con falsedad. Apártate del mal y haz el bien; busca la paz y síguela".

La Regla de san Benito es una regla monástica destinada a los monjes contemplativos y sin embargo, no olvida que no se puede establecer una relación de felicidad con Dios y con la vida en términos de interioridad ensimismada, ni de gracioso y estético disfrute interior; sino en términos de discipulado y seguimiento; en términos éticos de perseverancia en el bien, en la verdad, en la paz…

No nos engañemos. No hay felicidad barata, sin esfuerzo, autocomplaciente, y sin exigencias morales. La felicidad auténtica no se cierra en la autosatisfacción, sino que llega a ser efectiva cuando, más allá de si misma, se hace fecunda. Es la personal combinación de relaciones auténticas, perseverante esfuerzo en el bien y descanso confiado y pacífico en la voluntad de Dios.


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