Rara Temporum. El blog de Bernardo Pérez Andreo

¿Podemos ser incoherentes?

21.05.18 | 13:42. Archivado en Acerca del autor

La pregunta que lanzo es la siguiente: ¿aquellas personas que creemos en otra forma de organizar el mundo, de vivir, de entender las relaciones personales fuera del capitalismo y de su visión economicista, mercantilista, materalista y hedonista de la vida, podemos ser incoherentes, es decir, podemos hacer cosas distintas a las que manifestamos, deseamos y anhelamos? La respuesta es rotunda: debemos ser incoherentes, no nos queda otra. Pues, mientras no vivamos en una sociedad organizada para que las personas no tengan que vender su fuerza laboral, establecer relaciones de dominio o anhelar bienes innecesarios, no nos queda más remedio que vivir de forma distinta a como pensamos y manifestamos. Por poner tres ejemplos. Aunque creemos que el trabajo debe ser un medio para relacionarnos con los demás y con la naturaleza, respetando el medio natural y sabiendo que los otros son siempre fines y no solo medios, no tenemos más remedio que experimentar la cosificación de las relaciones laborales, donde las estructuras de extracción de riqueza priman sobre las relaciones personales. Aunque creemos en la necesidad humana y medioambiental de un transporte colectivo, ecológico y universal, tenemos que vivir en una sociedad que ha sido organizada para el uso de medios privados de transporte, menos eficientes, más caros y menos humanos. Aunque afirmamos la necesidad de un uso común de la propiedad que permita a todos cubrir sus necesidades de vivienda o de desarrollo personal, vivimos en una sociedad organizada sobre la base de la propiedad privada de los medios de reproducción de la vida humana.

Estos tres ejemplos sirven para todo lo demás. Lo que podemos hacer es intentar minimizar el coste personal, social y medioambiental de tener que transigir que el mundo capitalista. Por ejemplo, reduciendo el uso de las cosas que en esta sociedad son necesarias para vivir: ropa, alimento, vehículos, aparatos eléctricos, etc. Aun así, siempre habrá, y yo lo he tenido que padecer bastante, quien no se sienta satisfecho con que no dispongamos de una vivienda de lujo o de una segunda vivienda, o de que usemos los aparatos que esta sociedad impone para poder vivir en ella, como ordenadores o móviles. Siempre hay que exige más pureza, habitualmente sin aplicársela a sí mismo. La única opción que te dan suele ser irte al bosque a vivir fuera de la civilización, con lo cual consiguen lo que pretenden: que no seas un contra ejemplo. No deja de ser curioso tener que justificar ante alguien que usa coche y móvil que tú los uses. Soy muy consciente de la parte alícuota de pecado de este mundo que me toca por usar un ordenador o un móvil que tienen componentes fruto de la guerra en el Congo. Eso me debe hacer más consciente de la necesidad de la transformación social, pero no puedo dejar de utilizar esos medios dentro de los parámetros de esta sociedad. En mi caso ha sido una decisión muy dura que me llevó mucha lucha interna, pero que no me quedó más remedio que arrostrar con el pecado que implica ser cómplice del crimen de este mundo. Soy consciente de mi pecado y hago lo posible porque no se reproduzca. He estado tentado de abandonar todo e irme al bosque, como dicen algunos, vivir de la agricultura, reducir al máximo mi exposición a este mundo, salir de él. Pero, creo que soy más útil si me quedo e intento cambiarlo que si huyo y me dedico a una pureza que nunca transformará el mundo.

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Alegraos cuando os llamen comunistas y populistas

11.04.18 | 13:29. Archivado en Acerca del autor

La Exhortación Apostólica Gaudete et Exsultete (GE) que acaba de ofrecer el Papa Francisco va a levantar ampollas en algunos, los mismos, de los que no pueden soportar que el Papa siga poniendo el Evangelio en el centro del ser, sentir y hacer eclesial. Si en Evangelii Gaudium ponía a la Iglesia en salida desde el Evangelio y en Laudato Si’ la situaba en el medio de los problemas más acuciantes del mundo actual, en este documento pone la santidad en la línea evangélica de las bienaventuranzas y en la perspectiva del Reino de Dios. La santidad, dice, no es “blanquear los ojos en un supuesto éxtasis” (96), sino que es vivir la alegría del compromiso por un mundo de misericordia y justica junto a los hermanos. Pues, la salvación no es algo de individuos aislados y solitarios, sino que se da en la dinámica del pueblo, como enseñó Lumen Gentium 9 y así lo retoma Francisco al comienzo de GE. La santidad es vivir en el día a día la salvación que Dios nos da en Cristo, por eso no es algo privativo de los ordenados, sino que todo ser humano, cristiano o no, está llamada a la santidad en su vida cotidiana, en sus relaciones, en su trabajo, en sus responsabilidades.

Por eso mismo, el Papa insiste en este documento en los dos enemigos de la salvación cristiana que ya ha puesto de relieve tanto en Evangelii Gaudium, como en el discurso a la Iglesia italiana en Florencia o como en Placuit Deo, el gnosticismo y el neo-pelagianismo. Estos dos son enemigos poderosos porque están incrustados en una forma de ser iglesia clerical y elitista. Es propio de la actitud gnóstica en la élite eclesial actitudes que “absolutizan sus propias teorías y obligan a los demás a someterse a los razonamientos que ellos usan” (39). Por otro lado, las actitudes neo-pelagianas se muestran en “la obsesión por la ley, la fascinación por mostrar conquistas sociales y políticas, la ostentación en el cuidado de la liturgia, de la doctrina y del prestigio de la Iglesia, la vanagloria ligada a la gestión de asuntos prácticos, el embeleso por las dinámicas de autoayuda y de realización autorreferencial” (57). Estos dos peligros en la Iglesia, estos dos riesgos para la salvación cristiana, estos dos enemigos de la santidad, se han reafirmado durante siglos, de forma que hoy es muy difícil para muchos católicos distinguir la fe recta de la herejía, pues la herejía se ha convertido en práctica cotidiana en muchos ordenados, también prelados, y en no pocos teólogos que dan sustento al elitismo clerical en la Iglesia.

La única manera de salvar estos peligros es volver a las peticiones de Jesús en Mt 25, 31ss (Tuve hambre y me disteis de comer…), sine glossa es decir “sin comentario, sin elucubraciones y excusas que les quiten fuerza” (97). El núcleo de la propuesta del Evangelio para una vida en santidad está en este texto citado de Mateo y en las Bienaventuranzas. El Papa desgrana las consecuencias de las Bienaventuranzas para la vida. De cada una de ellas obtiene una consecuencia en nuestra vida. Es santidad, nos dice, ser pobre en el corazón (70), reaccionar con humilde mansedumbre (74), saber llorar con los demás (76), buscar la justicia con hambre y sed (79), mirar y actuar con misericordia (82), mantener el corazón limpio de todo lo que mancha el amor (86), sembrar paz a nuestro alrededor (89), aceptar cada día el camino del Evangelio aunque nos traiga problemas (94). Esta santidad es el corazón del Evangelio y cumplir con ello es la forma verdaderamente cristiana de vivir, no cumpliendo normas, liturgias, preceptos o jerarquías. Todo eso puede ser instrumento, y solo debe serlo, para cumplir lo otro, la verdadera santidad que está en el corazón del Evangelio, las Bienaventuranzas.

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La última tentación de Jesús: fundar una iglesia.

22.03.18 | 12:18. Archivado en Acerca del autor

En La revolución de Jesús. El proyecto del Reino de Dios, propongo una lectura de las tentaciones como proceso de prueba de un revolucionario. Las tentaciones en el desierto son claras: el poder, el prestigio y los privilegios. Hay una cuarta tentación, que está presente en todo movimiento revolucionario: pactar con el mal (hablaremos de ello). Pero hay una quinta y última tentación que se abre justo al final de la vida de Jesús. Lo que sigue pertenece a las páginas 79-83 de La revolución de Jesúss.

Hay una quinta tentación que le surge a Jesús en los últimos momentos de su vida: crear una escuela de discípulos que guarden su memoria. Esta será la última en ser vencida por Jesús. El novelista Nikos Kazantzakis escribió algo parecido en su obra La última tentación de Cristo. La novela parte de las palabras de Lucas al final de las tentaciones donde dice que el Diablo se apartó por un tiempo. Ese tiempo es la vida de Jesús hasta la crucifixión. En la cruz, Jesús recibe la visita de un ángel que le expresa la voluntad de Dios de que no es necesario el sufrimiento hasta el final. Jesús es desclavado y bajado de la cruz. Se casa con María Magdalena, tiene hijos y al final de una vida gozosa muere en la cama rodeado de su familia y sus discípulos. Pero, en un giro final, Jesús despierta del sopor en que estaba por el sufrimiento en la cruz, es consciente de que está en la cruz y emite las últimas palabas: «Todo está cumplido». Con un gesto de alegría por haber cumplido su misión, entrega el espíritu.

La última tentación es morir rodeado de los suyos y querido por todos, llevar una vida normal como un servidor del poder. Satanás espera a un momento de suma debilidad humana para presentarse como un ángel de Dios, pero Jesús resiste esta última tentación. Sin embargo, la tentación es mayor aún, es la tentación de formar una escuela que guarde su memoria, de crear una comunidad que lo recuerde, haga sacrificios por él y extienda una memoria de servidor público, de un buen hombre que vivió por los demás y murió por nosotros y al que debemos estar eternamente agradecido. La quinta y última tentación es la de crear una Iglesia. Pero Jesús también resiste esta tentación.

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La revolución de Jesús. El proyecto del Reino de Dios

16.03.18 | 10:01. Archivado en Acerca del autor

La revolución de Jesús. El proyecto del Reino de Dios, PPC, Madrid 2018

A una revolución estamos llamados en los difíciles tiempos que nos ha tocado vivir. Hasta hoy día han fracasado todas las revoluciones emprendidas porque se quedaban en lo meramente estructural, en lo institucional, en lo social. De esta manera, las revoluciones no eran nada más que simples cambios de posición de los actores sociales. Por eso fracasaron, pues una revolución debe ser una transformación del corazón humano a la par que de la sociedad humana.

La verdadera salvación cristiana es un encuentro entre el don de Dios, la redención, y el esfuerzo humano, la liberación. Primero el don divino y luego el trabajo humano, los dos integrados. Esta es la revolución de Jesús, su proyecto del Reino de Dios: don de Dios, primero, y esfuerzos humano después. Redención y liberación como los dos elementos nucleares del proyecto salvífico de Jesús.

Para comprender esta revolución es necesario contar a Jesús desde su proyecto vital más íntimo, el Reino de Dios, aunque no se trata de hacer un mero análisis de lo que significa este Reino, sino de mostrar las consecuencias en la vida de la gente de entonces. La consecuencia fundamental es una revolución que supone comprender a la persona de Jesús, su origen, su historia, la historia de su pueblo, el contexto social, económico y político donde va forjando su conciencia. A esto lo he llamado Los códigos de un revolucionario.

Jesús fue ajusticiado por el Imperio romano por propagar un reino distinto al del César. Los varones lo abandonaron, pero las mujeres organizaron el rito del duelo y en este rito recobraron la vida entera de Jesús.

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La construcción de la realidad imperial

25.02.18 | 19:52. Archivado en Acerca del autor

El mundo se ha construido desde hace al menos 5.000 años como una realidad imperial que se ha extendido paulatinamente a todo el orbe. Desde los inicios de los primeros imperios en Mesopotamia y el Nilo, pasando por los imperios griego y romano, hasta llegar al mundo moderno y sus imperios: España, Holanda, Gran Bretaña y el último, Estados Unidos. Esta construcción imperial asumía en cada momento todo lo logrado en su estadio previo, de tal manera que el Imperio romano será la culminación de un proceso imperial en la antigüedad. Roma siempre será el modelo de Imperio hasta nuestros días, donde los neocons hablan abiertamente de New Roman Empire para referirse a Estados Unidos.

El nacimiento de la realidad imperial, que se plasma en los imperios concretos, puede tener una misma fenomenología, identificada por Villacañas (2016: 22-26) en el nacimiento del patrimonialismo como ruptura de la propiedad común, política o económica, de la tribu y el surgimiento de la propiedad privada centrada en un clan o en una familia, de la que el pater familias sería el depositario absoluto de los derechos. Estos derechos pasan, con el tiempo, a ser hereditarios, con lo que el patrimonialismo da lugar al Imperio. El proceso sería así: irrupción de la propiedad privada, primero de los bienes y después del mando político, a partir de una situación dominada por la comunidad de bienes, luego la constitución hereditaria del patrimonio obtenido por la apropiación privada de lo común, y por último el nacimiento del Imperio cuando esa herencia incluye el poder político que se hace omnímodo mediante la forma funcionarial que evita el nacimiento de una sociedad estamental. Así lo expresa Villacañas:

Expropiación, patrimonialismo económico, aristocracia senatorial, patrimonialismo del poder político, funcionariado y economía del dinero tienen un camino convergente en la dominación imperial.[1]

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¡Dichosos los ricos..., porque os llamarán bienhechores!

09.02.18 | 13:12. Archivado en Acerca del autor

El capítulo 22 de Lucas nos dice: “Los reyes de las naciones las dominan como señores absolutos, y los que ejercen el poder sobre ellas se hacen llamar bienhechores”. El evangelio da justo en el clavo a la hora de analizar cómo funciona el mundo en que vivimos, ayer y hoy. A los poderosos, sean reyes de las naciones, jefes o simplemente multimillonarios, no les interesa solamente acumular poder y enseñorearse del mundo; necesitan que el resto los tome por bienhechores, es decir, que todos crean que lo que hacen lo hacen por el bien de la humanidad. Hoy, estos tales se hacen llamar filántropos. Suelen ser multimillonarios que dedican parte de su riqueza a realizar donaciones, normalmente con gran publicidad y dejando patente lo que pretenden. Donan cantidades ingentes a ONGs, a grupos de apoyo a colectivos marginados y, ahora también, a la propia administración pública, mermada en su financiación gracias a que se bajan los impuestos a esos mismos enriquecidos que luego donan parte de los impuestos eximidos.

Saben muy bien que su riqueza, aunque resulte paradójico, es precaria. Sí, precaria. Porque la riqueza depende de tres factores externos a ella misma para generarse y mantenerse. El primer factor es que tiene que existir un marco legal que proteja la riqueza acumulada. Si las leyes penalizaran la acumulación de riqueza, esta nunca se crearía. Cuando Estados Unidos cayó en la crisis más grave de su historia en 1929, la forma de salir de ella fue aplicar un impuesto del 89% sobre la riqueza, de modo que fuera esta riqueza acumulada la que salvara al país, como es lógico hacer. El segundo factor es la existencia de un Estado que proteja la riqueza, sea mediante las leyes, sea mediante la policía o sea mediante el consentimiento de la administración. En todas las revoluciones, lo primero que desaparece es la riqueza acumulada, pues el nuevo Estado se la apropia. El tercer factor y más importante es el asentimiento generalizado de la sociedad que rodea a aquellos que acumulan la riqueza. Este asentimiento puede ser impuesto por la fuerza, en cuyo caso también es precario, o bien puede ser asumido como el anhelo social. Puesto que todos queremos ser ricos es bueno que existan ricos y riqueza a la que poder aspirar, aunque eso sea una quimera, pues en cualquier sociedad los ricos pueden serlo unos pocos. Según los datos que tenemos de la historia, en cualquier sociedad los ricos nunca superan entre el 1 y el 5%, dependiendo el momento y la sociedad. Por ejemplo, en el Imperio romano era el 3%, mientras que en los Estados Unidos hoy no llegan al 2% y en España es el 1%. Por supuesto, hablamos de ricos de verdad, no de personas con algunos bienes más que la media.

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A weak Secularization

01.02.18 | 10:32. Archivado en Acerca del autor

El debate sobre la secularización ha llegado a un punto de equilibrio. Tras dos décadas de fuertes choques entre posiciones diferentes, y de sonados cambios de parecer en algunos pensadores (véase la postura de Berger 2016), parece que podemos hacer un pequeño balance y afirmar que la secularización es un proceso histórico vinculado a la Ilustración, pero no tanto a la modernidad, pues existen varias modernidades y no todas ellas incluyen un proceso de secularización en sentido estricto, aunque sí algunos de los aspectos que José Casanova (2006:7; 2012:23) diferencia.[1] Por este motivo, la secularización está vinculada al proceso de diferenciación de esferas en la modernidad, de tal modo que la religión pierde la influencia omnímoda de que gozaba en el mundo premoderno y deja de ser el dosel sagrado (Berger) que da sentido a toda la existencia. Los hombres satisfacen su búsqueda de sentido, si la hay, mediante el recurso a criterios no puramente religiosos. Estamos hablando de una secularización en sentido débil. Dicho a modo de título: a weak Secularization.

Esta secularización débil sí sería aplicable a prácticamente todos los países o realidades, aunque siempre habría excepciones, como es el caso de algunos países musulmanes donde la religión aún conserva influencia en las decisiones públicas y en las conciencias de las personas, o en Estados Unidos, un país que ya no puede ser considerado la excepción que era en otros tiempos, pero que sigue conservando zonas de amplia influencia de la religión en las conciencias y en la vida pública. Como explican Voas y Chaves (2016), menos influencia cuanto más al norte y más cerca de la costa; más influencia en zonas rurales y menos en zonas urbanas, constatándose así el mismo proceso que en Europa hemos vivido en el último siglo. Estados Unidos no sería, por tanto, una excepción absoluta, a lo sumo, una particularidad dentro de un proceso de secularización débil que tendría momentos y lugares de una secularización fuerte, como es en Europa Occidental.

Con esta terminología conseguimos, a la vez, explicar el proceso constante de reducción de la influencia de la religión desde el siglo XVIII y la persistencia de la religión, con episodios de revival que vendrían a confirmar el proceso general. Así lo confirma indirectamente Casanova (2012: 29) cuando expone que las religiones que han aceptado la diferenciación de esferas, lo que hemos denominado como secularización débil, han sostenido su presencia pública, haciendo, de paso, superflua la crítica ilustrada radical. Mientras, las religiones que se han resistido a la diferenciación de esferas han experimentado un declive a la larga. El proceso de declive puede ser más rápido, como en España (Davie 2011: 73), o más lento, como Estados Unidos, pero es inexorable en las sociedades modernas. Por tanto, la secularización es un proceso vinculado a la modernidad si tenemos presente que es una secularización débil que connota la diferenciación de esferas, pero no la privatización de la religión o el declive de las prácticas religiosas. Estas dos últimas notas de la secularización se darían en procesos de secularización fuerte, como es el caso europeo, donde sí se ha constatado.

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La codicia es buena, dijo la serpiente.

08.01.18 | 13:32. Archivado en Acerca del autor

Hay una frase del protagonista de la película Wall Street, Godon Gekko, que se ha hecho proverbial para entender el mundo de hoy: la codicia es buena. Sin codicia, el capitalismo no sería posible, porque su base es quererlo todo y quererlo ya, ir a la máxima velocidad a la hora de acaparar recursos y riquezas. Sin codicia, las personas no buscarían más de lo que necesitan, no querrían ser como dioses, sino que se conformarían con comer de los árboles permitidos. La codicia nace de las palabras de la serpiente en el Edén, palabras que resuenan en el corazón del hombre y que le llevan a buscar más de lo que necesita y a buscarlo sin parar en las consecuencias para otros o para el Planeta. La codicia es, por tanto, la base de la desigualdad, pues unos pocos, muy pocos, utilizan todos los medios a su alcance y su poder para obtener cada vez más parte de los recursos de nuestro planeta. Esto es lo que ha puesto de relieve el World Inequality Report 2018, un informe elaborado por varios expertos mundiales en economía y otras áreas del conocimiento. En 2017 hemos llegado a las máximas cotas mundiales de desigualdad en toda la historia de la humanidad. El uno por ciento de la población acapara más de la mitad de los recursos disponibles, mientras que el diez por ciento llega al noventa por ciento de los recursos y riquezas creadas. Es más, a medida que avanzan los años, el incremento de riqueza se queda en menos manos. Dicho con otras palabras, la tasa de desigualdad crece cada año, pues de lo que se produce cada vez más riqueza va a menos personas.

Podríamos entrar en disquisiciones filosóficas sobre la desigualdad natural o la necesidad social de la desigualdad, pero aquí no estamos hablando de un rango pequeño de desigualdad que siempre será inevitable y hasta necesaria. Pensemos que en los milenios previos a la creación de los grandes imperios de la antigüedad, la desigualdad nunca superó el 1 a 3, es decir, que el que más tenía triplicaba al que menos. Con la llegada de los imperios se dispara esta proporción: 1 a 30. Pero hoy hemos llegado a la cifra de 1 a 400. De esto es de lo que hablamos cuando hablamos de desigualdad. No tiene ningún sentido que un ser humano posea él solo tanta riqueza como mil millones de sus congéneres. Ni le beneficia a él ni beneficia a los demás. Se trata pura y simplemente de codicia, nada más. Este es el problema central de la desigualdad, que es producida por un mal, un pecado, que a su vez produce otros males. La desigualdad es la estructura del modelo de producción y desarrollo del capitalismo y eso es lo que lo hace un sistema económico y social perverso y pervertido, pues no busca la satisfacción de necesidades sino la creación de riqueza para unos cuantos a costa de lo que sea necesario, sin reparar en las consecuencias. Un sistema así es malo por naturaleza y debe ser eliminado como modo social cuanto antes.

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La Tradición: una receta de pan.

18.12.17 | 12:21. Archivado en Acerca del autor

Uno de los conceptos más importantes en cualquier religión es el de Tradición, con mayúscula. Es imposible, como nos enseñaron Berger y Luckmann en 1968, que nada humano pueda permanecer si no se institucionaliza, ahora bien, la mera y simple institucionalización no asegura que permanezca una realidad originaria, pues la tendencia de toda institución es a su perpetuación y al control de sus miembros, creando redes clientelares que den apariencia a la institución de eternidad. Para evitar este mal inherente a toda institución está la Tradición. La Tradición nos enseña qué se hizo y cómo se hizo para saber qué hacer y cómo hacerlo. La Tradición es el alma de la institución, sin ella no sería otra cosa que una mera estructura de poder en manos de unos pocos. Por eso es tan importante la Tradición en cualquier religión, pero más importante aún en el cristianismo.

Sin la Tradición, el cristianismo degenera en lo mismo que llevó a una institución tan venerable en el pueblo judío como el Templo a instigar el ajusticiamiento de Jesús, porque toda institución, aun siendo necesaria para dar estabilidad a las relaciones sociales, tiene como estructura básica la permanencia, lo que le lleva a expulsar todo lo que la ponga en riesgo. La actitud profética, como la de Jesús, pone en riesgo la institución y esta tiende a expulsarla. La Tradición, en nombre de la que habla siempre la actitud profética, asegura que la institución está al servicio de algo superior a ella, al servicio de la sociedad, su estructura moral y su continuidad. Es como una receta de pan. Quien hace el pan necesita saber los ingredientes, sus proporciones, y el modo de elaboración para hacer un determinado pan. Necesita saber qué cantidad de agua y qué proporción de creciente necesita, así como la sal. También requiere el conocimiento, explicitado en la receta, del procedimiento, del modo y tiempo de masado, de los tiempos de espera de fermentación y de la temperatura y tiempo de cocción. Una buena receta permite hacer pan a cualquiera, aunque no sea panadero; permite, con un poco de práctica, hacer el mismo pan que hicieron los antepasados, pues lo que se requiere es conocer las cantidades y el procedimiento. La Tradición nos da las cantidades y el procedimiento para que la sociedad viva de acuerdo a los antepasados, presuponiendo que aquellos sabían cómo vivir en sociedad. En el caso del judeocristianismo, la Tradición nos da los parámetros que permitieron crear una estructura social de justicia y misericordia.

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¿Necesitamos una nueva apologética?

14.12.17 | 09:47. Archivado en Acerca del autor

Todos los años que van ya de este siglo XXI están marcados por un cierto giro en lo que atañe a la cuestión de la secularización. Si el último tercio del siglo XX estuvo determinado por una ferviente fe en la secularización como un producto necesario del proceso modernizador, los últimos años del siglo vieron nacer una propuesta a la que se sumaron insignes representantes de la propuesta secularizadora. Ahora, se decía, los datos demuestran que la modernidad no está reñida con el auge de la religión. Es más, se ve que algunas de las muchas modernidades van de la mano de una religiosidad en aumento, con grupos religiosos boyantes y con religiones que no solo aumentan el número de fieles, sino que expanden sus dominios; la fuerza de la religión en el ámbito público es cada vez mayor.

Entre los nuevos conversos estuvo Peter L. Berger, que determinó el nuevo lenguaje con su obra Desecularization. Con el mismo fervor con el que defendió la secularización como proceso irresistible de la modernidad, ahora defendía la desecularización como proceso vinculado a la modernidad en el ámbito del pluralismo. Esta era la salvedad: que el auge de la religión va unido a la extensión de un pluralismo que, éste sí, sería la clave para entender la modernidad. El pluralismo ayuda, en cierta medida, al crecimiento de la religión, pero, también en cierta medida, pone en cuestión las tradiciones particulares. Es decir, el pluralismo es lo que hay que pensar. Por eso, en su última obra, Los numerosos altares de la modernidad, vuelve a dar un giro a su planteamiento, aunque solo de 90º. Acepta un cierto auge de las religiones, pero estas quedan embargadas por el pluralismo de iure, no solo de facto, que se extiende en la sociedad. Esta situación es la que hay que seguir pensando, si queremos plantearnos correctamente nuestro ser cristiano en un mundo donde el pluralismo es la marca distintiva. Un pluralismo que rebaja las ambiciones de las religiones y que pone en su sitio a sus pretendidos dirigentes. Como dijera Hume hace más casi tres siglos, no hay verdad más cierta que la necesidad de la religión para el ser humano, pero no hay mayor prudencia que alejar el poder de manos de los sacerdotes, de todos los sacerdotes.

Pues bien, clarificar la fe y dar razón de la esperanza sigue siendo un mandato de la fe, pero mi perspectiva particular parte del hecho de que el proceso secularizador es un bien para la fe cristiana, es más, la modernidad y la aneja secularización, son hijas legítimas del cristianismo, como bien lo expuso en su extensa obra Hans Blumenberg, pues el cristianismo es, en su núcleo, un proyecto anticlerical, contra los clérigos que se apropian de la medición entre Dios y los hombres mediante templos, ritos, mitos y dogmas. En Cristo, sacerdote único y eterno en la línea de Melquisedec, no hay otro sacerdocio que el servicio y la entrega hasta la cruz. El servicio, la diakonía, es el verdadero y único sacerdocio. La Iglesia, en tanto comunidad de los que viven en Cristo por la presencia del Espíritu Santo, es sacerdotal, toda la Iglesia. En ella, hay quienes sirven la mesa, quienes sirven la palabra, quienes sirven a los pobres, quienes sirven… todos son servidores del único amor que se entrega hasta el extremo. En Cristo, todos somos sacerdotes y sacerdotisas de la religión del amor y el servicio.

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Jornadas de Doctrina Social: Desarrollo Humano Integral.

03.11.17 | 13:41. Archivado en Acerca del autor

La propuesta del Papa Francisco en su encíclica Laudato Si' del Desarrollo Humano Integral no es, como algunos acusan, un prurito de los tiempos que el Papa habría adoptado de una manera un tanto esnob. Es una propuesta estructural y sistemática de transformación social y personal que debe llevar a la humanidad y a cada ser humano concreto a un estadio de desarrollo humano compatible a la vez con las verdaderas dimensiones que construyen lo humano y con la estructura natural de nuestro planeta. Pues, el desarrollo humano es un concepto que en el sistema económico y social vigente queda reducido a la ampliación de los bienes y servicios de los que disfruta la población desde un punto de vista meramente cuantitativo, que ni tienen en cuenta las necesidades humanas, ni las carencias de una parte de la población, y tampoco el sostenimiento del medio natural que sustenta tal desarrollo. Se trata de un desarrollo inhumano e insostenible, por ser un mero subproducto de un sistema productivo que tiene como guía única la reproducción ampliada del capital y la generación de lucro sin reparar en los costes que este lucro puedan generar para la humanidad y para el medio natural. El desarrollo sostenible, un eufemismo creado por la industria publicitaria del capitalismo verde, es, en sí mismo, un oxímoron. Dadas las actuales condiciones de producción capitalista, es imposible que cualquier desarrollo sea sostenible. Solo será sostenible un desarrollo humano que se salga de los patrones del capitalismo neoliberal, abandonando el productivismo, el consumismo y el lucro como motor económico, y proponiendo la satisfacción de necesidades, el intercambio personal y la limitación de los apetitos como criterios a la vez humanizadores y respetuosos con el medio natural.

Desde la Comisión de Justicia y Paz de Murcia hemos querido generar conciencia y debate sobre esta temática y por eso hemos organizado las I Jornadas de Doctrina Social de la Iglesia en Murcia, que llevan por título la propuesta de Francisco en Laudato Si', Desarrollo Humano Integral. Se desarrollan entre el lunes 6 y el jueves 9 de noviembre, alternando como sedes el Instituto Teológico de Murcia OFM y el Centro Loyola de Murcia. Contamos con Sebastián Mora, secretario general de Cáritas española para disertar sobre los retos de la desigualdad para el desarrollo humano integral. Su conferencia será el lunes 6 a las 19:30 horas en el Instituto Teológico. El martes, César Nebot, economista, dará claves para la transformación de la economía en vista a un desarrollo humano integral. Será en el Centro Loyola de Murcia, también a las 19:30 horas. El miércoles contamos con nuestro Consiliario y Delegado episcopal de Enseñanza y Catequesis de la Diócesis, José Ruiz García, para desarrollar el tema del desarrollo humano integral en el Doctrina Social de la Iglesia, en el Instituto Teológico de Murcia. Y, por último, el jueves, en el Centro Loyola, Pedro Jesús Fernández, politólogo y ambientalista, aportará una visión de compromiso ambiental para nuestro tiempo.

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Tambores de guerra

23.10.17 | 13:38. Archivado en Acerca del autor

En lo que va de año, el índice Standars & Poor's de la industria aeroespacial y defensa ha subido un 31.5 %, frente al 12.5% de la subida del índice general de S&P. Esto necesita de alguna explicación. La lógica de los mercados financieros nos dice que cuando un sector sube es porque se espera que haya beneficios futuros o porque se está especulando con él. En este caso se producen ambas circunstancias y una más que paso a explicar. Los mercados financieros son el lugar por excelencia de la avaricia humana, pero también son la capital del miedo. El dinero es muy miedoso y si atisba algún tipo de riesgo huye como alma que lleva el diablo. Pero, lo peor para el dinero no es el peligro de perderlo, es el riesgo de no obtener lucro, pues el dinero creado como deuda sobrevive gracias a su reproducción constante. La Reserva Federal americana y el Banco Central Europeo no cesan de crear dinero como deuda a partir de la nada, nada lo soporta, no hay ningún valor objetivo que dé sustento a los varios billones de dólares y euros creados materialmente de la nada, como simples apuntes contables en el banco. Este dinero necesita crear su propia consistencia mediante su inversión productiva, con escasa rentabilidad para la avaricia de los mercados, o mediante su inversión especulativa, más provechosa a corto plazo. Esto es lo que están haciendo los mercados.

El dinero ocioso, creado por los bancos centrales para que los bancos comerciales rellenen sus agujeros contables, busca inversiones de alta rentabilidad para sostenerse en la nada de su origen. Un 10% de media en las inversiones habituales no es suficiente, de ahí que se lancen al sector que ven más dinámico, ese sector es a día de hoy la defensa, eufemismo que quiere decir la guerra. La guerra es una inversión segura, pues supone crear destrucción que luego habrá que reconstruir. Invertir en armamento, inteligencia militar y otras industrias anejas, no deja de ser un acto performativo, pretende crear aquello que propone. Sin inversión militar no hay guerras y sin guerras no hay inversión militar. Esto es lo que vemos que está sucediendo en 2017, la rentabilidad de los mercados es demasiado escasa para tanto dinero que hay en circulación sin base material y que busca crear su propia realidad. Eso explica el 31.5% de aumento del sector de la guerra en diez meses, una rentabilidad estratosférica que solo tiene dos salidas: o hay guerra a gran escala para materializar las inversiones, o revienta la burbuja y el dinero salido de la nada a ella regresa. Ambas salidas son malas, pero, qué queréis que os diga, prefiero la segunda, aunque me temo lo primera.

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Jueves, 24 de mayo

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