Rara Temporum. El blog de Bernardo Pérez Andreo

La muerte de una estrella

15.10.18 | 11:51. Archivado en Acerca del autor

Todo en el Universo está sometido a un ciclo de creación-destrucción-creación. Los materiales que hoy componen la Tierra nacieron todos de la muerte de estrellas tras agotar su combustible y explosionar como supernovas. Este proceso permite que el Universo evolucione, de forma que de los átomos más simples de hidrógeno puedan surgir, por reacciones nucleares en el interior de las estrellas, nuevos átomos más complejos, en un proceso que dio origen a todo el oxígenos, carbono o hierro que hay hoy en el Universo, y que aún se sigue dando. Por eso nuestra estrella, el Sol, también participa de este proceso. Su vida se estima en unos 5000 millones de años, en los que ha consumido más o menos la mitad de su combustible. Aún le pueden quedar otros tantos millones de años antes de morir como estrella. Sin embargo, sabemos que a medida que gaste combustible, las capas externas del Sol se expandirán, de modo que su diámetro llegará hasta prácticamente la órbita de la Tierra. Engullirá primero a Mercurio, luego a Venus y también nuestro planeta. Cuando, al final, no quede más combustible, colapsará sobre sí mismo y generará una enorme explosión conocida como supernova. Tras esto, el Sol será poco más grande que la Tierra, con una luz muy disminuida, será una Enana blanca, o bien podría convertirse en un Agujero negro que lo engulle todo a su entorno.

Existen ciertas similitudes entre este proceso de una estrella como el Sol y nuestro sistema económico y social, el capitalismo. Mientras tiene combustible, es decir, materias primas, trabajo asalariado y mercados donde vender los productos, se expande de forma incontrolable, llegando a abarcar el planeta completo. Nada queda fuera de su alcance, sean océanos o bosques, o bien sean seres humanos y sus procesos reproductivos. A medida que crece necesita más y más espacio, llegando el momento en el que no queda sitio para nada más que un proceso infinito de creación-destrucción. Así lo demuestra la historia del capitalismo. En su primera fase, hasta mediados del siglo XX, conquistó todos los territorios posibles y creó un mercado mundial en el ámbito de dominio de las potencias capitalistas. Hacia los años sesenta se vio claro que el capitalismo estaba llegando a sus límites físicos, como bien lo predijo el Club de Roma y su informe sobre Los límites del crecimiento, de ahí que comenzara una guerra para incluir aquella parte del mundo que aún se le resistía: La Unión Soviética y su órbita, China, y algunos lugares de Asia y África. Esta segunda fase concluye con la creación de un capitalismo global que no deja resquicio para nada que no sean relaciones de mercado, productivismo, consumismo y destrucción generalizada. La tercera fase comienza en 2001, cuando se hace evidente que la energía necesaria para mover esta monstruosa máquina de demolición escasea y que pronto será imposible sostener un sistema basado en el despilfarro de energía. En esta fase hay dos elementos sustanciales: uno es la financiarización del capitalismo, que se había iniciado tímidamente en los noventa, el otro el establecimiento de una guerra constante por los recursos. Con la financiarización se consigue la ficción de la creación de plusvalía sin necesidad de una producción material, con la guerra se destruyen los territorios ricos en recursos para, de un lado poder extraerlos con facilidad y, de otro, evitar que sus legítimos propietarios los consuman. Las guerras de Irak, Libia o Siria se producen dentro de esta lógica.

Y hemos llegado a los estertores de esta tercera fase. El capitalismo ya no puede crecer más, no es posible abarcar más territorios, no los hay; no es posible exprimir más el medio natural, da signos de debilidad; y no es posible obtener más de los seres humanos. En realidad, el proyecto en el que se ha embarcado el capitalismo global es la muerte de los humano y el fin de la humanidad tal y como la conocemos. Por eso hay grandes proyectos de investigación para alargar indefinidamente la vida de algunos humanos, mientras se intenta destruir la de una mayoría. Igualmente, asistimos al descomunal intento por colonizar otros planetas, mientras destruimos el que es seguro para nuestra existencia. El capitalismo, que no está sino al servicio de los intereses mezquinos de un escaso 0,1% de la humanidad, no repara en el dolor y sufrimiento que genera. Lo único importante es que esos 7,5 millones de seres humanos que controlan y dominan puedan "salvarse" de la catástrofe segura a la que nos lleva el capitalismo. Pero, cuando implosione será difícil que alguien se salve. Como el Sol cuando pierda el combustible, el capitalismo crece sin medida hasta ocupar todo el espacio posible; como el Sol, explosionará y se llevará consigo todo.

La esperanza estriba en que tras el colapso quede un resto capaz de partir de los restos para crear una humanidad con otros mimbres. O bien, que seamos conscientes de la realidad y evitemos el colapso. El sistema no puede seguir destruyendo impunemente el medio natural, por ello hay que reducir drásticamente la producción y consumo de bienes a escala global, pero no bastará con esto, habrá que reducir también, de forma ordenada, la población mundial, de modo que se llegue a un equilibrio entre nuestra supervivencia y la del Planeta. Según los datos del Índice de Desarrollo Humano, con el nivel de población actual, unos 7.500 millones de personas, sería posible asegurar una vida digna para todos reduciendo a la décima parte el exceso de los países enriquecidos y compartiendo los recursos. Esto permitiría un equilibrio con el medio natural en un entorno de crecimiento económico y de población 0. Cualquier otra cosa que no sea esto, nos lleva inexorablemente al colapso civilizatorio, sea porque no hay recursos, sea porque habrá grandes guerras por los recursos menguantes. De hecho, ya estamos sufriendo esas guerras, pero aún demasiado lejos como para ser conscientes de verdad.


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