Rara Temporum. El blog de Bernardo Pérez Andreo

Más allá de la magia y el milagro en la sociedad hipertecnificada

19.10.18 | 10:19. Archivado en Acerca del autor

Cuando el mundo occidental tomó el seguro camino de la ciencia para controlar la realidad, predecir las consecuencias de la naturaleza y poner a su servicio las fuerzas que gobiernan el mundo natural, abandonó, o quiso abandonar, los dos caminos por los que trastabillaba la humanidad desde sus mismos albores: la magia y el milagro. La magia, de forma extendida en todas las culturas, es el resultado de creer que hay fuerzas ocultas que gobiernan la naturaleza y que pueden ser puestas al servicio de aquellos que encuentren algún tipo de mediación o de médium, en este caso el mago, que es capaz servirse de su poder. El milagro, en su acepción común, ruptura puntual de las leyes naturales, es una versión institucionalizada de la magia, pero en la tradición cristiana se ha entendido como la irrupción de la fuerza divina que causa una ruptura en el mundo natural, de tal manera que el milagro está asociado con la intervención arbitraria de Dios en la naturaleza o en la vida de las personas. Magia y milagro, en el sentir común, apenas se diferencian, y son dos formas de enfrentarse a nuestra falta de conocimiento de lo real o al misterio que inevitablemente está presente en nuestro mundo. La ciencia habría tenido la pretensión de desterrar esta visión de la realidad tachada de supersticiosa e implantar una imagen del mundo cabal y, como no, racional. Pero, tal espuria pretensión no es sino la expresión de la hybris denunciada en el capítulo segundo del Génesis, cuando el conocimiento absoluto se convierte en tentación factible.

Paradójicamente, la sociedad posmoderna hipertecnificada está más cerca de la magia y del milagro que de la ciencia. Es como si el millón de años largo de evolución del homo sapiens le hubiera dejado la marca de una necesidad imperiosa de hallar sentido a cualquier precio, aunque este sentido que encuentra no sean más que meras suposiciones extraídas de cábalas que conectan unos hechos con otros creando la ilusión de la causalidad, como bien dijera David Hume. En los genes de la humanidad está tan inscrita la necesidad de alimentarse y reproducirse como la de crear mapas de sentido para explicarse la realidad, es decir, la metafísica. Frente al mundo que nos aporta la ciencia de hoy, quizás demasiado aséptico, incluso aterradoramente vacío, el ser humano reacciona repoblándolo de seres ocultos y fuerzas ignotas que serían las que en verdad rigen nuestras vidas. No otra cosa está detrás de la proliferación de casas de juego online y de múltiples templos de la suerte; la magia y la espera del milagro personal hacen estragos entre los mortales cuando se enfrentan al sinsentido de un mundo hosco y frío.

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La muerte de una estrella

15.10.18 | 11:51. Archivado en Acerca del autor

Todo en el Universo está sometido a un ciclo de creación-destrucción-creación. Los materiales que hoy componen la Tierra nacieron todos de la muerte de estrellas tras agotar su combustible y explosionar como supernovas. Este proceso permite que el Universo evolucione, de forma que de los átomos más simples de hidrógeno puedan surgir, por reacciones nucleares en el interior de las estrellas, nuevos átomos más complejos, en un proceso que dio origen a todo el oxígenos, carbono o hierro que hay hoy en el Universo, y que aún se sigue dando. Por eso nuestra estrella, el Sol, también participa de este proceso. Su vida se estima en unos 5000 millones de años, en los que ha consumido más o menos la mitad de su combustible. Aún le pueden quedar otros tantos millones de años antes de morir como estrella. Sin embargo, sabemos que a medida que gaste combustible, las capas externas del Sol se expandirán, de modo que su diámetro llegará hasta prácticamente la órbita de la Tierra. Engullirá primero a Mercurio, luego a Venus y también nuestro planeta. Cuando, al final, no quede más combustible, colapsará sobre sí mismo y generará una enorme explosión conocida como supernova. Tras esto, el Sol será poco más grande que la Tierra, con una luz muy disminuida, será una Enana blanca, o bien podría convertirse en un Agujero negro que lo engulle todo a su entorno.

Existen ciertas similitudes entre este proceso de una estrella como el Sol y nuestro sistema económico y social, el capitalismo. Mientras tiene combustible, es decir, materias primas, trabajo asalariado y mercados donde vender los productos, se expande de forma incontrolable, llegando a abarcar el planeta completo. Nada queda fuera de su alcance, sean océanos o bosques, o bien sean seres humanos y sus procesos reproductivos. A medida que crece necesita más y más espacio, llegando el momento en el que no queda sitio para nada más que un proceso infinito de creación-destrucción. Así lo demuestra la historia del capitalismo. En su primera fase, hasta mediados del siglo XX, conquistó todos los territorios posibles y creó un mercado mundial en el ámbito de dominio de las potencias capitalistas. Hacia los años sesenta se vio claro que el capitalismo estaba llegando a sus límites físicos, como bien lo predijo el Club de Roma y su informe sobre Los límites del crecimiento, de ahí que comenzara una guerra para incluir aquella parte del mundo que aún se le resistía: La Unión Soviética y su órbita, China, y algunos lugares de Asia y África. Esta segunda fase concluye con la creación de un capitalismo global que no deja resquicio para nada que no sean relaciones de mercado, productivismo, consumismo y destrucción generalizada. La tercera fase comienza en 2001, cuando se hace evidente que la energía necesaria para mover esta monstruosa máquina de demolición escasea y que pronto será imposible sostener un sistema basado en el despilfarro de energía. En esta fase hay dos elementos sustanciales: uno es la financiarización del capitalismo, que se había iniciado tímidamente en los noventa, el otro el establecimiento de una guerra constante por los recursos. Con la financiarización se consigue la ficción de la creación de plusvalía sin necesidad de una producción material, con la guerra se destruyen los territorios ricos en recursos para, de un lado poder extraerlos con facilidad y, de otro, evitar que sus legítimos propietarios los consuman. Las guerras de Irak, Libia o Siria se producen dentro de esta lógica.

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La conversión de los lobos

04.10.18 | 12:43. Archivado en Acerca del autor

Cuentan que el hermano Francisco andaba por la comarca italiana de Gubbio cuando supo de un feroz lobo que atacaba tanto animales como personas. Movido por su compasión, tanto por las personas como por los animales, el poverello se acercó al lobo y lo amansó. Algunos relatan que aquella fiera vivió en la comarca hasta que murió de viejo sin molestar a nadie más. De todos es conocida la pasión de Francisco de Asís por todo lo creado, porque todo le hablaba del Creador de todas las cosas y así, por medio de lo creado, Francisco era capaz de amar al Creador. Todo lo creado es fraternidad porque nace de la misma entraña divina que se identifica por el amor de comunión, de ahí que el sol y la luna, el agua, el aire y las nubes, las flores y hierbas, llevan significación de Dios mismo. El Universo entero es un canto de comunión que nos lleva a la fraternidad universal, no solo de los seres humanos, sino con todo ser viviente y con el no viviente. Por eso, Francisco pudo amansar al lobo, porque en el lobo anida el mismo amor creador que en el resto de las criaturas y el Universo entero, es cuestión de actuar y sentir con ese amor de comunión que es capaz de transformar la realidad para que sea lo que Dios quiso en el origen. Encontramos aquí los ecos del profeta Isaías: “Pastarán juntos el lobo y el cordero, el león comerá paja como el buey y la serpiente se alimentará de polvo. No habrá quien haga mal ni daño en todo mi monte santo”. Cuando el amor misericordioso de Dios impregna el Universo y rebosa los corazones, entonces nadie ni nada hace daño.

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Viernes, 22 de febrero

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