Rara Temporum. El blog de Bernardo Pérez Andreo

La sociedad de 'descartes'

29.08.18 | 13:28. Archivado en Acerca del autor

Pronto comenzará el curso y volveré a impartir la Historia de la Filosofía Moderna, una de las que imparto con más gozo, pues me permite repasar de forma periódica los pilares de este mundo en que vivimos, que sigue siendo moderno aunque sea con el prefijo que lo determina, el tan manido post. Y, además, me da un privilegio inmerecido. Puedo influir en la formación de unas mentes que están empezando a transitar por los vericuetos de la filosofía como modo de preparación a la teología, de ahí que mi docencia siempre tenga presente que la filosofía tiene una función ancilar, sea para la teología o sea para la misma vida, aplicando la máxima latina, primum vivere, deinde philosophari. O, como me gusta insistir, compartiendo la idea de Hume, la razón, en este caso la filosofía, debe estar al servicio del ser humano completo. Filosofar siempre es un momento segundo, lo primero es vivir.

En la asignatura hay un momento nuclear que es el pensador francés René Descartes. Para mí es, además, el anclaje para una crítica de la Modernidad en lo que tiene de construcción de un mundo donde el ser humano es capaz de destruirse a sí mismo y al medio que le rodea. Con Descartes tenemos el surgimiento del hombre moderno, el hombre que se construye a sí mismo y que es el creador de la otredad desde la mismidad. Hasta Descartes, el ser humano se sabe en deuda con lo otro de sí: con el mundo natural, con los otros y, principalmente, con Dios. Sabe que su ser es debido, sea un don o una deuda, pero no se lo debe a sí mismo. El ser humano previo a Descartes no puede entenderse sin lo otro. Ni Galileo ni Newton fueron capaces de salir de esa 'deuda' de todo ser humano con lo otro. Sin embargo, Descartes sí es capaz de fundar su existencia en sí mismo, sin necesidad de nada fuera de él. Es más, su existencia tiene una dimensión puramente intelectiva (Je suis une chose qui pense), la materialidad no es más que fuente de confusión. Lo sentidos le engañan, la realidad es más una ilusión, pues un genio maligno puede haber producido todo eso para que él crea que existe y sin embargo no ser real. Es decir, Dios puede haber creado una especie de ficción virtual para que tú creas que es real y que vives. Para salir de todo este marasmo solipsista, Descartes recurre a su conciencia: yo que dudo, pienso, si pienso existo. el cogito se asienta sobre el dubito. He aquí el fundamento del pensamiento cartesiano sobre sí mismo y la realidad. Las consecuencias son de tal gravedad que se extienden como un seísmo por toda la Modernidad. Hay una página magistral, que siempre leo a mis alumnos, donde Descartes saca las consecuencias de la autogeneración del cogito. Cuando ve gente pasar por la calle desde su ventana, él no sabe si son personas o no lo son. Ve capas, gorros, guantes, pero no ve personas. Solo son personas en el momento en que él hace un acto de afirmación de su personeidad. Es decir, son personas cuando y porque él lo decide. Podrían ser autómatas, llega a decir, pues no sabe, sus sentidos le pueden engañar, el genio le puede engañar. Es solo el acto de afirmación del cogito el que crea a los otros como seres humanos. Dicho de otra manera, la otredad queda constituida desde la mismidad y no al revés, como había sido hasta Descartes y como indica el sentido común.

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El nacimiento de la vida: cráteres, cianuro y luz ultravioleta; la kénosis divina.

05.08.18 | 19:29. Archivado en Acerca del autor

Cráteres volcánicos, cianuro y luz ultra violeta. Estos son los tres elementos que se necesitaron para generar la vida en la Tierra primitiva. Justo todo lo contrario que hoy permitiría esa misma vida. La vida superior muere al contacto con el cianuro; la luz ultra violeta puede producir mutaciones genéticas que desvirtúan la vida; los cráteres volcánicos no son el lugar más adecuado para el desarrollo de seres vivos superiores. Sin embargo, según el estudio publicado en Investigación y Ciencia de agosto de 2018, esos elementos fueron imprescindibles para el surgimiento de la vida. Los cráteres volcánicos de hace 3.800 millones de años fueron el lugar adecuado para que la lluvia disolviera el cianuro de hidrógeno que los rayos creaban con el hierro. Esta mezcla del cianuro y del hierro, catalizados por los rayos ultravioletas, va a generar los distintos compuestos químicos que permitan la aparición del ARN en aquellos minilagos de los cráteres volcánicos. La luz ultravioleta, por tanto, será la que permita la catálisis del cianuro en azúcares que permitan la aparición del ARN, ayudados por el fosfato. Una vez que tenemos esta 'sopa primordial' ya es posible el surgimiento de la vida. Una vez creado el ARN, este pudo quedar encerrado en vesículas de ácidos grasos que tienden físicamente a generar estructuras esféricas, por su propia naturaleza. Basta con que por puro azar se creen en distintas ocasiones estas vesículas con ARN para que la vida se desarrolle, porque ya tenemos los dos elementos principales: un contenedor y un contenido capaz de la replicación; he ahí la vida en su estadio más esencial: algo capaz de replicarse. Aún falta la perdurabilidad y la evolución, pero eso llegará con el ADN en un momento posterior y casi necesario. Ya tenemos la vida en la Tierra y eso hace unos 3,8 mil millones de años. Desde ahí ya es historia, porque las leyes de la evolución hacen el resto.

Esta explicación de Jack Szostak, catedrático de genética de Harvard, es más plausible que la de Nick Lane, que expusimos aquí en 2016. Según la propuesta de Lane de que la vida surgió en las fumarolas submarinas alcalinas, se necesita que la Tierra se llene de agua, que la vida invada la Tierra y que luego se extienda a todo el planeta. La hipótesis de Szostak es más sencillla, cumpliendo con la navaja de Ockam, y permite explicar el surgimiento de la vida temprana. Una vez enfriada la Tierra, en los cráteres volcánicos se acumula lluvia con los elementos primordiales, el cianuro de hidrógeno y el hierro. Estos elementos son bombardeados por los rayos de las tormentos y la luz ultravioleta que no tiene oposición en la atmósfera al carecer de ozono. Esto permite que se combinen para que surjan todos los elementos necesarios para el surgimiento de los aminoácidos esenciales que componen el ARN. Por pura combinación se crea este elemento esencial para la vida y es cuestión de tiempo que surja el ADN. Los aminoácidos generan lípidos de forma natural. Estos lípidos, por su naturaleza, tienden a producir estructuras esféricas, encerrando dentro lo que el azar ponga a su alcance. Fácilmente podría estar a su alcance, en lugar tan delimitado, el ARN generado previamente. Una vez que se ha encerrado ARN en un contenedor lipídico tenemos la protocélula. El siguiente paso es que el ARN produzca ADN y éste permita la división de esta mórula inicial. Es cuestión de tiempo y el tiempo no era algo de lo que faltara en la Tierra primitiva. Una vez divida la célula ya no hace falta nada más. Tenemos la vida en la Tierra y la evolución hará el resto.

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