Rara Temporum. El blog de Bernardo Pérez Andreo

Alegraos cuando os llamen comunistas y populistas

11.04.18 | 13:29. Archivado en Acerca del autor

La Exhortación Apostólica Gaudete et Exsultete (GE) que acaba de ofrecer el Papa Francisco va a levantar ampollas en algunos, los mismos, de los que no pueden soportar que el Papa siga poniendo el Evangelio en el centro del ser, sentir y hacer eclesial. Si en Evangelii Gaudium ponía a la Iglesia en salida desde el Evangelio y en Laudato Si’ la situaba en el medio de los problemas más acuciantes del mundo actual, en este documento pone la santidad en la línea evangélica de las bienaventuranzas y en la perspectiva del Reino de Dios. La santidad, dice, no es “blanquear los ojos en un supuesto éxtasis” (96), sino que es vivir la alegría del compromiso por un mundo de misericordia y justica junto a los hermanos. Pues, la salvación no es algo de individuos aislados y solitarios, sino que se da en la dinámica del pueblo, como enseñó Lumen Gentium 9 y así lo retoma Francisco al comienzo de GE. La santidad es vivir en el día a día la salvación que Dios nos da en Cristo, por eso no es algo privativo de los ordenados, sino que todo ser humano, cristiano o no, está llamada a la santidad en su vida cotidiana, en sus relaciones, en su trabajo, en sus responsabilidades.

Por eso mismo, el Papa insiste en este documento en los dos enemigos de la salvación cristiana que ya ha puesto de relieve tanto en Evangelii Gaudium, como en el discurso a la Iglesia italiana en Florencia o como en Placuit Deo, el gnosticismo y el neo-pelagianismo. Estos dos son enemigos poderosos porque están incrustados en una forma de ser iglesia clerical y elitista. Es propio de la actitud gnóstica en la élite eclesial actitudes que “absolutizan sus propias teorías y obligan a los demás a someterse a los razonamientos que ellos usan” (39). Por otro lado, las actitudes neo-pelagianas se muestran en “la obsesión por la ley, la fascinación por mostrar conquistas sociales y políticas, la ostentación en el cuidado de la liturgia, de la doctrina y del prestigio de la Iglesia, la vanagloria ligada a la gestión de asuntos prácticos, el embeleso por las dinámicas de autoayuda y de realización autorreferencial” (57). Estos dos peligros en la Iglesia, estos dos riesgos para la salvación cristiana, estos dos enemigos de la santidad, se han reafirmado durante siglos, de forma que hoy es muy difícil para muchos católicos distinguir la fe recta de la herejía, pues la herejía se ha convertido en práctica cotidiana en muchos ordenados, también prelados, y en no pocos teólogos que dan sustento al elitismo clerical en la Iglesia.

La única manera de salvar estos peligros es volver a las peticiones de Jesús en Mt 25, 31ss (Tuve hambre y me disteis de comer…), sine glossa es decir “sin comentario, sin elucubraciones y excusas que les quiten fuerza” (97). El núcleo de la propuesta del Evangelio para una vida en santidad está en este texto citado de Mateo y en las Bienaventuranzas. El Papa desgrana las consecuencias de las Bienaventuranzas para la vida. De cada una de ellas obtiene una consecuencia en nuestra vida. Es santidad, nos dice, ser pobre en el corazón (70), reaccionar con humilde mansedumbre (74), saber llorar con los demás (76), buscar la justicia con hambre y sed (79), mirar y actuar con misericordia (82), mantener el corazón limpio de todo lo que mancha el amor (86), sembrar paz a nuestro alrededor (89), aceptar cada día el camino del Evangelio aunque nos traiga problemas (94). Esta santidad es el corazón del Evangelio y cumplir con ello es la forma verdaderamente cristiana de vivir, no cumpliendo normas, liturgias, preceptos o jerarquías. Todo eso puede ser instrumento, y solo debe serlo, para cumplir lo otro, la verdadera santidad que está en el corazón del Evangelio, las Bienaventuranzas.

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