Rara Temporum. El blog de Bernardo Pérez Andreo

La codicia es buena, dijo la serpiente.

08.01.18 | 13:32. Archivado en Acerca del autor

Hay una frase del protagonista de la película Wall Street, Godon Gekko, que se ha hecho proverbial para entender el mundo de hoy: la codicia es buena. Sin codicia, el capitalismo no sería posible, porque su base es quererlo todo y quererlo ya, ir a la máxima velocidad a la hora de acaparar recursos y riquezas. Sin codicia, las personas no buscarían más de lo que necesitan, no querrían ser como dioses, sino que se conformarían con comer de los árboles permitidos. La codicia nace de las palabras de la serpiente en el Edén, palabras que resuenan en el corazón del hombre y que le llevan a buscar más de lo que necesita y a buscarlo sin parar en las consecuencias para otros o para el Planeta. La codicia es, por tanto, la base de la desigualdad, pues unos pocos, muy pocos, utilizan todos los medios a su alcance y su poder para obtener cada vez más parte de los recursos de nuestro planeta. Esto es lo que ha puesto de relieve el World Inequality Report 2018, un informe elaborado por varios expertos mundiales en economía y otras áreas del conocimiento. En 2017 hemos llegado a las máximas cotas mundiales de desigualdad en toda la historia de la humanidad. El uno por ciento de la población acapara más de la mitad de los recursos disponibles, mientras que el diez por ciento llega al noventa por ciento de los recursos y riquezas creadas. Es más, a medida que avanzan los años, el incremento de riqueza se queda en menos manos. Dicho con otras palabras, la tasa de desigualdad crece cada año, pues de lo que se produce cada vez más riqueza va a menos personas.

Podríamos entrar en disquisiciones filosóficas sobre la desigualdad natural o la necesidad social de la desigualdad, pero aquí no estamos hablando de un rango pequeño de desigualdad que siempre será inevitable y hasta necesaria. Pensemos que en los milenios previos a la creación de los grandes imperios de la antigüedad, la desigualdad nunca superó el 1 a 3, es decir, que el que más tenía triplicaba al que menos. Con la llegada de los imperios se dispara esta proporción: 1 a 30. Pero hoy hemos llegado a la cifra de 1 a 400. De esto es de lo que hablamos cuando hablamos de desigualdad. No tiene ningún sentido que un ser humano posea él solo tanta riqueza como mil millones de sus congéneres. Ni le beneficia a él ni beneficia a los demás. Se trata pura y simplemente de codicia, nada más. Este es el problema central de la desigualdad, que es producida por un mal, un pecado, que a su vez produce otros males. La desigualdad es la estructura del modelo de producción y desarrollo del capitalismo y eso es lo que lo hace un sistema económico y social perverso y pervertido, pues no busca la satisfacción de necesidades sino la creación de riqueza para unos cuantos a costa de lo que sea necesario, sin reparar en las consecuencias. Un sistema así es malo por naturaleza y debe ser eliminado como modo social cuanto antes.

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