Rara Temporum. El blog de Bernardo Pérez Andreo

Aviso de incendio

16.08.17 | 18:12. Archivado en Acerca del autor

Hay un libro precioso que lleva por título Walter Benjamin: Aviso de incendio, de Michael Lowy, donde hace una lectura de las Tesis sobre el concepto de historia del autor alemán. Como es conocido, Benjamin tiene una visión pesimista sobre la historia. La imagen que nos deja es la del Angelus novus de Klee, un ángel que mira despavorido el resultado del montón de cadáveres que es la historia humana. Si miramos la historia desde una dimensión puramente cuantitativa, no vemos otra cosa que dolor y sufrimiento por doquier. La cantidad de seres humanos que en cualquier momento de la historia ha sufrido opresión o injusticia siempre es mayor que el número de seres humanos que han vivido con dignidad. Hay que sumar, además, que muchos de los que vivían o vivimos con dignidad lo hacemos en detrimento de aquellos cuyas condiciones de vida son deplorables. Es decir, el mal de muchos es causado por el bienestar de pocos. Esto es un hecho irrebatible a la largo de la historia. El pecado, hablando en términos teológicos, abunda más que la gracia de manera cuantitativa. Otra cosa es lo cualitativo. La injusticia, la opresión y el mal son más abundantes que el bien.

Hagamos un breve recorrido por la historia humana desde que se constituyen las grandes civilizaciones hace unos 5.000 años. Estas civilizaciones se han constituido como grandes pirámides donde una amplia base de población explotada ha sostenido a una pequeña cúpula social que se podía permitir vivir con exceso. Así fue en Egipto y en Mesopotamia, pero también en China y la India, o en el imperio Inca. Todas estas civilizaciones se han organizado como estructuras de opresión e injusticia, en las que entre el 70 y el 80 por ciento de la población vivían en la pobreza o directamente en la miseria. Tenemos datos históricos suficientes, sobre todo de épocas como el imperio de Roma, el último gran imperio antiguo. Entre los esclavos, los colonos y los colonizados, más de tres cuartas partes de la población vivían en lo que los evangelios llaman penes o ptoxoi, es decir, pobres o miserables. La esperanza de vida de estas personas estaba en 35 años, la media, aunque muchos podían superar los 50 y llegar incluso a 70, pero las tasas de mortalidad infantil, debido a la carencia de alimentos, eran muy altas, y las enfermedades derivadas de carencias alimenticias estaban a la orden del día: ceguera y sordera por falta de vitaminas, tullidos por escasez en fases tempranas de desarrollo y poseídos por episodios de estrés postraumático debido a las acciones militares del Imperio.

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La verdad libera, pero no salva.

16.08.17 | 18:12. Archivado en Acerca del autor

La verdad del mundo se muestra en medio del sufrimiento. Como entendiera San Pablo, en la cruz de Jesús se hace patente aquello en lo que los hombres han convertido el mundo: un lugar de sufrimiento injusto para quienes se proponen vivir la plenitud que Dios quiso para todos los seres humanos. Pues, mientras unos pocos viven en medio de los lujos más obscenos, millones, miles de millones han de sufrir las carencias más lacerantes; estas carencias son el reverso dialéctico imprescindible para aquellos lujos. El lujo eterno de unos pocos, del que habla Lipovetsky, es la imagen especular invertida de la miseria infinita de la mayoría. Por este motivo, y solo por este motivo, la cruz es el camino de salvación. La verdad, nos dice Pablo, libera, pero no salva, nos salva la cruz, porque en ella comprendemos la verdad, que es la mentira de este mundo construido por los seres humanos, porque ahí se expresa el amor más profundo que el ser humano puede experimentar: el amor comprometido hasta la entrega suprema de la propia existencia.

Ahora bien, ¿qué significa la salvación y qué significa la entrega suprema? Para los seguidores de Jesús de Nazaret, la salvación es lo que Jesús vivió. Nos salva su experiencia extendida a través del tiempo por sus seguidores en cualquier lugar del mundo. En Jesús, los primeros seguidores y las comunidades creadas después por ellos, experimentaron la respuesta de Dios ante lo que tipificaron como el pecado de este mundo. Se trata de lo que hoy llamamos la injusticia. El pecado del mundo es que pudiendo vivir todos en fraternidad universal, lo hacemos en lucha constante por el dominio. La sociedad se estructura mediante una ruptura entre una élite que se apropia de la mayoría de los bienes sociales y el resto que ha de pelear por obtener una parte mínima. Esto lleva a una violencia estructural que genera la injusticia y, como advirtiera Pablo, encubre la mentira, pues la mentira es el recurso estructural del orden injusto para legitimarse ante los seres humanos.

La salvación que experimentamos en Jesús, siguiendo la tradición hebrea, es que el orden del mundo puede guiarse por una fraternidad global. Ser salvo es estar en comunión con un orden social y natural fraterno; es no caer en la lucha por el dominio o, como se diría hoy, por la hegemonía; es vivir la plenitud de la existencia en armonía con la naturaleza y en paz social, pero una paz que, como dice la Escritura, brota de la justicia, no de la imposición, como es la pax romana que padeció Jesús y en cuyo altar fue crucificado. De esta manera, la cruz es la patentización suprema de la injusticia estructural que somete por la violencia a la mayoría de las personas y a la naturaleza para que unos pocos que rigen los destinos humanos pueden vivir según sus apetencias, no según la fraternidad universal.

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