Rara Temporum. El blog de Bernardo Pérez Andreo

¡Dichosos los ricos..., porque os llamarán bienhechores!

09.02.18 | 13:12. Archivado en Acerca del autor

El capítulo 22 de Lucas nos dice: “Los reyes de las naciones las dominan como señores absolutos, y los que ejercen el poder sobre ellas se hacen llamar bienhechores”. El evangelio da justo en el clavo a la hora de analizar cómo funciona el mundo en que vivimos, ayer y hoy. A los poderosos, sean reyes de las naciones, jefes o simplemente multimillonarios, no les interesa solamente acumular poder y enseñorearse del mundo; necesitan que el resto los tome por bienhechores, es decir, que todos crean que lo que hacen lo hacen por el bien de la humanidad. Hoy, estos tales se hacen llamar filántropos. Suelen ser multimillonarios que dedican parte de su riqueza a realizar donaciones, normalmente con gran publicidad y dejando patente lo que pretenden. Donan cantidades ingentes a ONGs, a grupos de apoyo a colectivos marginados y, ahora también, a la propia administración pública, mermada en su financiación gracias a que se bajan los impuestos a esos mismos enriquecidos que luego donan parte de los impuestos eximidos.

Saben muy bien que su riqueza, aunque resulte paradójico, es precaria. Sí, precaria. Porque la riqueza depende de tres factores externos a ella misma para generarse y mantenerse. El primer factor es que tiene que existir un marco legal que proteja la riqueza acumulada. Si las leyes penalizaran la acumulación de riqueza, esta nunca se crearía. Cuando Estados Unidos cayó en la crisis más grave de su historia en 1929, la forma de salir de ella fue aplicar un impuesto del 89% sobre la riqueza, de modo que fuera esta riqueza acumulada la que salvara al país, como es lógico hacer. El segundo factor es la existencia de un Estado que proteja la riqueza, sea mediante las leyes, sea mediante la policía o sea mediante el consentimiento de la administración. En todas las revoluciones, lo primero que desaparece es la riqueza acumulada, pues el nuevo Estado se la apropia. El tercer factor y más importante es el asentimiento generalizado de la sociedad que rodea a aquellos que acumulan la riqueza. Este asentimiento puede ser impuesto por la fuerza, en cuyo caso también es precario, o bien puede ser asumido como el anhelo social. Puesto que todos queremos ser ricos es bueno que existan ricos y riqueza a la que poder aspirar, aunque eso sea una quimera, pues en cualquier sociedad los ricos pueden serlo unos pocos. Según los datos que tenemos de la historia, en cualquier sociedad los ricos nunca superan entre el 1 y el 5%, dependiendo el momento y la sociedad. Por ejemplo, en el Imperio romano era el 3%, mientras que en los Estados Unidos hoy no llegan al 2% y en España es el 1%. Por supuesto, hablamos de ricos de verdad, no de personas con algunos bienes más que la media.

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A weak Secularization

01.02.18 | 10:32. Archivado en Acerca del autor

El debate sobre la secularización ha llegado a un punto de equilibrio. Tras dos décadas de fuertes choques entre posiciones diferentes, y de sonados cambios de parecer en algunos pensadores (véase la postura de Berger 2016), parece que podemos hacer un pequeño balance y afirmar que la secularización es un proceso histórico vinculado a la Ilustración, pero no tanto a la modernidad, pues existen varias modernidades y no todas ellas incluyen un proceso de secularización en sentido estricto, aunque sí algunos de los aspectos que José Casanova (2006:7; 2012:23) diferencia.[1] Por este motivo, la secularización está vinculada al proceso de diferenciación de esferas en la modernidad, de tal modo que la religión pierde la influencia omnímoda de que gozaba en el mundo premoderno y deja de ser el dosel sagrado (Berger) que da sentido a toda la existencia. Los hombres satisfacen su búsqueda de sentido, si la hay, mediante el recurso a criterios no puramente religiosos. Estamos hablando de una secularización en sentido débil. Dicho a modo de título: a weak Secularization.

Esta secularización débil sí sería aplicable a prácticamente todos los países o realidades, aunque siempre habría excepciones, como es el caso de algunos países musulmanes donde la religión aún conserva influencia en las decisiones públicas y en las conciencias de las personas, o en Estados Unidos, un país que ya no puede ser considerado la excepción que era en otros tiempos, pero que sigue conservando zonas de amplia influencia de la religión en las conciencias y en la vida pública. Como explican Voas y Chaves (2016), menos influencia cuanto más al norte y más cerca de la costa; más influencia en zonas rurales y menos en zonas urbanas, constatándose así el mismo proceso que en Europa hemos vivido en el último siglo. Estados Unidos no sería, por tanto, una excepción absoluta, a lo sumo, una particularidad dentro de un proceso de secularización débil que tendría momentos y lugares de una secularización fuerte, como es en Europa Occidental.

Con esta terminología conseguimos, a la vez, explicar el proceso constante de reducción de la influencia de la religión desde el siglo XVIII y la persistencia de la religión, con episodios de revival que vendrían a confirmar el proceso general. Así lo confirma indirectamente Casanova (2012: 29) cuando expone que las religiones que han aceptado la diferenciación de esferas, lo que hemos denominado como secularización débil, han sostenido su presencia pública, haciendo, de paso, superflua la crítica ilustrada radical. Mientras, las religiones que se han resistido a la diferenciación de esferas han experimentado un declive a la larga. El proceso de declive puede ser más rápido, como en España (Davie 2011: 73), o más lento, como Estados Unidos, pero es inexorable en las sociedades modernas. Por tanto, la secularización es un proceso vinculado a la modernidad si tenemos presente que es una secularización débil que connota la diferenciación de esferas, pero no la privatización de la religión o el declive de las prácticas religiosas. Estas dos últimas notas de la secularización se darían en procesos de secularización fuerte, como es el caso europeo, donde sí se ha constatado.

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La codicia es buena, dijo la serpiente.

08.01.18 | 13:32. Archivado en Acerca del autor

Hay una frase del protagonista de la película Wall Street, Godon Gekko, que se ha hecho proverbial para entender el mundo de hoy: la codicia es buena. Sin codicia, el capitalismo no sería posible, porque su base es quererlo todo y quererlo ya, ir a la máxima velocidad a la hora de acaparar recursos y riquezas. Sin codicia, las personas no buscarían más de lo que necesitan, no querrían ser como dioses, sino que se conformarían con comer de los árboles permitidos. La codicia nace de las palabras de la serpiente en el Edén, palabras que resuenan en el corazón del hombre y que le llevan a buscar más de lo que necesita y a buscarlo sin parar en las consecuencias para otros o para el Planeta. La codicia es, por tanto, la base de la desigualdad, pues unos pocos, muy pocos, utilizan todos los medios a su alcance y su poder para obtener cada vez más parte de los recursos de nuestro planeta. Esto es lo que ha puesto de relieve el World Inequality Report 2018, un informe elaborado por varios expertos mundiales en economía y otras áreas del conocimiento. En 2017 hemos llegado a las máximas cotas mundiales de desigualdad en toda la historia de la humanidad. El uno por ciento de la población acapara más de la mitad de los recursos disponibles, mientras que el diez por ciento llega al noventa por ciento de los recursos y riquezas creadas. Es más, a medida que avanzan los años, el incremento de riqueza se queda en menos manos. Dicho con otras palabras, la tasa de desigualdad crece cada año, pues de lo que se produce cada vez más riqueza va a menos personas.

Podríamos entrar en disquisiciones filosóficas sobre la desigualdad natural o la necesidad social de la desigualdad, pero aquí no estamos hablando de un rango pequeño de desigualdad que siempre será inevitable y hasta necesaria. Pensemos que en los milenios previos a la creación de los grandes imperios de la antigüedad, la desigualdad nunca superó el 1 a 3, es decir, que el que más tenía triplicaba al que menos. Con la llegada de los imperios se dispara esta proporción: 1 a 30. Pero hoy hemos llegado a la cifra de 1 a 400. De esto es de lo que hablamos cuando hablamos de desigualdad. No tiene ningún sentido que un ser humano posea él solo tanta riqueza como mil millones de sus congéneres. Ni le beneficia a él ni beneficia a los demás. Se trata pura y simplemente de codicia, nada más. Este es el problema central de la desigualdad, que es producida por un mal, un pecado, que a su vez produce otros males. La desigualdad es la estructura del modelo de producción y desarrollo del capitalismo y eso es lo que lo hace un sistema económico y social perverso y pervertido, pues no busca la satisfacción de necesidades sino la creación de riqueza para unos cuantos a costa de lo que sea necesario, sin reparar en las consecuencias. Un sistema así es malo por naturaleza y debe ser eliminado como modo social cuanto antes.

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La Tradición: una receta de pan.

18.12.17 | 12:21. Archivado en Acerca del autor

Uno de los conceptos más importantes en cualquier religión es el de Tradición, con mayúscula. Es imposible, como nos enseñaron Berger y Luckmann en 1968, que nada humano pueda permanecer si no se institucionaliza, ahora bien, la mera y simple institucionalización no asegura que permanezca una realidad originaria, pues la tendencia de toda institución es a su perpetuación y al control de sus miembros, creando redes clientelares que den apariencia a la institución de eternidad. Para evitar este mal inherente a toda institución está la Tradición. La Tradición nos enseña qué se hizo y cómo se hizo para saber qué hacer y cómo hacerlo. La Tradición es el alma de la institución, sin ella no sería otra cosa que una mera estructura de poder en manos de unos pocos. Por eso es tan importante la Tradición en cualquier religión, pero más importante aún en el cristianismo.

Sin la Tradición, el cristianismo degenera en lo mismo que llevó a una institución tan venerable en el pueblo judío como el Templo a instigar el ajusticiamiento de Jesús, porque toda institución, aun siendo necesaria para dar estabilidad a las relaciones sociales, tiene como estructura básica la permanencia, lo que le lleva a expulsar todo lo que la ponga en riesgo. La actitud profética, como la de Jesús, pone en riesgo la institución y esta tiende a expulsarla. La Tradición, en nombre de la que habla siempre la actitud profética, asegura que la institución está al servicio de algo superior a ella, al servicio de la sociedad, su estructura moral y su continuidad. Es como una receta de pan. Quien hace el pan necesita saber los ingredientes, sus proporciones, y el modo de elaboración para hacer un determinado pan. Necesita saber qué cantidad de agua y qué proporción de creciente necesita, así como la sal. También requiere el conocimiento, explicitado en la receta, del procedimiento, del modo y tiempo de masado, de los tiempos de espera de fermentación y de la temperatura y tiempo de cocción. Una buena receta permite hacer pan a cualquiera, aunque no sea panadero; permite, con un poco de práctica, hacer el mismo pan que hicieron los antepasados, pues lo que se requiere es conocer las cantidades y el procedimiento. La Tradición nos da las cantidades y el procedimiento para que la sociedad viva de acuerdo a los antepasados, presuponiendo que aquellos sabían cómo vivir en sociedad. En el caso del judeocristianismo, la Tradición nos da los parámetros que permitieron crear una estructura social de justicia y misericordia.

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¿Necesitamos una nueva apologética?

14.12.17 | 09:47. Archivado en Acerca del autor

Todos los años que van ya de este siglo XXI están marcados por un cierto giro en lo que atañe a la cuestión de la secularización. Si el último tercio del siglo XX estuvo determinado por una ferviente fe en la secularización como un producto necesario del proceso modernizador, los últimos años del siglo vieron nacer una propuesta a la que se sumaron insignes representantes de la propuesta secularizadora. Ahora, se decía, los datos demuestran que la modernidad no está reñida con el auge de la religión. Es más, se ve que algunas de las muchas modernidades van de la mano de una religiosidad en aumento, con grupos religiosos boyantes y con religiones que no solo aumentan el número de fieles, sino que expanden sus dominios; la fuerza de la religión en el ámbito público es cada vez mayor.

Entre los nuevos conversos estuvo Peter L. Berger, que determinó el nuevo lenguaje con su obra Desecularization. Con el mismo fervor con el que defendió la secularización como proceso irresistible de la modernidad, ahora defendía la desecularización como proceso vinculado a la modernidad en el ámbito del pluralismo. Esta era la salvedad: que el auge de la religión va unido a la extensión de un pluralismo que, éste sí, sería la clave para entender la modernidad. El pluralismo ayuda, en cierta medida, al crecimiento de la religión, pero, también en cierta medida, pone en cuestión las tradiciones particulares. Es decir, el pluralismo es lo que hay que pensar. Por eso, en su última obra, Los numerosos altares de la modernidad, vuelve a dar un giro a su planteamiento, aunque solo de 90º. Acepta un cierto auge de las religiones, pero estas quedan embargadas por el pluralismo de iure, no solo de facto, que se extiende en la sociedad. Esta situación es la que hay que seguir pensando, si queremos plantearnos correctamente nuestro ser cristiano en un mundo donde el pluralismo es la marca distintiva. Un pluralismo que rebaja las ambiciones de las religiones y que pone en su sitio a sus pretendidos dirigentes. Como dijera Hume hace más casi tres siglos, no hay verdad más cierta que la necesidad de la religión para el ser humano, pero no hay mayor prudencia que alejar el poder de manos de los sacerdotes, de todos los sacerdotes.

Pues bien, clarificar la fe y dar razón de la esperanza sigue siendo un mandato de la fe, pero mi perspectiva particular parte del hecho de que el proceso secularizador es un bien para la fe cristiana, es más, la modernidad y la aneja secularización, son hijas legítimas del cristianismo, como bien lo expuso en su extensa obra Hans Blumenberg, pues el cristianismo es, en su núcleo, un proyecto anticlerical, contra los clérigos que se apropian de la medición entre Dios y los hombres mediante templos, ritos, mitos y dogmas. En Cristo, sacerdote único y eterno en la línea de Melquisedec, no hay otro sacerdocio que el servicio y la entrega hasta la cruz. El servicio, la diakonía, es el verdadero y único sacerdocio. La Iglesia, en tanto comunidad de los que viven en Cristo por la presencia del Espíritu Santo, es sacerdotal, toda la Iglesia. En ella, hay quienes sirven la mesa, quienes sirven la palabra, quienes sirven a los pobres, quienes sirven… todos son servidores del único amor que se entrega hasta el extremo. En Cristo, todos somos sacerdotes y sacerdotisas de la religión del amor y el servicio.

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Jornadas de Doctrina Social: Desarrollo Humano Integral.

03.11.17 | 13:41. Archivado en Acerca del autor

La propuesta del Papa Francisco en su encíclica Laudato Si' del Desarrollo Humano Integral no es, como algunos acusan, un prurito de los tiempos que el Papa habría adoptado de una manera un tanto esnob. Es una propuesta estructural y sistemática de transformación social y personal que debe llevar a la humanidad y a cada ser humano concreto a un estadio de desarrollo humano compatible a la vez con las verdaderas dimensiones que construyen lo humano y con la estructura natural de nuestro planeta. Pues, el desarrollo humano es un concepto que en el sistema económico y social vigente queda reducido a la ampliación de los bienes y servicios de los que disfruta la población desde un punto de vista meramente cuantitativo, que ni tienen en cuenta las necesidades humanas, ni las carencias de una parte de la población, y tampoco el sostenimiento del medio natural que sustenta tal desarrollo. Se trata de un desarrollo inhumano e insostenible, por ser un mero subproducto de un sistema productivo que tiene como guía única la reproducción ampliada del capital y la generación de lucro sin reparar en los costes que este lucro puedan generar para la humanidad y para el medio natural. El desarrollo sostenible, un eufemismo creado por la industria publicitaria del capitalismo verde, es, en sí mismo, un oxímoron. Dadas las actuales condiciones de producción capitalista, es imposible que cualquier desarrollo sea sostenible. Solo será sostenible un desarrollo humano que se salga de los patrones del capitalismo neoliberal, abandonando el productivismo, el consumismo y el lucro como motor económico, y proponiendo la satisfacción de necesidades, el intercambio personal y la limitación de los apetitos como criterios a la vez humanizadores y respetuosos con el medio natural.

Desde la Comisión de Justicia y Paz de Murcia hemos querido generar conciencia y debate sobre esta temática y por eso hemos organizado las I Jornadas de Doctrina Social de la Iglesia en Murcia, que llevan por título la propuesta de Francisco en Laudato Si', Desarrollo Humano Integral. Se desarrollan entre el lunes 6 y el jueves 9 de noviembre, alternando como sedes el Instituto Teológico de Murcia OFM y el Centro Loyola de Murcia. Contamos con Sebastián Mora, secretario general de Cáritas española para disertar sobre los retos de la desigualdad para el desarrollo humano integral. Su conferencia será el lunes 6 a las 19:30 horas en el Instituto Teológico. El martes, César Nebot, economista, dará claves para la transformación de la economía en vista a un desarrollo humano integral. Será en el Centro Loyola de Murcia, también a las 19:30 horas. El miércoles contamos con nuestro Consiliario y Delegado episcopal de Enseñanza y Catequesis de la Diócesis, José Ruiz García, para desarrollar el tema del desarrollo humano integral en el Doctrina Social de la Iglesia, en el Instituto Teológico de Murcia. Y, por último, el jueves, en el Centro Loyola, Pedro Jesús Fernández, politólogo y ambientalista, aportará una visión de compromiso ambiental para nuestro tiempo.

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Tambores de guerra

23.10.17 | 13:38. Archivado en Acerca del autor

En lo que va de año, el índice Standars & Poor's de la industria aeroespacial y defensa ha subido un 31.5 %, frente al 12.5% de la subida del índice general de S&P. Esto necesita de alguna explicación. La lógica de los mercados financieros nos dice que cuando un sector sube es porque se espera que haya beneficios futuros o porque se está especulando con él. En este caso se producen ambas circunstancias y una más que paso a explicar. Los mercados financieros son el lugar por excelencia de la avaricia humana, pero también son la capital del miedo. El dinero es muy miedoso y si atisba algún tipo de riesgo huye como alma que lleva el diablo. Pero, lo peor para el dinero no es el peligro de perderlo, es el riesgo de no obtener lucro, pues el dinero creado como deuda sobrevive gracias a su reproducción constante. La Reserva Federal americana y el Banco Central Europeo no cesan de crear dinero como deuda a partir de la nada, nada lo soporta, no hay ningún valor objetivo que dé sustento a los varios billones de dólares y euros creados materialmente de la nada, como simples apuntes contables en el banco. Este dinero necesita crear su propia consistencia mediante su inversión productiva, con escasa rentabilidad para la avaricia de los mercados, o mediante su inversión especulativa, más provechosa a corto plazo. Esto es lo que están haciendo los mercados.

El dinero ocioso, creado por los bancos centrales para que los bancos comerciales rellenen sus agujeros contables, busca inversiones de alta rentabilidad para sostenerse en la nada de su origen. Un 10% de media en las inversiones habituales no es suficiente, de ahí que se lancen al sector que ven más dinámico, ese sector es a día de hoy la defensa, eufemismo que quiere decir la guerra. La guerra es una inversión segura, pues supone crear destrucción que luego habrá que reconstruir. Invertir en armamento, inteligencia militar y otras industrias anejas, no deja de ser un acto performativo, pretende crear aquello que propone. Sin inversión militar no hay guerras y sin guerras no hay inversión militar. Esto es lo que vemos que está sucediendo en 2017, la rentabilidad de los mercados es demasiado escasa para tanto dinero que hay en circulación sin base material y que busca crear su propia realidad. Eso explica el 31.5% de aumento del sector de la guerra en diez meses, una rentabilidad estratosférica que solo tiene dos salidas: o hay guerra a gran escala para materializar las inversiones, o revienta la burbuja y el dinero salido de la nada a ella regresa. Ambas salidas son malas, pero, qué queréis que os diga, prefiero la segunda, aunque me temo lo primera.

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La (i)racionalidad de los mercados financieros

16.10.17 | 12:18. Archivado en Acerca del autor

El mes de octubre es un mes muy señalado en la larga historia de las crisis financieras del capitalismo, especialmente en el capitalismo globalizado. La crisis de 1929 fue en octubre, después tuvimos un largo periodo de calma financiera tras la aplicación de las políticas keynesianas de control de las finanzas y la economía en general, pero los ochenta son otra vez los años de la fiesta, así les llaman los brokers. Para ellos es fiesta el hecho de que no haya controles y que todo el mundo pueda especular a sus anchas, generando grandes riquezas que, por definición, las acumulan unos pocos. Ahora bien, esas riquezas tienen su contrapunto: la pobreza generalizada, sea de los habitantes del planeta o sea de la misma naturaleza. Generar riqueza por especulación es una forma de robar a las generaciones futuras y al propio planeta.

El mes de octubre, decía, es un mes señalado en el calendario del capitalismo neoliberal. Tenemos varias crisis recurrentes que se han producido en octubre: 1987, un año después del big-bang day (el 27 de octubre de 1986 es llamado así porque fue el día en el que empezaron a actuar de forma conjunta los distintos mercados financieros internacionales, bajo el auspicio de la ínclita Margaret Thatcher), ya tuvimos una crisis financiera, también en 1996 y en 2000, así como la última hasta la fecha de 2008. No voy a entrar en las causas de que sea este mes, porque eso nos llevaría a una larga digresión sobre funcionamiento de las financias y cuestiones psicológicas que no nos interesan de momento. Lo que interesa es que de forma recurrente, el neoliberalismo capitalista genera crisis financieras que afectan a la economía. No se trata de un elemento que podamos obviar, pues es algo consustancial a la propia organización. Sin embargo, siempre, absolutamente siempre, cuando llega una recuperación tras la crisis, los expertos, y el público en general, piensan que fue la última. Así lo han estudiado dos grandes economistas, Carmen M. Reinhart y Kenneth S. Rogoff en una obra imprescindible para entender lo que viene: Esta vez es distinto: ocho siglos de necedad financiera. Ahí estudian cómo cada vez que llega una recuperación, todos los gurús económicos afirman que ya no volveremos a la crisis y que se inicia, invariablemente, un proceso que suelen denominar como círculo virtuoso. Así lo podemos leer en el comunicado de prensa del FMI del pasado 14 de octubre.

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Por el so(en)terramiento del AVE

22.09.17 | 10:07. Archivado en Acerca del autor

Son muchos los años que los vecinos de Murcia, sobre todo los afectados, vienen pidiendo el soterramiento de las vías del tren a la entrada a la estación de El Carmen de Murcia. El trazado de la vía divide una parte importante de la ciudad y supone un peligroso punto de paso que ya se ha cobrado muchas vidas. Esta reivindicación es legítima y debería haber sido atendida hace mucho tiempo, pero los distintos gobiernos, de ambos signos pero con preponderancia del Partido Popular tanto en el gobierno regional como en el nacional, han hecho oídos sordos. Es más, podemos decir que se han reído de la gente al hacer promesas, generalmente electorales, que nunca se han cumplido. Se aplica aquí el dicho popular de "prometer hasta meter", la papeleta en la urna. Con esto ha sucedido en Murcia como con el agua para todos, que más bien ha sido un agua para tontos. Sin embargo, estas mentiras constantes de los políticos deben pesar en el haber de una ciudadanía, la murciana, pasiva y complaciente, que ha llenado las urnas a la par que se vaciaban las arcas públicas. Habría que pensar que cuando doy mi voto adquiero la parte alícuota de responsabilidad y culpabilidad por las políticas aplicadas por el partido elegido. Dicho en román: tenemos lo que nos merecemos.

Pues bien, la cuestión del AVE a Murcia es una más de las muchas en las que el gobierno de la nación nos ha ninguneado de forma sistemática y se ha reído de nosotros sin ningún miramiento. Somos la séptima ciudad de España y aún no tenemos AVE, mientras ciudades que apenas cuentan con el 10% de la nuestra lo tienen desde el principio. Se nos prometió tarde y se nos ha proyectado mal. El AVE a Murcia llegará desde Alicante, no desde Albacete, un rodeo de 100 Km que alarga innecesariamente el trayecto. Murcia no ha merecido un AVE directo aprovechando la línea tradicional que nos une con Madrid. Para ir a Madrid desde Murcia en AVE habrá que pasar por Alicante, Albacete, Cuenca y la provincia de Toledo. Un recorrido de 2 horas y media, dicen, que da un rodeo significativo. Un AVE Murcia-Madrid directo apenas tardaría una hora y media. Y con esto nos hemos conformado. Nuestros políticos, todos, lo han apoyado, por ser la única opción de que llegue pronto, aseguran, a Murcia. Este AVE es un despropósito que además entrará a Murcia en superficie, perpetuando la división de la ciudad y convirtiendo la zona sur en un gueto extra muros.

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Aviso de incendio

16.08.17 | 18:12. Archivado en Acerca del autor

Hay un libro precioso que lleva por título Walter Benjamin: Aviso de incendio, de Michael Lowy, donde hace una lectura de las Tesis sobre el concepto de historia del autor alemán. Como es conocido, Benjamin tiene una visión pesimista sobre la historia. La imagen que nos deja es la del Angelus novus de Klee, un ángel que mira despavorido el resultado del montón de cadáveres que es la historia humana. Si miramos la historia desde una dimensión puramente cuantitativa, no vemos otra cosa que dolor y sufrimiento por doquier. La cantidad de seres humanos que en cualquier momento de la historia ha sufrido opresión o injusticia siempre es mayor que el número de seres humanos que han vivido con dignidad. Hay que sumar, además, que muchos de los que vivían o vivimos con dignidad lo hacemos en detrimento de aquellos cuyas condiciones de vida son deplorables. Es decir, el mal de muchos es causado por el bienestar de pocos. Esto es un hecho irrebatible a la largo de la historia. El pecado, hablando en términos teológicos, abunda más que la gracia de manera cuantitativa. Otra cosa es lo cualitativo. La injusticia, la opresión y el mal son más abundantes que el bien.

Hagamos un breve recorrido por la historia humana desde que se constituyen las grandes civilizaciones hace unos 5.000 años. Estas civilizaciones se han constituido como grandes pirámides donde una amplia base de población explotada ha sostenido a una pequeña cúpula social que se podía permitir vivir con exceso. Así fue en Egipto y en Mesopotamia, pero también en China y la India, o en el imperio Inca. Todas estas civilizaciones se han organizado como estructuras de opresión e injusticia, en las que entre el 70 y el 80 por ciento de la población vivían en la pobreza o directamente en la miseria. Tenemos datos históricos suficientes, sobre todo de épocas como el imperio de Roma, el último gran imperio antiguo. Entre los esclavos, los colonos y los colonizados, más de tres cuartas partes de la población vivían en lo que los evangelios llaman penes o ptoxoi, es decir, pobres o miserables. La esperanza de vida de estas personas estaba en 35 años, la media, aunque muchos podían superar los 50 y llegar incluso a 70, pero las tasas de mortalidad infantil, debido a la carencia de alimentos, eran muy altas, y las enfermedades derivadas de carencias alimenticias estaban a la orden del día: ceguera y sordera por falta de vitaminas, tullidos por escasez en fases tempranas de desarrollo y poseídos por episodios de estrés postraumático debido a las acciones militares del Imperio.

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La verdad libera, pero no salva.

16.08.17 | 18:12. Archivado en Acerca del autor

La verdad del mundo se muestra en medio del sufrimiento. Como entendiera San Pablo, en la cruz de Jesús se hace patente aquello en lo que los hombres han convertido el mundo: un lugar de sufrimiento injusto para quienes se proponen vivir la plenitud que Dios quiso para todos los seres humanos. Pues, mientras unos pocos viven en medio de los lujos más obscenos, millones, miles de millones han de sufrir las carencias más lacerantes; estas carencias son el reverso dialéctico imprescindible para aquellos lujos. El lujo eterno de unos pocos, del que habla Lipovetsky, es la imagen especular invertida de la miseria infinita de la mayoría. Por este motivo, y solo por este motivo, la cruz es el camino de salvación. La verdad, nos dice Pablo, libera, pero no salva, nos salva la cruz, porque en ella comprendemos la verdad, que es la mentira de este mundo construido por los seres humanos, porque ahí se expresa el amor más profundo que el ser humano puede experimentar: el amor comprometido hasta la entrega suprema de la propia existencia.

Ahora bien, ¿qué significa la salvación y qué significa la entrega suprema? Para los seguidores de Jesús de Nazaret, la salvación es lo que Jesús vivió. Nos salva su experiencia extendida a través del tiempo por sus seguidores en cualquier lugar del mundo. En Jesús, los primeros seguidores y las comunidades creadas después por ellos, experimentaron la respuesta de Dios ante lo que tipificaron como el pecado de este mundo. Se trata de lo que hoy llamamos la injusticia. El pecado del mundo es que pudiendo vivir todos en fraternidad universal, lo hacemos en lucha constante por el dominio. La sociedad se estructura mediante una ruptura entre una élite que se apropia de la mayoría de los bienes sociales y el resto que ha de pelear por obtener una parte mínima. Esto lleva a una violencia estructural que genera la injusticia y, como advirtiera Pablo, encubre la mentira, pues la mentira es el recurso estructural del orden injusto para legitimarse ante los seres humanos.

La salvación que experimentamos en Jesús, siguiendo la tradición hebrea, es que el orden del mundo puede guiarse por una fraternidad global. Ser salvo es estar en comunión con un orden social y natural fraterno; es no caer en la lucha por el dominio o, como se diría hoy, por la hegemonía; es vivir la plenitud de la existencia en armonía con la naturaleza y en paz social, pero una paz que, como dice la Escritura, brota de la justicia, no de la imposición, como es la pax romana que padeció Jesús y en cuyo altar fue crucificado. De esta manera, la cruz es la patentización suprema de la injusticia estructural que somete por la violencia a la mayoría de las personas y a la naturaleza para que unos pocos que rigen los destinos humanos pueden vivir según sus apetencias, no según la fraternidad universal.

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Tohu wa vohu. Caos y desolación.

28.06.17 | 16:05. Archivado en Acerca del autor

La acción política está determinada por las circunstancias. Se suele decir que la política es el arte de lo posible, no de lo que nos gustaría o de lo que desearíamos; deseos y gustos no pueden determinar la política, pues esta implica demasiados actores y demasiadas situaciones que escapan a la subjetividad de los implicados en la acción política. Esto ha sido así desde siempre, la política no está determinada, por desgracia, por la ética, por ninguna ética. Maquiavelo invitaba al príncipe que quisiera fundar un Estado a no tener ningún miramiento con deseos personales, a no ser que fueran los suyos propios, pues, dice, la naturaleza perversa de los hombres es el verdadero impedimento para la existencia de un Estado como tal. Desde esta concepción, la sociedad política solo puede existir si se aplacan los deseos individuales y si se someten las voluntades. De esta manera, lo que no sería sino un gran caos, se convierte en un Estado ordenado donde los hombres pueden vivir en paz. Así lo dicen Maquiavelo y Hobbes, pero también todos sus sucesores, aun hoy día.

Sin embargo, en los últimos treinta años estamos asistiendo a la inversión del proyecto, al menos del proyecto nominal. En lugar de pretender crear un orden a partir del caos primordial humano, lo que constatamos es el empeño de crear un caos constante en el orden mundial con el fin último de que uno, y solo uno de los Estados perviva. No se trata ya de luchar contra la perversión natural del ser humano, sino de evitar que el anhelo de paz y armonía de otros Estados no perturbe la paz propia. No se trata de ir a la guerra para conseguir más recursos o riquezas, o bien para evitar un conflicto mayor, se trata de generar un estado de guerra constante que impida que otros consigan el estatus político que el imperio actual ha conseguido. Es decir, evitar que otros países tengan Estados que protejan a sus ciudadanos y sus recursos. Estados Unidos, como representante del Imperio Global Posmoderno, ha llegado a la conclusión de que solo puede subsistir si crea un espacio de caos social que impida que otros accedan a los recursos y se postulen como Estados con los mismos derechos que el Imperio. Para ello, lo primero era destruir el orden mundial instituido en Westfalia en 1648.

La Paz de Westfalia supuso el comienzo del orden mundial que ha regido hasta el 11 de septiembre de 2001. Aquel orden se inspiraba en cuatro principios: 1. Soberanía absoluto de los Estados-Nación; 2. Igualdad jurídica de estos Estados; 3. Cumplimiento de los tratados; y 4. No injerencia. Estos principios, aunque hayan sido violados de forma encubierta, han regido los destinos políticos de Occidente desde 1648 y han permitido la proliferación de Estados-Nación soberanos que respetan formalmente a otros Estados y no se inmiscuyen públicamente en sus asuntos internos. Este orden mundial se quedó muy pequeño a Estados Unidos, de ahí que el Proyecto para un Nuevo Siglo Americano de los Neocons americanos proyectara remover todo lo que impedía a EE.UU ser la gran potencia que debía ser. Lo primero que había que remover es el mismo orden internacional y para eso fue necesaria su demolición controlada el 11 de septiembre de 2001. Mediante un atentado con bandera falsa, EE.UU se vio legitimado para saltarse ese orden internacional de más de trescientos años y atacar en invadir dos países que ni le habían atacado ni eran responsables de los hechos imputados. Estados Unidos se erigió en fiscal, juez y verdugo de los que él mismo determinó como sus enemigos. Roto este orden internacional podía permitirse crear uno nuevo, un orden unipolar con una realidad imperial en solitario que impusiera al resto del planeta lo que debía hacer. Pero este orden no tiene otra finalidad que el caos organizado.

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