Sra. Geli
03.09.07 @ 03:35:35. Archivado en Sobre el autor
Estimada Consejera, o mejor, compañera, eso es, que después de todo eres socialista y entre descamisados los formulismos sobran, ¿verdad?
Sé con certidumbre que no leerás esta carta, sé que nadie te hará referencia, y lo que aún es peor, sé que de leerla, tampoco te haría pensar, tú mejor que nadie sabes que eso de pensar produce cáncer, pero como tengo una imaginación importante quiero creer que lees esto, que eres capaz de apartarte de los presupuestos, de las cifras, de los costos y puedes dedicarte a lo que en verdad deberías dedicarte, que no es otra cosa que a mejorar la sanidad pública.
Yo no sé, pero creo que, si me dejas, te invitaré a que vengas conmigo a un hospital público, a las urgencias, hazlo de incógnito, claro, que no sepa nadie quién eres…
Las urgencias son como un muelle de carga y descarga, un celador te empuja hasta el interior de la nave en la que supuestamente hay una médico, en realidad creo que no pasó la EGB, pero bueno, a lo mejor es del partido, y eso, ya se sabe, es mérito más que suficiente. Por otro lado, tampoco necesita ser una lumbrera, hasta yo viendo unos cuantos episodios de House soy capaz de rellenar el protocolo. La doctora en cuestión ni te mira, no le importas, está cansada, rota, lleva… para ella sólo somos bultos que en el mejor de los casos pueden responder a su cuestionario. Su voz suena como las locutoras de los bingos: “¿Qué le pasa?, ¿fiebre?, ¿es alérgico a algún medicamento?” Tampoco escucha, imposible hacerlo con el ruido de tanto bulto entrando y saliendo, pero ella anota y luego, siempre sin mirarte, te larga un papel que el celador lleva a no se sabe dónde. Son las 14h 40m.
¿Ves Delfina? Ya estamos en la rueda sanitaria, ahora en un momento, alguien te llamará y podrás explicarle que te duele y mucho, que te sientes mal y asustado… Pero… ¡ay, amiga mía, Delfi de mi vida!, tú no sabes… allí el tiempo es eterno, da la sensación de que el dolor pasa, tal vez sea debido al mimetismo, como se supone que estamos en un hospital…
De pronto, oigo más voces de las acostumbradas, anda, arrímate a mí, no es que pueda hacer mucho, pero eso del código 7 suena, y suena a algo peligroso. Los celadores nos retiran, ¡no salgan!, ¡métanse para adentro! Pasan unos minutos que se hacen eternos, los “mossos” entran con una especie de cinturón que parece de castidad -lo digo porque si tienen que hacer algo, antes de quitárselo da tiempo a que se les baje la libido-, les siguen los policías nacionales y unos vigilantes jurados con “pipa”, joder, qué miedo, y encima uno que no está hoy para esos trotes… pero claro, ya sabes Delfi, es difícil hacer otra entrada para estos personajes, como somos enfermos y estamos en la sanidad pública se supone que lo aguantamos todo… De golpe, veo a dos policías nacionales enormes, con cara de muy mala leche y grandes como armarios roperos… llevan a una piltrafa descalza, es como una muñeca repollo solo que atontada, la mano de uno de los policías descansa sobre la nuca de aquello que dicen que es un ser peligroso… se me ocurre pensar que si vivieran en mi barrio, no salían.
Como quiera que es un código 7, la pasan directamente a la consulta, claro, como es peligrosa no la quieren hacer esperar, que a lo peor se pone de malas y Urgencias vuela por los aires. Nosotros, tú Delfi y yo, miramos, prestamos atención a lo que dicen los que están allí, hay un mozo que debe ser de alguna hamburguesería, una de esas que te dan mierda para comer, el muchacho, tal vez llegó sin desayunar y sólo se le ocurrió... en fin. Le oigo, habla con un amigo, le dice que se siente bien, que lleva allí como cuatro horas, que no sale nadie, que no sabe lo que sucede… “Paciencia”, le dicen sus amigos, ya se sabe que esto va siempre para rato. Fíjate a mi espalda, mira al hombre que hay tendido en la camilla, debe tener como sesenta años, tiene el rostro gris ceniciento, ronca, mientras, la que presumo es su esposa, está allí, de pie derecho esperando, nada, nadie se acerca, ¿te fijas? Parece invisible, durante un momento, del modo más discreto posible, la he mirado, me produce ternura, pero eso me dura un instante, ¡coño! los dolores continúan… Miro el reloj, ya son las cinco de la tarde, nada, parece como si yo también fuera invisible y necesito ir al baño. Al rato vuelvo a mi posición, antes he preguntado al celador si me daría tiempo, no fuera que me llamaran en mi ausencia, la verdad, no he interpretado su mirada, pero ahora, cuando la rememoro lo entiendo… era una mirada mitad conmiseración y mitad de extrañeza, como la de aquel que se encuentra ante una pregunta estúpida, una de esas preguntas innecesarias que sólo se hacen por molestar. “Sí, sí -me dice-, no tenga preocupación”. Le agradezco la amabilidad con una medio sonrisa, mi espalda sigue doliendo, y mis costados, y los riñones, y las piernas…
Miro nuevamente el reloj, son las seis de la tarde, casi estoy por pellizcarme, más que nada, querida Delhi, por saber si estoy despierto. No es posible, ya llevo 3h 20m de espera, pero me armo de paciencia y sigo esperando, mientras observo cómo el número de personas que vienen de urgencia crece y crece. La médica que las atiende parece colgada, como si tuviera un globo, no es posible aparentar tanta frialdad ante lo que llega. Cuando faltan 20 minutos para que se cumplan 4 horas de espera me dirijo a una celadora:
-Señora, perdóneme, pero llevo aquí desde las dos y cuarenta minutos, ¿cuándo me visitará el médico?
-¿Para qué servicio está usted?
-No lo sé, la señora que está en la puerta me tendió un papel, pero su compañero lo cogió y no sé bien…
-Espere, ahora intento averiguar algo…
Pasan apenas cinco minutos y la amable celadora vuelve:
-Está usted en el servicio de orientación y aún tiene gente delante…
-Perdóneme, pero, ¿dónde está el jefe de servicio? Es inhumano tenerme aquí 4 horas…
-No se extrañe señor, hasta seis horas es normal…
Mi querida y admirada Delhi, ¿seis horas?, ¿cómo se entiende eso?, ¿me lo puedes explicar?
Ya sé, es la gente, mira que ponerse enferma, mira que ir a urgencias porque tienen miedo, si te comprendo, si nos pasa poco, ¿verdad? Yo creo que nos tendríamos que rascar el bolsillo cada vez que fuéramos a urgencias, no sé, aflojar 50 o 100 euritos, así seguro que se descongestionaría Urgencias.
Pero sigamos con lo nuestro, si primero voy a un servicio de orientación, y después estos “sanadores” me encaminan a otro, ¿cuánto puedo tardar en dejar de sufrir? Pero no importa, yo no soy un agente productivo, así pues da lo mismo. ¿Que sufro dolores?, que me jodan, ¿no es cierto? Después de todo, soy “clase pasiva”, así, ¿de qué me quejo?
Finalmente, a las 18h 45m decidí abandonar Urgencias, a la angustia de lo que me pasaba unía en esos momentos una carga importante de ira, de ganas de gritar, de decir bien fuerte todo lo que me pasaba por la cabeza… casi sin darme cuenta, vi cómo en el transcurso de la espera hubo un cambio de turno, los que se incorporaban saludaban a los que se iban, sonrisas, risas, exclamaciones como: “¡Pero qué guapa vienes!, ¡qué morena¡, ¡estás bonísima!” Yo lo entiendo, las personas que trabajan en Urgencias no tienen mejor cosa que hacer que lanzar risas y guiños mientras tú deseas fervientemente que les duela algo como a ti… tal vez entonces entenderían que no es lugar, ni momento, que allí, en aquel muelle, los bultos que ven no son cajas vacías, que en ellas habitan seres humanos que no lo están pasando bien, que… ¿pero qué importa?
Antes de marcharme pedí un documento que certificara que había estado allí e indicara a la hora que había entrado y a la que había salido. ¿Y sabes qué hicieron? Darme un papelote, eso sí, Delfi, papel reciclado, pero era un papelote que yo mismo puedo hacer así que pedí al administrativo que lo sellara… Me lo alargó, pero estaba sin firma, así que le pedí que el papel estuviera con la firma del jefe del servicio, después de todo, él era el responsable. Y entonces, Geli, querida, una señora casi salida de un almanaque de camionero me dijo con voz suave:
-Acompáñeme por favor.
La seguí en silencio, entré en un despacho que a buen seguro no cumple las normas de accesibilidad y la “modelo” me dijo con su tono de voz bajito:
-Espere aquí, ahora vendrá el jefe del servicio a firmarle la nota.
Efectivamente, al cabo de un momento llegó un sanitario, ¿ves Delfi?, sin identificación.
El buen hombre firmó el papel y le pregunté:
-¿Quién es usted?
-El jefe de servicio.
-¿Y la identificación?
-No la llevo encima…
-Pues debería - le dije mirándole a los ojos-. ¿Cómo puedo saber que es usted quien dice ser?
-Tiene razón, ahora voy a buscarla, pero tardaré…
Esa fue la venganza del mísero, de pobre hombre, una actitud impropia, Delfi, y más propia -lo digo por su mirada- de un chulampín de putiferio que no de un médico.
Finalmente, eran las siete y media de la tarde cuando salía de aquel muelle…
¿No me crees? Fácil, ve, haz que mueva el culo del asiento uno de esos funcionarios que tan buen dinero se lleva de todos y que lo compruebe. Pero no lo harás, te limitarás a ignorar… ¿para qué?
Seguimos sin pensar, ya se sabe, produce cáncer y las arcas de la sanidad están pobres… no hagamos que se dilapide dinero.
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Pedro Cantero
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