08.01.09 @ 15:07:28. Archivado en Adviento-Navidad

En estos días posteriores al nacimiento de Jesús, me viene a la memoria la siguiente frase: “Tú has querido habitar entre nosotros, enséñanos a descubrir tu presencia en la Iglesia y en todos los hombres”. Y como consecuencia de ella me surge la siguiente pregunta: ¿Qué hacer para descubrir tu presencia?
Buscando, buscando me encuentro en la liturgia: “El Señor me ha enviado para dar la buena noticia a los que sufren, vendar los corazones desgarrados, proclamar la amnistía a los cautivos y a los prisioneros la libertad”. Preciosa la frase, pero siguen los interrogantes: soy una monja contemplativa, vivo en un espacio reducido, y además vivo un estilo de vida que no siempre me ofrece la posibilidad de estar cerca físicamente de las personas que sufren. ¿qué hacer? No me quedo conforme y sigo orando buscando una respuesta satisfactoria para mí. El Señor me ha enviado…. ¡si! ¿sufren tus hermanas? que sientan tu cercanía; ¿tienen el corazón roto? dales amor; ¿se sienten cautivas de alguna esclavitud física, moral, espiritual? libéralas con un gesto agradable, un consejo, una mano abierta, un estar cerca…
Esta podría ser una buena misión para todo/as, y por supuesto para mí, una tarea que implica a los más cercanos, a los que nos rodean asiduamente sin olvidar a aquellos que no me “tocan” emocionalmente, es decir, los “otros” los lejanos que de vez en cuando se cruzan en mi camino y me suplican con los ojos: ¡ayúdame!
Y pienso que no siempre el dinero soluciona todos los problemas, la gente está hambrienta también de que los escuchen los alienten, los comprendan…
Para una mujer consagrada, que vive centrada en Dios, es un buen apostolado, es una misión que no rompe con sus “estructuras” y abarca todas las dimensiones de la persona. La mujer contemplativa no se encierra en sí misma, está abierta y a la escucha de quien “grita” a su alrededor; está disponible y receptiva para acoger el sufrimiento ajeno, para empatizar con esas personas carentes de amor, porque la mujer contemplativa en su incansable contacto con Dios ha aprendido y asumido la manera de ser de Dios.
El Señor me ha enviado…