01.07.07 @ 15:23:29. Archivado en Felicidad

Ayer por la mañana, escuchando la 1ª Lectura en la Eucaristía no pude evitar sonreír; sonreí junto a Sara por las “cosas que tiene Dios”, ¡un hijo en la vejez! ¿a quién se le podría ocurrir semejante cosa?, pues a Dios, que para El no hay nada imposible.
“Cuando ya estoy seca, ¿voy a tener placer con un marido tan viejo?”
La traducción de este texto sagrado es de lo más simpático. Mientras escuchaba la lectura, miraba de reojo a mi alrededor para ver qué expresión tenían en las caras, y como siempre me encontré para todos los gustos: rostros sonrientes que como yo se imaginarían la escena, y rostros serios e inexpresivos.
El caso es que esta lectura me ha hecho reflexionar sobre la risa.
La risa de Sara nos llega a través de los tiempos; su postura es valiente, se ríe de los mismísimos ángeles aunque después sienta miedo al verse descubierta. Es audaz, se atreve a escuchar detrás de la tienda la conversación que tienen los ángeles con su marido. Dicen que la risa de Sara reivindica el derecho humano a la duda por encima del criterio de obediencia, se considera su risa como un hecho rebelde, un hecho que desafiaba el orden patriarcal de su época.
Sara no tenía derecho a formar parte y gozarse con la visita de los divinos peregrinos, pero no por eso se queda con la incógnita de saber de qué estaban hablando, más cuando la conversación giraba en torno a ella; es su cuerpo el que va a ser protagonista de la nueva vida que cambiará la historia de Abrahám.
Sara dejará de ser estéril para dar paso a la fecundidad.
¿Cuántas veces nuestra vida es estéril porque no dejamos “crecer” en nosotras/os la “vida” o nos negamos a la creación? Nos reímos para nuestros adentros pensando: pero yo ¿Qué puedo hacer ya? ¿a mi edad? No hay edades para Dios, ya lo hemos visto. Dios nos quiere personas creativas y creadoras, abiertas a la vida. Los frutos que hemos de dar son frutos de “vida eterna”.
“Nada es imposible para Dios! canta la Hna. Glenda. ¡Nos cuesta tanto entender esto!
Muchas veces nos reímos de Dios, pero y Dios ¿no se reirá muchas más de nosotras/os? Cuando nos ve agobiados, atareados en nuestros afanes , sin contar con El, no pensáis que Dios dirá: “¡pero hombre, no ves que estoy aquí a tu lado! ¡no ves que sólo tienes que dirigir tu mirada hacia mí para que te des cuenta que nunca dejo de acompañarte, de asistirte en tus trabajos! ¡búscame en tu interior! allí te estoy esperando. No cargues tu sólo con tus problemas, ¡YO ESTOY CONTIGO!
Un cuento:
La risa de Dios
El joven quería encontrarse con Dios, y para eso dejó su casa, su familia, sus amigos y dedicó toda su vida a vivir en el convento. Trabajaba en silencio, se sacrificaba, dejó de reír, todo su interés estaba puesto en escuchar a Dios. Cada día cargaba una cruz más grande sobre sus espaldas, una cruz que él mismo se inventaba. No una cruz de madera, sino imaginaria, donde colocaba todos los pecados de los hombres y los suyos propios porque creía que ésa era la forma de acercarse a Dios.
Pasaron los años y el joven, ya hecho hombre, seguía sin alcanzar su objetivo. Entonces, pensó que ya había dedicado una gran parte de su vida a algo que no había conseguido y decidió dejar el convento.
Salió por primera vez después de todos esos años decidido a volver a su hogar. Dejó la cruz que se había inventado en la puerta del convento y comenzó el largo camino de regreso. Atardecía cuando se tiró a descansar debajo de un árbol.
Apareció un peregrino que se sentó junto a él y le ofreció pan, queso y un vaso de vino. ¡Qué bien lo pasaron! Conversaron sin parar, mientras comían, acerca de lo que sucedía en el mundo y los hechos más importantes de los últimos años. ¡Hacía mucho tiempo que el monje no la pasaba tan bien! Una vez que se hizo de noche y el peregrino siguió su camino, el monje recostó la cabeza en su mochila para dormir. Fue en ese momento que le pareció escuchar desde el cielo, una risa. Esas carcajadas resonaban en su corazón con fuerza cada vez mayor y sin saber muy bien por qué, se sentó, y comenzó a rezar dándole gracias a Dios por todo lo que había disfrutado la compañía del peregrino.
Alcanzó en ese momento lo que tanto deseaba, que era encontrarse con Dios porque comprendió que tenía que vivir con alegría y disfrutar todo lo que Dios le regalaba día a día. Por la mañana, regresó al convento, y buscó su cruz, pero la sintió distinta. Desde entonces, comenzó a cantar mientras trabajaba, y a llenar de alegría el convento.
Cuentan que desde pueblos vecinos, cuando la gente estaba muy cansada o con muchos problemas, iba hasta el convento y se sentaba en la puerta para reconfortarse, porque desde ahí, se podía sentir la voz de Dios, o lo que era mejor, su risa.
La risa como fuente de salud ya aparece en la Biblia. "Un corazón alegre es como una buena medicina, pero un espíritu deprimido seca los huesos". El hombre, el único animal dotado con la capacidad de reír, siempre ha tenido a mano un considerable poder curativo que, en muchas ocasiones, no ha sabido usar. Un viejo consejo chino afirma que para estar sano hay que reír 30 veces al día. Los expertos consultados dicen que vale con tres, siempre y cuando cada sesión dure al menos un minuto.