20.07.07 @ 23:27:59. Archivado en Contemplación

Me encontraba rezando un salmo, concretamente el salmo 134 y leía:
“los ídolos de los gentiles son oro y plata, hechura de manos humanas, tienen boca y no hablan, tienen ojos y no ven, tienen orejas y no oyen, no hay aliento en sus bocas…”
No sé si somos totalmente conscientes de los ídolos que nos formamos muchas veces en nuestras vidas, dejando en un lugar secundario a Dios, el Dios que nos ha dado la vida, y “recrea” nuestra existencia.
Cuando nos dejamos arrastrar inconscientemente haciendo lo que hace todo el mundo sin pensar si está bien o está mal, nos creamos ídolos: ídolos humanos, ídolos materiales, o incluso ídolos que creamos en nuestras mentes y los idealizamos, y como la mente es tan poderosa, podemos llegar a creer que existen de verdad.
Muchos hablan del culto al dinero, al sexo, al poder; los “trepas” que suben y suben a costa de cualquier cosa.
Puede que éste no sea nuestro caso, pero sí podemos tener nuestros pequeños idolillos que suplantan y nos quitan tiempo para adorar al Dios verdadero.
Recuerdo el pasaje de S. Pablo cuando recorriendo las calles de Atenas contemplaba los monumentos sagrados y se encontró con uno cuya descripción era: al dios desconocido. Sí, desconocido para todos aquellos que no se han parado a pensar ¿quién puede ser ese Dios que tantos creyentes adoran y que tanta bondad derrocha? ¿quién será ese Dios que no tiene boca y HABLA, que no tiene orejas y OYE, que no tiene pies y ANDA… ¿ese Dios que penetra, sondea y conoce nuestros pensamientos más profundos, mucho mejor que nosotros mismos?
Y con todo, ese Dios que no vemos, necesita de nosotro/as para hacerse presente en el mundo, necesita de nuestros pies, manos, orejas, ojos, para que a través nuestro, los que no lo conocen, lleguen a saber que existe.
¡DIOS! tan grande y tan pequeño a la vez, todopoderoso y necesitado de nuestra colaboración.
A la obra de sus manos –que somos nosotros-, le ha dado tal libertad, que no hace nada sin nuestro consentimiento.
¿Quién dice que Dios es juez implacable, castigador del pecado y justiciero? Aquellos que conocemos y vivimos a Dios, sabemos por propia experiencia que es tal su bondad, y es tan “padrazo” que disimula nuestras infidelidades, dándonos mil oportunidades para que volvamos siempre al buen camino. Todos los días sale a la puerta a nuestro encuentro, nos prepara la mesa, el vestido nuevo… pero andamos tan despistados que pasamos de largo y seguimos “tan frescos”.
¡Señor! Perdona nuestra incoherencia de vida, sabemos que siempre estás ahí y no te cansas de esperar, conocemos tu gran paciencia y misericordia. Sigues esperando nuestra llegada, que tarde o temprano, cuando nuestros idolillos no nos digan nada y nos dejen vacíos acudiremos a Ti, porque como dice S. Agustín:
“Nos creaste para ti, y nuestro corazón andará siempre inquieto mientras no descanse en ti”.