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La alegría religiosa

Permalink 06.07.09 @ 08:31:45. Archivado en Vida Religiosa

El comentario del post anterior me da pie a seguir hablando u opinando “desde dentro” de la vida religiosa, y más concretamente de la vida contemplativa.

Es cierto que intentamos, -y subrayo lo de intentamos- vivir en una dimensión más elevada que el resto de la gente, ni mejor ni peor, distinta, aunque me consta que fuera de los muros del convento existen personas con una vida espiritual profunda y una mística envidiable.

Si, es cierto, nuestra vida debería estar ungida de alegría, y no siempre aprobamos esta asignatura. La vida religiosa cuando vive desde Cristo y para Cristo debe ser una vida llena de entusiasmo.

Yo tengo un gran motivo para dar gracias a Dios. Desde la experiencia de mi comunidad puedo decir que actualmente existe un ambiente jubiloso, y en gran parte se debe a la presencia de monjas jóvenes que no pueden contener la felicidad de ese primer Amor que las ha llamado a vivir en plenitud, compartiendo la fe con otras hermanas, como dice Amadeo Cencini: “Un grupo de personas se transforma en comunidad religiosa en el momento en el cual los dones espirituales comienzan a circular libremente, de otro modo es simple convivencia de personas, débiles y vulnerables, porque el vínculo de la fraternidad es tanto más fuerte cuanto más central y vital es lo que se pone en común”.

La juventud, bien es verdad que es un impulso renovador para las monjas mayores, y las jóvenes cuando están centradas en el Absoluto de Dios, irradian esa novedad que tal vez con el paso de los años, en las hermanas de más edad pudiera quedar un poco ofuscada. Me llama la atención que tanto las hermanas jóvenes como las más mayores sean las que más irradian esa alegría de la vida entregada por Cristo. Supongo que la edad más crítica a la hora de testimoniar una vivencia sea la que abarca de los 45 a los 65 más o menos, en la cual se tienen más responsabilidades, donde la marcha de la comunidad depende en parte de estas hermanas más activas, donde el peso de llevar adelante un proyecto en el cual la comunidad pueda ser testigo de la presencia y del amor de Dios “pesa”. No obstante sigo pensando que no podemos “dormirnos en los laureles” y dar por “hecha” o finalizada esa asignatura pendiente de ser mujeres con una profunda alegría, -no de la carcajada fácil, que a veces puede esconder verdaderos traumas-, sino la de la monja con rostro sereno y risueño, con capacidad de iluminar los lugares que habita, la que con las palabras justas y certeras transmite armonía y amistad, la que consigue sumar más que dividir, etc… Muchas exigencias que tenemos que tener en cuenta las monjas, para dar esa imagen de felicidad que nos exigen desde fuera.

El comentario decía además: vuestra vida está impregnada de cierto olor de melancolía o nostalgia, y que no tenéis ilusión por la vida, o que os cuesta transmitirla. A veces es cierto que damos esa imagen, no puedo asegurar que todo/as los consagrado/as tengan una vocación a prueba de bombas o al 100%, pero sí puedo asegurar, que excepto alguna excepción –que siempre las hay- las monjas en su mayoría somos felices, ¿que no sabemos transmitirlo? es posible. Supongo que también influye el hecho de que vivamos en ambientes reducidos y con un mínimo contacto con la sociedad; que nos acostumbramos a convivir con las mismas hermanas y que a la hora de entablar conversaciones hacia fuera falte espontaneidad o aparezca la timidez, riesgos que corremos y están ahí, pero que no debería impedirnos sentirnos felices y realizadas.

¿Tenemos que cambiar? en algunos aspectos sí, pero no quisiera dar una imagen equivocada de nuestra vida, y sí me gustaría que los tópicos sobre las monjas y sus conventos fueran cambiando, sobre todo los negativos, aquellos que nos comparan con mujeres escapadas del mundo por falta de otras alternativas o por miedo a enfrentarse a las dificultades sociales, por falta de amores humanos o por ignorancia. Cada monja tiene su historia, historias bellas en las que han tenido que optar entre distintos caminos, -todos positivos, todos válidos, pero que en un momento determinado han querido dar prioridad a la vocación religiosa, y en esa opción nada ni nadie se les ha interpuesto para dar inicio a otra historia de Amor, siendo ese Amor el que centra, el que unifica interiormente, el que da fuerza y vitalidad para superar todo lo negativo que la vida presenta: el Amor de Jesucristo.

Agradezco este comentario de “alguienquebuscafe”, porque nos cuestiona, eso nos ayuda a estar en “vilo”, a estar renovando constantemente nuestra vida, y a ir erradicando todo aquello que pueda dar una imagen equivocada de nuestra vida contemplativa. ¡gracias!


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