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Vida Contemplativa -Jornada Pro-Orántibus 2009-

Permalink 06.06.09 @ 09:53:48. Archivado en Contemplación

Todas las monjas que formamos esta comunidad, en su día, escuchamos la voz de Dios que nos invitaba a REMAR MAR A DENTRO, es decir, a dejar superficialidades y a profundizar en el misterio de la vida, a contemplar las maravillas que Dios nos ofrece constantemente, y a compartir nuestra vivencia con otras hermanas, conviviendo en fraternidad.

El proceso vocacional de cada una, hasta llegar a dar el sí definitivo —salvando los elementos propios de cada persona— es más o menos el mismo para todas. Primero pasamos por la etapa de discernimiento, una etapa bastante complicada, ya que es el periodo de las dudas, la lucha, el miedo y la inseguridad; es el tiempo de un constante surgir de sentimientos, a veces contradictorios hasta que se llega a vislumbrar que tal vez, eso que sentimos, pueda ser una llamada a la vida religiosa. Es una etapa en la que tenemos que discernir todo lo que nos viene a la cabeza; discernimiento que no debemos hacer nunca solas, sino acompañadas siempre por personas con experiencia que nos ayuden a poner en claro todos esos pensamientos que van y vienen. Cuando ya tenemos las ideas claras y decidimos dar el paso hacia la vida consagrada y más concretamente a la contemplativa, iniciamos un camino, -o más bien continuamos- ese proceso de búsqueda, de interiorización, -en definitiva- de Dios. Una búsqueda que hacemos desde nuestra libertad, que aunque parezca una paradoja, nuestra vida, a pesar de las apariencias, separaciones y rejas es una vida vivida desde nuestra más profunda libertad. Nos liberamos de todo aquello que nos impide entrar en contacto con Dios, y esto lo vamos haciendo poco a poco, es un proceso lento, y que prácticamente dura toda la vida, pues no siempre resulta fácil dejar todo aquello que ha llenado nuestra vida anterior, pero cuando una se da cuenta de que lo que encuentra en el monasterio satisface completamente los propios anhelos, sientes que ha merecido la pena, renunciar a ciertas satisfacciones; aunque ¡bueno! yo no definiría nuestra vida como una vida de renuncias, sino como una vida de nuevos encuentros, de nuevas dimensiones.

Es cierto que aunque hable de libertad, en la práctica debemos seguir unas leyes, unas normas, pero sabemos que en todos los estamentos sociales hay que cumplir un mínimo de normas de convivencia y de educación; la libertad no es como piensan algunos hacer lo que me da la gana, hacer mi voluntad caiga quien caiga, la libertad es optar por lo que considero mejor sin dañar a los demás; por eso cuando aceptamos vivir según las normas de una Orden religiosa, sabemos que éstas, no restan nada a nuestra personalidad, a nuestra creatividad, o a nuestra forma de ser; lo que sí hacemos es ir adecuándonos a un carisma y al espíritu de la Orden en la cual profesamos, y en nuestro caso concreto nuestro lema y carisma como trinitarias es: «Gloria a la Trinidad y a los cautivos libertad».

Nuestra vida, por otra parte, no es una huída del mundo, como piensan tantos, ¡no! nuestra vida no se puede explicar desde la negatividad, o el miedo; quien entra en un monasterio por miedo, por temor a algo, tendría que soportar toda una vida de inadaptación, no podría ser feliz; por eso al entrar en un monasterio abrimos nuestra mente y sin dejar de ser lo que somos, comenzamos a acoger todo aquello que nos ofrecen y a la vez enriquece nuestra vida.

Las monjas contemplativas, intentamos vivir unas dimensiones de la vida que cultivamos y desarrollamos durante toda ella, y que ofrecemos a los nuevos miembros que se van incorporando a nuestro estilo de vida; algunas son: LA GRATUIDAD; sabemos que todo lo recibimos gratis, todo es un regalo de Dios y vivimos con un sincero agradecimiento a Dios y a los hombres. LA SENCILLEZ Y ALEGRIA; que es saber mirar a las personas con ojos limpios, con un corazón noble y humilde, centrándonos en lo único necesario: el amor. LA AMISTAD; porque una de las riquezas del hombre es amar y sentirse amado. Convivimos juntas, y nos sentimos acogidas por las otras, compartimos alegrías y trabajos, soledad y oración y los mil detalles de la vida. La verdadera monja contemplativa está o debe estar capacitada y abierta a la amistad. Otro elemento es EL AMOR. No cabe duda que lo más importante en la vida es el amor. Uno de los problemas de nuestra sociedad es que la gente no está convencida del amor de Dios hacia todos nosotros, de ese amor infinitamente fiel que puede hacernos completamente felices. Nosotras, creemos en el amor de Dios y nos dejamos amar por El, experimentamos la alegría de creer en el cariño de Dios, y nos sentimos atraídas y conquistadas por ese Amor.

Pero claro, si estos son elementos que nos ofrecen al entrar en el monasterio, nosotras también tenemos que estar disponibles para dar, porque una buena convivencia exige tanto saber recibir como saber dar, saber ofrecernos. Y ¿qué nos exige la vida comunitaria? pues que yo por mi parte sea capaz de crear un clima comunitario vivo y abierto, con unas relaciones humanas espontáneas y sinceras, que participe generosamente en los trabajos y problemas comunes, que viva una vida de sobriedad y pobreza, no de miseria, pero sí de sencillez; que cultive mi formación para que esté en continua conversión del corazón, renovando mi espíritu y mi mente; también que tenga disposición para el trabajo, que es una forma de sentirme miembro activo de esta familia que formamos las monjas.

Todo esto sería lo que forma el núcleo de nuestra vida, lo que nos realiza como mujeres consagradas, y todo ello vivido desde un clima de oración, silencio y recogimiento, celebrando activamente la liturgia, centro en el cual gira toda nuestra vida espiritual. Sin olvidar tampoco los momentos de convivencia fraterna, que también son necesarios para un buen desarrollo de la propia personalidad.

En resumen: Las monjas nos despertamos y levantamos con toda la creación, nos ponemos en actitud de alabar y dar gracias a Dios por el nuevo día y las nuevas posibilidades que él nos depara; nos reunimos en comunidad y juntas, a una sola voz, ponemos voz a la oración de tantos otros que no lo hacen; buscamos la unificación interior, huyendo de todo aquello que nos dispersa, procurando espacios y tiempos amplios para la interiorización y la contemplación; haciendo de la oración el eje central de nuestra vida; trabajando porque lo necesitamos para vivir y compartir con los demás y descansando también para renovar fuerzas y seguir alabando a Aquel que da sentido a nuestra vida.

Somos conscientes de que nuestra vida es incomprendida e incluso criticada, porque para la sociedad actual no ofrecemos nada, o nada que se vea con los ojos, pero nosotras sabemos que es totalmente válida, que tiene sentido, porque solamente con nuestra presencia en medio de las grandes ciudades, estamos testimoniando que existe algo más grande, y más hermoso que todo aquello que nos pueda ofrecer la sociedad. Somos una alternativa al lujo, al despilfarro y a la soledad de tantas jóvenes que andan por la vida sin rumbo y desorientadas, cansadas de todo, pero buscando siempre nuevas experiencias, porque ya, nada las llena; o para las jóvenes que sienten los indicios de una llamada divina y no saben dónde acudir.

Un monasterio contemplativo es un lugar que ofrece el ambiente propicio para encontrarnos con Dios y desde Dios y por Dios, encontrarnos con todos los hombres y mujeres sedientos de El.


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