Las tres venidas del Señor
04.12.08 @ 14:38:18. Archivado en Reflexiones

Dice San Bernardo en uno de sus sermones que: “sabemos de una triple venida del Señor”. La primera y la última son visibles, la segunda no. En la primera el Señor se manifestó a los hombres y convivió con ellos, lo vieron y lo odiaron; en la última veremos su salvación; la intermedia en cambio es oculta, y en ella sólo los elegidos ven al Señor en lo más íntimo de sí mismos. Su primera venida fue en carne y debilidad, la segunda en espíritu y poder, y la tercera en gloria y majestad.
Sigue diciendo San Bernardo que la venida intermedia es como la senda por la que se pasa de la primera a la última, y repite: en la primera Cristo es nuestra redención, en la última aparecerá como nuestra vida, en esta segunda es nuestro descanso y nuestro consuelo.
Siendo importantes las tres venidas del Señor, ahora la que nos toca vivir y experimentar es la segunda, de la que dice es nuestro descanso. Pero si es nuestro descanso, ¿por qué nos rodea tanto stress, tantos agobios, tantas incertidumbres? Seguro que no hemos descubierto al Señor todavía. Nos dicen por activa y por pasiva que descansemos en El, y nos hemos empeñado en “pasar” de El; y así es imposible descansar, es imposible encontrar alivio y consuelo. Si es cierto que viene, que está viniendo constantemente a nuestras vidas, ¿cómo es que no lo vemos? Estamos tan saturados de imágenes, noticias, proyectos, iniciativas, que no dejamos espacio, un lugar reservado para que Dios se pose en nuestro interior.
Y ¿cómo viene el Señor para que yo me de cuenta? A lo largo del día la presencia del Señor se visibiliza de muchas maneras, tan sólo tenemos que andar con los ojos abiertos: entre los “alejados” podrían ser los pobres, indigentes, emigrantes… entre los “cercanos” los padres, hermanos, los que conviven a nuestro lado y nos “fastidian” porque no piensan como nosotros. Constantemente nos visita el Señor, pero es más cómodo buscar excusas, crearnos y creer en un Dios que esté de acuerdo con nuestras opiniones, y no tengamos que estar constantemente cambiando de planes. Y me viene la pregunta: ¿pero dónde queda mi libertad, si tengo que renunciar a “mis” ideas para adecuarme a las de Dios? La libertad no es hacer lo que quiero, haciendo caso a mis instintos, sino buscar el bien común, amando cada situación y siendo dueño/as de nuestro yo, controlando las situaciones adversas y no perdiendo la calma y la serenidad ante ellas.
Tenemos que dejar que la Palabra de Dios se adueñe de nuestras almas, afectos y conducta. Esa es la verdadera libertad, sólo necesitamos pronunciar el sí que permita a Dios acceder a nuestra vida. A Dios se le ve con los ojos del corazón, y sólo lo ven quienes realmente quieren verlo. Si fuéramos conscientes de las ganas que tiene Dios de entrar en cada ser humano, no se lo impediríamos con nuestros discursos, a veces absurdos, a veces incoherentes.
Con la actitud esperanzada de María, no perdamos la calma ante la llegada inminente del Señor.
¡¡¡DIOS TE AMA!!!
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Máriam Mudarra
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