Comunidad
01.04.08 @ 23:08:36. Archivado en Comunidad

Uno de los últimos comentarios de un lector me ha dejado un tanto perpleja, decía:" Hoy ya nadie vive en comunidad, el hombre se ha emancipado". No he encontrado la relación entre emanciparse y no poder vivir en comunidad, más aún cuando yo vivo en comunidad y me considero una mujer emancipada. He cogido el pensamiento de la hna. Joan Chittister, osb, porque me gusta su forma de expresar la vida comunitaria, y lo he copiado para aquellos que no conozcan la riqueza de vivir en comunidad y las satisfacciones que da este estilo de vida.
Casiano contaba esta historia: "El abad Juan prior de un gran monasterio, acudió al abad Pesio, que había vivido durante cuarenta años en soledad en el desierto. Como Juan apreciaba muchísimo a Pesio, y por lo tanto, podía hablarle con entera libertad le dijo: ¿Qué has hecho de bueno viviendo aquí retirado durante tanto tiempo, sin que nadie te molestara?. Pesio le contestó: "Desde que vivo en soledad, el sol nunca me ha visto comer". Y el abad Juan le replicó: "Pues a mí, desde que convivo con otros, el sol nunca me ha visto enojado".
Es evidente que la soledad, elemento de la vida contemplativa sometido a veces a interpretaciones románticas y a menudo exageradas, tiene que librar sus batallas. Pero, de acuerdo con lo que nos sugieren los monjes del desierto, cuando elegimos la soledad como morada de nuestras almas, la tentación puede consistir en medir el desarrollo espiritual de acuerdo con normas menos exigentes que las que se describen en el Evangelio. Los antiguos sabían que, cuando una persona vive sola, puede resultar muy tentador confundir la práctica con la santidad. Si la medida de la espiritualidad es únicamente el rígido ascetismo físico y la fidelidad a las reglas, los ayunos y las normas rutinarias, el proceso de maduración espiritual responde a una especie de aritmética espiritual.
Contabilizamos lo que hemos hecho, aquello a lo que hemos «renunciado», lo que hemos evitado... y nos consideramos santos. Los grandes maestros de la vida espiritual sabían que el problema radica en que esa evaluación es parcial. Buscar el pleno desarrollo humano, la plena madurez espiritual, fuera del ámbito de la comunidad humana es pretender lo imposible.
El verdadero contemplativo no tiene que alejarse de la vida para encontrar a Dios. El auténtico contemplativo oye la voz de Dios en la voz del prójimo, ve el rostro de Dios en el rostro del prójimo, conoce el deseo de Dios en la persona del prójimo, sirve al corazón de Dios cuidando las heridas y contestando a la llamada del otro. «Los monjes más animosos -subraya la Regla de san Benito- son los que viven en comunidad... Rara vez se concederá permiso a nadie para vivir solo». San Basilio, uno de los primeros impulsores del monacato oriental, pregunta explícitamente: «¿A quién debe lavar los pies el ermitaño?». Las implicaciones son claras. Es la comunidad humana la que pone a prueba el calibre espiritual del ser humano.
La comunidad, enseña el abad Juan, nos llama a ese tipo de relaciones que nos hacen atravesar los campos minados del egoísmo personal, que nos confrontan con momentos de responsabilidad personal, que nos elevan al nivel del heroísmo personal y nos hacen experimentar día tras día el rigor de la compasión personal. Cuando en las necesidades ajenas vemos qué es aquello a lo que tenemos que renunciar, entonces es cuando realmente nos vaciamos de nosotros mismos. Es en los desafíos de los tiempos donde el Espíritu habla a través nuestro. Cuando tenemos que hacer frente a la intransigencia declarada de los demás, comprendemos nuestro propio pecado. Cuando reconocemos en el mundo que nos rodea la llamada de Dios, nuestra respuesta a la raza humana se convierte en la medida de la calidad de nuestras almas.
Cuando se desata en nosotros la ira de manera constante e incontenible, erradicamos a los demás de nuestros corazones. Cuando pasan los meses y ni siquiera nos hablamos con nuestros vecinos, ni los buscamos, ni nos molestamos en salir de nuestro aislamiento para admitir su existencia, estamos negando la creación. Cuando en nuestra vida los consejos son algo a lo que nos resistimos, y las preguntas algo que evitamos, Dios no tiene voz con que llamamos.
El contemplativo ve al Creador en el resplandor de lo creado. Con el tiempo llegamos a comprender que Dios está realmente en todas partes. La bondad que vemos en los demás nos permite vislumbrar el rostro de Dios. Lo que aprendemos de los demás lo aprendemos sobre nosotros mismos. El respeto con que consideramos a los demás pone de manifiesto nuestra teología de la creación. La manera en que reaccionamos a las necesidades de los demás nos dice algo acerca de nuestras propias necesidades. La atención que prestamos a los demás revela nuestro verdadero sentido de la inmensidad del universo y lo prolonga más allá de nosotros mismos. En los demás vemos la clase de compromiso que supone seguir creyendo cuando nuestra propia fe se tambalea. En los demás buscamos la clase de visión que ensanche la nuestra más allá de lo cotidiano. Dependemos de los demás para alcanzar la sabiduría que va más allá de las meras respuestas. Nos aferramos a los demás para encontrar la clase de amor que llena la vida de sentido, prueba irrefutable del amor imperecedero de un Dios para el que no hay palabras.
Obviamente, en considerar con seriedad el lugar que nos corresponde en la comunidad humana radica la calidad de nuestra contemplación. Para ser verdaderos contemplativos tenemos que acoger cada día a los demás en el reducido ámbito de nuestras vidas... y escuchar la llamada que nos hacen a ocupamos de algo más grande que nosotros mismos.
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cuando digo que el HOMBRE SE HA EMANCIPADO,me refiero a que ya no estamos en una epoca monastica.Estamos en la era de la DEMOCRACIA Y LOS DERECHOS HUMANOS.De hecho el espiritu del concilio es muy secular.
El Papa JUAN PABLO II tuvo la GRANDEZA MORAL de reconocer que la Iglesia no siempre ha respetado la DIGNIDAD DEL HOMBRE.
Por lo demas,soy un gran admirador de usted.Animo y enhorabuena.
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Máriam Mudarra
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