San Juan Bta. de la Concepción. Un gran "enamorado"
14.02.08 @ 12:05:21. Archivado en Orantes de todos los tiempos

La reforma de la Orden Trinitaria fue obra de san Juan Bautista de la Concepción (1561-1613. Nacido en Almodóvar del Campo (C. Real) el 10 de julio de 1561 y fallecido en Córdoba el 14 de febrero de 1613. Fue canonizado por Pablo VI el 25 de mayo de 1975, y propuesto a la Iglesia como un santo de la renovación. En Valdepeñas (Ciudad Real) se establece la primera comunidad de trinitarios descalzos. Con el breve Ad militantes Ecclesiae (1599) el papa Clemente VIII da validez eclesial a la Congregación de los hermanos reformados y descalzos de la Orden de la Santísima Trinidad, instituida para observar con todo su rigor la Regla de san Juan de Mata.
Hoy la única rama de trinitarios existente es la fundada por Juan Bautista de la Concepción, pues los trinitarios calzados desaparecieron en 1897, con el fallecimiento de su último superior general, padre Antonio Martín y Bienes.
Juan Bautista de la Concepción fundó 18 conventos de religiosos y uno de religiosas de clausura. Vivió y transmitió a sus hijos un intenso espíritu de caridad, oración, recogimiento, humildad y penitencia, poniendo especial interés en mantener viva la entrega solidaria a los cautivos y a los pobres. La relación de los trinitarios con la Trinidad, como centro vital y fuente de la caridad que redime, es un tema central en sus vivencias y enseñanzas.
Aunque poco conocido, Juan Bautista de la Concepción está en la constelación de los grandes escritores místicos españoles del siglo de Oro. La Biblioteca de Autores Cristianos (la BAC) ha publicado cinco grandes volúmenes de su obra. Se trata de un autor con una deuda histórica, pues si bien tiene el puesto que se merece en los altares, no se le ha colocado aún en la hornacina del altar de la literatura espiritual que le corresponde.
En la obra literaria de Reformador trinitario se encuentra toda clase de materias espirituales. Su personal vivencia de la unión mística le dicta profundos tratados sobre la unión con Cristo, los dones del Espíritu Santo, la experiencia de la cruz y el conocimiento espiritual Su doctrina espiritual se orienta a la unión personal con Dios Trinidad, presente en lo más profundo del alma. Para él la perfección está en abandonarse al amor transformante de Dios. La santificación del creyente es el proceso de asimilación a Cristo crucificado. Cristo es nuestro ideal, nuestro camino; su cruz, nuestra cruz, es la fragua de la santidad. Juan Bautista de la Concepción es un escritor original y profundo en las ideas, popular y rico en la expresión. Tiene una prosa armoniosa, con largos periodos, tintada de humor, de anécdotas, de ejemplos y referencias al reino vegetal, mineral y animal. Domina y conoce a los santos padres de la Iglesia y la Biblia y es su referencia obligada y constante. Quien se adentra en los surcos de su obra literaria fácilmente descubre una simbiosis de Cervantes y Juan de la Cruz.
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LA PRESENCIA DE DIOS EN LA PROYECCION DE: BUSCATE EN MI, BUSCATE EN TI.
Repetidas veces, nuestro santo, el gran enamorado de la divina presencia y de la perfecta unión, proyecta esta presencia de inhabitación y de unión, ya el alma dentro de Dios, o Dios dentro del alma, en una inhabitación mutua y transfusiva. Como botón de muestra, traslado aquí lo que escribe en las páginas (1, pp. 397-400): «¡Oh Dios mío y bien mío, Padre de misericordias grandes! No es pequeña la que usas con un alma, cuando te das y entriegas, de suerte que te tenga, posea y goce dentro de sí en la forma que en esta vida puede.
«Cuando de esta manera, Señor, te comunicas, en cualquier estado que el alma tiene, te goza de una manera. Porque las cosas exteriores no son bastantes para trocar y mudar este admirable trato y compañía que tienes con un alma, si no es que, por las causas que a Ti te parece, te tapas y encubres de suerte, que no siempre te goce de una misma manera. Causa por qué, el alma parece de muchas maneras, como la piedra preciosa a los rayos del sol, o a lo oscuro. O como la imagen de diferentes partes, hacen diferentes visos, siendo siempre la misma.
«Así, siendo una, el alma a diferentes visos, parece diferente.
Pero lo ordinario es, cuando ella, Señor, te cogió y entró «en la casa de su madre» que es lo más secreto y retirado de sí propia, te goce de una manera, sin que sean poderosos, mudanzas de tiempos, alteraciones de honras, nuevos sentimientos de trabajos; porque como eres buen compañero, donde el alma mira, allí te pones por blanco suyo, para que no se disgregue o pierda la atención, atendiendo a cosas variables. Y si Tú, Señor, has de estar con el alma en todas sus mudanzas, ¿ qué se me da a mí, teniéndote a Ti, volar por el aire, si en él llevo alas de paloma; ¡dar por el suelo, si en él tengo pies ligeros? El que lleva la forja bien hecha, eso se le da ir por tierra cara, que por tierra barata. Y el que camina en pies ajenos, poco le importa el polvo el lodo. Gran cosa es, Señor, esta unión y junta, en mí, no mirando quién yo soy, sino quién Tú, inmensa Bondad, eres. Con ella sufro mis males, gozo mis bienes, y paso sin conmoverme por mil diferencias de lugares, sin que de ellos perciba o sienta alteración o mudanza».
Pero en otros tiempos o momentos y modos, traslada o modifica a esta inhabitación de dentro del alma, a la inhabitación del alma dentro de Dios; ambas como resultante de un beso exhaustivo y transfusivo: «bésame con besos de su boca» (Cant 1,2). Y así prosigue: «Pero hallo, Dios y Señor mío, que tienes otro modo de comunicarte al alma que a Ti te agrada: que, poniendo en ella, tal don y gracia, la sacas de sí y la levantas sobre ella y llevas a Ti de suerte que, si por alguna ocasión se deshace este nudo y atadura, y el alma vuelve en sí, aunque en su casa halle mil bienes , repuesto, no se ve contenta, sino siempre con mil desabrimientos y disgustos... »
Y para explicitarse y explicarse mejor, recurre al expresivo hecho del niño en las entrañas de su madre: «El niño en el vientre de su madre, metido en aquellas tinieblas, pegado y asido por las partes con las entrañas de su madre, contento está; no llora, bien pasa. Porque, si no ve y está en tinieblas, ve muy bien quien lo rige y guarda de todo mal: come, bebe, y vive, sin trabajo molestia; porque, siendo criatura engendrada, más está en quien la engendró para gobernarse por el querer ajeno, que por propio suyo.
«En este estado, goza de todas las cosas, en el Ser perfecto, por la participación del Ser Divino que en Vos tiene... Aquí, siente abrigo el alma; y sin ropa, estando el cuerpo desnudo, sirviéndole la nieve, de lana (Sal 146, 16). Y el alma, desembarazada de especies y fantasías, muda sitios y tiene ligereza sin cansancio, porque con el vuelo de alas ajenas, se transmonta y aleja. Sujeta a vuestro querer, no tiene yerros, por gozar de un tiempo y estado, que le es fuerza no gobernarse por el suyo, que es variable y sujeto a mudanzas. Cuando de este estado se desase, nace el segundo... Le cuesta su trabajo conocer, por ser con discursos y pasos penosos. Goza de abrigo, pero ha de ser costoso: el cuerpo, con paño, el alma, con representaciones. Goza de un querer con mil mudanzas, sujeto a menoscabos. Y aunque esta vida, al hombre le es más natural, pero como le es más penosa, no puede dejar de sentirlo, gemir y llorar y obligaros que, como a otro niño que salió al mundo diferente del que gozaba en el vientre de su madre, le pongáis algo en la boca, le deis vuestro santo y divino pecho, con que no le será tan molesto pagar tantos pechos como queda obligado en este segundo estado y nuevo nacimiento».
Uno piensa aquí, cuánto hubiera gozado, ante tales palabras, la gran santa de los tiempos actuales, santa Teresita de Lisieux. Y qué bien empalman estas páginas del volumen primero con aquellas otras del volumen segundo, pp. 608-610, escrito, por cierto, un año antes en Madrid, y en donde se explaya así: «Suelen, algunas veces, los maestros de novicios, viendo desconsolados a sus novicios, buscar cosas de acá abajo con que consolarlos... Pues digo dos cosas, acerca de esto: la primera, que si a este tal Religioso estas cosas le consuelan, que este tal, no amaba perfectamente a Dios sobre todas las cosas; pues, en ausencia del mismo Dios, suplen sus veces las criaturas que tan nada son, en comparación de un tan grande Bien. Y que, si lo amaba, era por solo su gusto y entretenimiento... ¿En qué se echa de ver un marido ama, de veras, a su esposa? En que ella sola lo enllena, consuela y entretiene, y ninguna otra, por hermosa que sea, le da gusto...
«Así digo yo, que el Religioso que de veras ama a su Dios y Señor, sólo Él, le llena el alma y sus gustos; cuando Él le falta, haciéndose aguardar, ni entretiene la huerta, ni suspende la conversación, por buena que sea...
«Esto querría yo, de mis hermanos: que si alguna vez vieren que Dios se hace aguardar, que aunque se topen los entretenimientos del mundo y cuantos compañeros se puedan imaginar, que pasen adelante con sus ansias y deseos, y no sean fáciles en esto y de tan poca lealtad en el amor que tienen a este Señor; que no sean como los azadoneros, que si el consuelo se les ofrece en la recreación, en la huerta o en el campo, con ese se alquilan, a quien, con justo título, podré llamar perrillo de muchas bodas, que las celebran con el primero que se topan.
«Han de ser, como otro rey David, que decía: «¿A quién tengo yo en el cielo? Estando Tú conmigo, no hallo gusto en la tierra» (Sal 72, 25). Si para mi consuelo me ofreciese Dios todos los ángeles y santos del cielo, y para mi entretenimiento, todas las criaturas de la tierra, y por aguardar, a sólo Dios, se me secase mi carne y se me cansase el corazón de palpitar de deseos, a nada abriría los ojos.
Dios mío de mi corazón, no me eches culpa, que yo no tengo otra parte, sino a Ti y en Ti...
«¡Oh, que linda doctrina para un fraile descalzo de la Santísima Trinidad: que nada le enllene ni entretenga, sino sólo Dios! ¡Oh, qué de éste tal camino tendrá ese tal andado! Que ni le dará pena lo alejen de sus compañeros, ni lo muden de la casa conocida, ni que le truequen de celda ... Porque, como en esas cosas, aun parte no tiene, no siente desasirse de ellas. Dios, a quien busca y a quien espera, donde quiera lo puede esperar y hallar; y más presto, si está solo, porque es amigo de soledad, para hablar al alma».
¡Qué poso de honda y dulce verdad y de gozosa paz y de vivo deseo y sed de un nuevo y verdadero vivir, tal y como aquí se nos muestra, no en fría y tibia teoría, que no mueve ni conmueve nada, sino con tal encendido impulso propulsor! Bebámoslo en caliente, para no dejar de beberlo y de pasarlo a la propia vida, tan necesitada del misterioso vigor del Espíritu de Pentecostés. ¡Qué pobre y qué triste la silueta de un cristiano apagado en el Espíritu!
(del Libro: "Un trinitario liberador del vacío interior", de Juan Luis Losada, Trinitario)
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Máriam Mudarra
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