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Dejar de orar; hacerse oración

Permalink 18.08.07 @ 17:21:17. Archivado en Orantes de todos los tiempos

Todos los santos tienen su definición de oración; también los orantes de hoy -consagrado/as o no- tienen algo que decir sobre la oración; todos tienen su forma “particular” de describir qué es para ello/as la oración o cómo la viven en su viva cotidiana. Las distintas definiciones que quiero traer a este blog son válidas, unas nos pueden valer para nuestra vida, y otras tal vez no nos digan nada, pero todas son buenas. Quiero escribir algunas de ellas y enriquecer el tema de la oración. Muchas personas se acercan al convento y preguntan ¿Qué es orar, que es la oración? ¿cómo se ora? ¿qué tengo que decir o hacer? Espero que todo/as los que se hagan estas mismas preguntas encuentren respuesta en las diversas definiciones que iré poniendo en distintos post.

En esta ocasión vamos a ir de la mano de la religiosa benedictina Joan Chittister, osb.

La oración es lo que une lo religioso y lo espiritual, las dimensiones interior y exterior de la vida. Todas las tradiciones espirituales que hay en la tierra forman a la persona en alguna forma de práctica regular destinada a centrar la mente y el espíritu. La oración regular nos recuerda que la vida está «punteada» por Dios, inundada de Dios, circunscrita por Dios. Interrumpir el día con la oración -con cualquier actividad capaz de centramos y llevarnos, más allá del momento, a la conciencia de la eterna verdad- es recordarnos la intemporalidad de la eternidad. La oración y las prácticas espirituales sirven de vínculo entre esta vida y la otra. Nos recuerdan lo que hacemos, por qué lo hacemos y adónde van nuestras vidas. Nos dan fortaleza para perseverar en el camino. Cuando la vida se vuelve árida, sólo el recuerdo de Dios la hace soportable de nuevo. Entonces recordamos que todo cuanto existe tiene un sentido.

Me llevó años de repetición, años de canto en tensión, años de recitación canturreada en el espacio, caer en la cuenta de que, como el agua en una roca, las palabras iban infiltrándose en mi alma, trazando surcos en mi mente, transformándome en ellas, desapareciendo en los suspiros de mi corazón. La oración, la disciplina regular de descansar en Dios, se había convertido en una manera de vivir.
Pero la oración tiene sus propios problemas. El diario planteó uno de ellos con bastante claridad: «Cuanto más ores -escribió Angela de Foligno-tanto más iluminada serás». Pero yo sabía algo más:

«Esta afirmación, así expresada, es a la vez verdadera y falsa. Cuando transformamos a Dios en una máquina expendedora, cuando oramos para "conseguir" cosas y no para conseguir a Dios, no hay "iluminación". Cuando la oración es una incursión en la mente y el corazón de Dios, en la naturaleza de la vida, en el modelado de un corazón santo, entonces es necesariamente iluminadora. Llegamos a entendemos a nosotros mismos: nuestros temores, nuestra oscuridad, nuestras luchas, nuestras resistencias... Entonces nos vemos frente a la opción. Eso es la iluminación».
La oración no se limita a revelarnos a nosotros a Dios, y a Dios a nosotros, como he podido saber después de años de aparente repetición inútil; nos revela, al mismo tiempo, nuestra persona a nosotros mismos. Si me escuchaba a mi misma al orar, notaba cómo iban cayendo mis numerosas máscaras. No era la religiosa perfecta; era el salmista airado. Era el necesitado en las peticiones. Era aquel a quien iban dirigidas las duras palabras del evangelio. Era una persona a la deriva en un mar de oscuridad e incertidumbre, incluso después de todos aquellos años de luz.
La ronda de la oración diaria se me convirtió en el modo de ser llevada al encuentro conmigo misma para que la tarea de llegar a Dios pudiera verdaderamente comenzar.
Es en mi interior, en esa gruta que es el alma, donde tiene lugar realmente la oración. La oración no es una cadena de murmullos distraídos; es una confrontación con el vacío que hay en mí. Entonces el Dios que revela ese vacío puede venir a llenarlo. Sin la oración, sin la atención consciente a mi incompleción, Dios no puede venir. Sin ella, no tengo necesidad de Dios. Puede que sí de un mago, pero no de Dios. Incluso en la oración coral hay una dimensión silente, porque entonces es Dios quien establece la comunicación. «La oración nos pone en presencia del Dios que nos ama», decía la anotación en el diario; y ahora yo podía apostillar:
“Pero al cabo de un tiempo, en mi opinión, no son necesarias las palabras. Llegamos a vivir en presencia de Dios en toda ocasión. Las palabras no son más que lo que nos ata a las distracciones que separan el aquí y ahora de la plena inmersión en la Energía que es Dios. Si oramos el tiempo suficiente, dejamos de orar; nos hacemos oración”.

«Yo no oro», me dice la gente. Y yo replico: «Ni yo. Me limito a inspirar a Dios en la esperanza de aprender cómo espirar también a Dios».

El propósito de la oración es, sencillamente, transformarnos de acuerdo con la mente de Dios. No oramos para engatusar a Dios, a fin de que él sea el cuerno de la abundancia que haga de nuestra vida una Disneylandia de posibilidades. No oramos para descontarnos pecados. No oramos para sufrir por nuestros pecados. Oramos para ser transfigurados, para lograr ver el mundo como Dios lo ve, para estar en presencia de Dios, para adquirir un corazón justo, amoroso y compasivo para con los demás. Oramos para renovar nuestra alma.
Lo irónico de la oración es que el acto mismo de orar puede engañamos y hacernos pensar que somos personas espirituales. Si la oración es mera recitación ritual, entonces es posible orar y orar... y no cambiar nunca lo más mínimo.

Si la oración no es una máquina expendedora espiritual, tampoco es una huida de la vida. Todas las modas espirituales pasajeras quieren que lo sea, por supuesto; pero si la oración se convierte en nuestro modo de permitimos huir de la vida que nos rodea, no es oración, sino, en todo caso, una forma de hipnotismo autoinducido. La verdadera oración nos sume en la vida en toda su crudeza. Nos da nuevos ojos; moldea un nuevo corazón en nuestro interior; nos deja sin aliento en presencia del Dios vivo; nos plantea exigencias: dar de comer al hambriento, vestir al desnudo, dar de beber al sediento y ocuparnos del enfermo. Nos exige ser las manos del Dios a quien decimos haber encontrado.

La comunidad dedica tiempo a la oración todos y cada uno de los días de la vida, a fin de recordar por qué trabajan tan duramente, como me enseñaron hace mucho tiempo, para precaverse del tipo de «descanso» que ora con el fin de mantener el mundo afuera. «Nuestra escucha orante de Dios allana los duros y agobiantes caminos que se entrecruzan en nuestro corazón», decía Wendy Miller; y yo le respondí:

«Me gusta la idea de Miller, pero también la cuestiono. En mi vida, al menos, los "duros y agobiantes caminos" suelen ser la voz misma de Dios que más necesito. La "escucha orante" puede ser la tentación de ignorar esas otras voces, a fin de escapar introduciéndome en la sagrada magia de la "piedad". Por otro lado, sin oración dudo que yo hubiera llegado a oír esas voces. Los salmos me mantienen en la realidad».

Nuestros mayores místicos son nuestra gente más inserta en la realidad, nuestros mejores trabajadores, nuestros más palpables ejemplos de lo que es vivir la vida plenamente. Catalina de Siena, Teresa de Jesús, Charles de Foucauld, Ignacio de Loyola, Elizabeth Seton, Martín de Tours, Dietrich Bonhoeffer, Dorothy Day, Mahatma Gandhi y Martin Luther King vivieron en Dios y lloraron con las personas que había a su alrededor.
Puede que hayamos olvidado centrarnos en la conciencia de Dios, que es consciente de todos nosotros. Puede que por eso esté hoy el mundo sometido a tan brutal violencia, tan inhumana pobreza, tan desmedida discriminación, tan implacable fundamentalismo... Puede que hayamos olvidado orar, no por lo que queremos, sino por la iluminación, por lo que Dios quiere para nosotros.

Y si oramos, ¿podremos cambiar esas cosas? Realmente, no lo sé. Lo único que sé es que la iluminación que conlleva la verdadera oración exige que atendamos a esas cosas, no que las ignoremos.


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Comentarios:
Dios mio queria agradecerte por todo lo que has hecho por mi ,te ruego padre santo de los cielos que me perdones todos mis pecados.señor jesucristo bendice amis padres ,amis hermanos y a toda mi familia iluminanos siempre guardanos siempre no nos desampares nunca bendito padre de los cielos.te amo jehova
Enlace permanente Comentario por lizet devia 05.04.08 @ 21:16
¡Hola!
"Hacerse oración"; ahí es donde tenemos que llegar.

Me ha gustado la reflexión, es para leerla poco a poco e ir sacándole el jugo; y por supuesto cambiando el "chip" cuando oremos.
Enlace permanente Comentario por Mª del Pilar 19.08.07 @ 17:34
Hola Carmen: efectivamente, es un cuadro del Greco llamado "Las lágrimas de San Pedro"(1605).
Me alegro que te guste, es un texto muy rico.
Enlace permanente Comentario por mmudarra [Blogger] 18.08.07 @ 23:29
Ya me dirás si esas manos son de un cuadro del Grego, en concreto de un apóstol.

Me ha gustado la reflexión. La imprimiré para releerla.

Enlace permanente Comentario por Carmen Bellver [Blogger] 18.08.07 @ 21:55

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