Experiencia de Dios y envío misionero
27.05.07 @ 17:37:09. Archivado en Ojos para ver

Leyendo la revista “Hoja Trinitaria” que edita la Orden Trinitaria, me topé con un texto del trinitario Ignacio Vizcargüénaga, que me hizo parar en seco. Dicho texto dice así:
“He aquí, pues, las dos dimensiones que fundan esencialmente al cristianismo; la experiencia filial de Dios y el envío misionero. Si falta la primera, germinará un cristianismo ideologizado, manipulado y manipulador, ansioso de poder; si es la segunda dimensión la que está ausente, surgirán cristianismos aburguesados, sin unción sanadora, liberadora, reconciliadora”.
La lectura no siempre me impacta de igual modo, depende de la actitud receptiva que tengo en ese momento y de la acogida que hago del mensaje que se presenta ante mis ojos; pero en esta ocasión parece ser que mis deseos de aumentar información y conocer cosas nuevas, estaba a flor de piel y en seguida me puse a reflexionar.
Como es lógico, mi reflexión gira en torno a la aplicación que yo puedo hacer dentro de mi estilo de vida: como monja contemplativa.
“Experiencia de Dios y envío misionero”
La experiencia de Dios es algo que se aprende a lo largo de la vida, no se nace con experiencia; pero también es cierto que al aprendizaje le acompaña ese movimiento interno que yo llamo Espíritu Santo, y es el que sin darnos apenas cuenta, va introduciendo en nuestro modo de ser y de pensar, ideas que se van adecuando cada vez más a la manera de ser de Dios.
(Aunque todo es cuestionable y criticable, ésta es mi experiencia).
Mi vida religiosa comenzó con un desconocimiento total y absoluto de todo lo que era Dios, religión, monjas … mi etapa adolescente fue un “pasar” completamente de estos temas, no los conocía ni me interesaban. Por circunstancias de la vida, llegué a conocer a las monjas y no sin recelos me abrí a todo lo nuevo que se presentaba ante mí. Ante la alternativa de seguir aprendiendo cosas de Dios o seguir “pasando”, decidí aprender y buscar dónde estaba lo novedoso de este estilo de vida. Una vez que me introduje en este “mundillo monjil” todo mi ser, como una esponja, fue empapándose -con muchas dificultades- de todo aquello que iba enriqueciendo mis conocimientos. La experiencia llegaría con el paso de los años, y experiencia es lo que se adquiere día a día con lo bueno y malo del quehacer cotidiano. Reconozco en mí, que la fuerza interna de todo este aprendizaje fue y sigue siendo el Espíritu Santo; sin El, mi aprendizaje se hubiera quedado en simples nociones teóricas, “sin alma”, es decir, no hubieran pasado de ser simples enseñanzas intelectuales. Tengo la certeza de que el Espíritu Santo se derrama a todo/as por igual, lo que varía es la receptividad que tiene cada persona para recibir sus dones. La monja, en constante unión con Dios adquiere unas relaciones filiales con El, capaces de llenar el corazón más árido, y de transformar una vida desértica en una verdadera alianza de amor.
Segunda parte; “El envío misionero”.
Si yo me tomara esta frase al pie de la letra, mi vida se vería frustrada y estéril. Las monjas no salimos a misionar a nadie, no salimos de entre las cuatro paredes para hacer nada “aparentemente útil para la sociedad”. Nuestro envío misionero lo traducimos en ser “presencia” de Dios en medio del mundo. Alguien puede pensar que ésta es una afirmación un tanto atrevida, y se preguntará cómo una monja encerrada puede ser “presencia” si está “ausente”. Mi respuesta es que la vida contemplativa dentro de la Iglesia es como el corazón en el cuerpo humano; no se ve, pero si ésta falla, todo el cuerpo de Cristo, -que dicho sea de paso lo formamos todos los cristianos- comenzará a “cojear”. No es ninguna osadía hacer estas afirmaciones, ¡quien tenga fe lo entenderá!
La vida religiosa es una profecía de lo que nos espera después, y con palabras de Severino Mª Alonso c.m.f, afirmo: “La vida religiosa, por ser seguimiento radical de Jesucristo, es un modo estable de ser cristiano y de existir evangélicamente en la Iglesia, que adelanta y anticipa, en sus líneas más esenciales, el modo de vida celeste inaugurado por el mismo Cristo en la tierra”. Y el Concilio Vaticano II dice: “La vida religiosa aparece como un signo clarísimo del Reino de los cielos”.
Por todo ello, la misión que ha sido confiada a la vida contemplativa es la de anunciar con la propia vida la existencia de un mundo futuro, un mundo en el que como dice la Palabra de Dios. “TODO LO HAGO NUEVO”.
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Veamos, ¿no cree que sería bueno distinguir entre vida contemplativa y vida de clausura, antes de afirmar que ustedes son el corazón de la Iglesia? Sí ya se que lo dijo una santa contemplativa de clausura, pero creo que en el fondo de esa afirmación hay una cierta contradicción, que puede llevar a muchos a la situación de confusión en que se encuentra A.C.S. En su respuesta a la pregunta de A.C.S., afirma algo que sin lugar a dudas es cierto: que la vida contemplativa se puede vivir sin entrar en la clausura de un monasterio. Luego no deberían ir juntos ambos conceptos, vida contemplativa (presencia) y vida encerrada (ausencia) términos que usted maneja en el blog, aunque después trate de separarlos en su respuesta a A.C.S.
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Máriam Mudarra
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