Purgas Teológicas

¿Colombia estará a la altura de Francisco?

11.09.17 | 21:02. Archivado en Francisco, Sociedad, Iglesia

Estos días han sido emocionantes en Colombia, la visita del Papa se ha constituido en un evento de enorme trascendencia, yo la he vivido en el extranjero con igual intensidad y particularmente con la posibilidad de volver una y otra vez sobre sus discursos y homilías, así como, considerar las reacciones y opiniones de mis compatriotas. El enriquecedor y variado mensaje del Papa ya ha sido sintetizado en otras partes, yo les propongo otra cosa, dirigir la atención sobre sus interlocutores.

Desde la perspectiva de la aclamación popular podría afirmarse que estos días fueron un rotundo éxito: La gente abalanzada sobre las carreteras, la enorme participación en las eucaristías, los homenajes afuera de la Nunciatura apostólica, los comentarios favorables de ateos y agnósticos. Sin embargo, no hay que olvidar dos detalles: la atrayente figura del Papado y el folklor colombiano.

Considerando la primera característica recuerdo aquello que Leonardo Boff explica: “La figura del Papa es un símbolo poderoso que evoca en el inconsciente colectivo arquetipos ancestrales del gran padre, el sabio, el chamán, que dispone de poderes sobrenaturales. Esta clase de arquetipos hablan a lo profundo de las personas y movilizan grandes sentimientos”, aún más, el fulgor carismático de Francisco refuerza estas emociones.

En segunda instancia, la alegría y la pasión del pueblo colombiano permiten constatar que un acontecimiento de estos se conviertan fácilmente en una gran fiesta popular, agrupando miles de personas de diversa caracterización social. En Colombia se viven o podrían organizarse con igual intensidad otros eventos alrededor del fútbol o la política misma. No es extraño, que en temporada de elecciones no sólo los partidos políticos sino sus electores marchen como en un carnaval atrayendo más simpatizantes o celebrando el triunfo, movilizando niños y jóvenes, así como “usando” diversas expresiones artísticas. Para quienes somos colombianos, es común que la ruana, el carriel, o el sombrero no sólo se entreguen a personajes de la valía del Papa Francisco, sino a otros a quienes el pueblo vitorea o que ingenuamente vienen impuestos. No comparo la visita del Papa con este tipo de personas, pero hay que recordar que en Colombia los mismos halagos los han recibido en una menor escala de importancia, políticos corruptos y narcotraficantes. Por tal motivo, hay que ir más allá del fervor popular.

La historia de Colombia, como el mismo Papa lo recordó, está herida desde sus inicios por muchas contradicciones, que en el curso de los años no han permito gestar un proyecto sólido de nación. Un proceso de modernización inacabado, el asentamiento del pensamiento liberal obstruido y la idea de un país laico establecido solo en la teoría. Así lo describe William Ospina: “Cuando alguien dijo que la principal diferencia entre los partidos colombianos era que los conservadores iban a misa de cinco y los liberales a misa de ocho, no estaba haciendo una broma sino desnudando la esencia de una de las mayores derrotas históricas de la política colombiana”. Durante estos días se han escuchado voces sensatas en torno al mensaje de reconciliación y paz del Papa, pero un gran número de políticos y funcionarios del Estado lo han utilizado ramplonamente para sus campañas, para desprestigiar el discurso de sus opositores o en últimas para “plantar cizaña”. Y vienen de todas partes, de la izquierda, la derecha y el centro, se cubren de todos los colores, rojo, verde y azul. Proclaman su profesión religiosa y hacen añico la posible idea de laicismo que tanto le hace falta a Colombia. Les recuerdo que en esta semana muchos andaban persiguiendo una fotografía con el Papa o un puesto cercano para verlo mejor, hace unos meses corrían detrás del favor de los pastores cristianos y sus fieles. Que no se ilusionen en un bando y en otro, la religión en Colombia como en otros lados sirve a varios fines y se manipula constantemente. Un verdadero regalo de esta visita sería un gran debate en el legislativo en torno a la idea de laicismo, surgida a partir de la realidad colombiana y no francesa o española, que legisle el complejo mundo de la religiones en Colombia a partir de las propias tradiciones, la equidad y libertad y no desde el variante interés de ganar electores.

El Papa ha sido claro con sus ministros, aludiendo a una evidente división e inercia, que se maquilla con diferentes eufemismos, dejó claro el reto para clérigos y consagrados. Y es que no puede ser un asunto de diversidad de opiniones, estas siempre son normales y necesarias, pero en cuestiones que son esenciales y evidentes en el Evangelio, la mente y las manos no pueden tambalear. Hay que superar con arrepentimiento las ocasiones en las que públicamente ministros de la Iglesia han dado gracias a Dios por la muerte de un guerrillero, dado su bendición a las armas utlizadas para la guerra, sostenido amistad con paramilitares o recibido dinero del narcotráfico para limpiarlos en obras de caridad. La aceptación del Papa no puede reemplazar la misión diaria de los obispos y sacerdotes en Colombia, no podemos estar contentos y cruzarnos de brazos, las sonrisas y lágrimas no pueden ser solo para el Papa o para el pueblo a través de las cámaras. Para los clérigos preocupados por aquellas peleas bizantinas de si era política o meramente apostólica la visita del Papa, para otros que vociferan en twitter o Facebook en contra del más salvaje enemigo de Colombia y de la religión, el socialismo, para otros que maldicen a los jueces por una sentencia que obliga a la Iglesia a reparar económicamente a las víctimas de abusos de menores y se defienden con una deficiente argumentación teológica (ya de por sí extraño, porque se está remitiendo a un juez no al director espiritual del seminario), para muchos que llaman guerrilleros o comunistas a sus hermanos que trabajan por la paz y los derechos humanos, o para aquellos que permanecen en silencio, hemos recibido del Obispo de Roma una gran lección, pastores que acompañan, escuchan y confortan. Para nadie es extraño que la Iglesia en Colombia en su mayoría haya preferido el conservadurismo, ¿logrará contagiarse del viento renovador que proviene del Evangelio a través de Francisco?

En los días previos al viaje del Papa se dio un novelesco enfrentamiento con los simpatizantes del catolicismo conservador más recalcitrante, pronunciamiento tardío de la Conferencia Episcopal como en tiempos de la inquisición, entrevistas al radical promotor de este movimiento, y la circulación de una gran cantidad de comentarios a favor y en contra. Pues bien, no es solamente la reacción de un pequeño grupo conservador asustado por las reformas de Francisco, son los síntomas de un proceso que yo llamo “catolicismo pentecostal” o “catolicismo folklorizado”. Evidentemente, no es tiempo de caracterizar este fenómeno en su totalidad, pero señalo algunos de sus rasgos: Proliferación de ideas milenaristas, revelaciones privadas, interpretación moralista de la Biblia, acentuado sectarismo, defensa de grupos políticos de extrema derecha, entre otros. Estos grupos que no sólo vienen sostenidos por laicos sino por sacerdotes que se lanzan al estrellato de la predicación y la curación, son la expresión de un mal eclesial anterior: La pérdida de la centralidad del Reino de Dios en la predicación y misión de la Iglesia, es decir, el olvido de las Bienaventuranzas como camino cristiano y el distanciamiento de un gran número de sacerdotes de su rebaño. De otro lado, se encuentra el “pentecostalismo católico”, es decir, algunas comunidades cristianas-evangélicas que en una especie de marketing religioso altamente competitivo hacen de todo para sobrevivir, este de todo implica asumir ciertas características, roles y privilegios que el catolicismo había tenido en épocas pasadas en nuestro país.

Pero no cabe duda, que a esto se suma el creciente proceso de secularización que afronta la Iglesia católica y todas las religiones (algunos teóricos la niegan). La Iglesia ha dejado de tener el monopolio de la verdad y el control de lo sagrado, la invitación a descubrir la verdad juntos, hecha por el Papa es un síntoma positivo de ello, así como el diálogo cercano con otros líderes religiosos o el reconocimiento de las tradiciones de nuestros pueblos indígenas. La circulación de las creencias y la desregulación de lo sagrado imponen nuevos retos, especialmente para aquellos que desean mantener su hegemonía, vivir en un país mayoritariamente creyente pero inclusivo.

Hay que superar las intransigencias producidas por el fanatismo, esa pasión desordenada que en Colombia paraliza el país cuando un atleta gana una competición en Europa y silencia a millones de personas ante la corrupción, la que estimula a escribir insultos en redes sociales a un técnico de fútbol y a su familia porque no pone a jugar a jugar al 10 de la selección nacional, fanatismo que explota cuando se hiere la “patria” pero no cuando son asesinados y empobrecidos otros “compatriotas”.

Como lo afirma el Padre Francisco de Roux, lo que pasa en Colombia tiene su raíz en un problema profundamente humano y espiritual. Tendremos que esperar y trabajar bastante, para que este gran esfuerzo unido a otras iniciativas puedan orientar a nuestro pueblo colombiano hacia la reconciliación y la construcción de un país más justo. Es una tarea difícil, las cifras lo indican, un pueblo mayormente cristiano pero con altos niveles de desigualdad, violencia contra la mujer y su desairado fanatismo, no obstante, ha sido un momento de gran alivio y de reconfortante esperanza.

Falta esperar qué favorecerá: ¿El catolicismo folklorizado o el del sermón de las bienaventuranzas?. El primero proviene de un catolicismo popular, años atrás expresión de resistencia al paradigma racionalizador europeo, hoy, dramatizado mediáticamente y con una sobrecarga emocional. El segundo viene identificado con aquello que decía Hélder Camara: “Si le doy de comer a los pobres, me dicen que soy un santo. Pero si pregunto por qué los pobres pasan hambre y están tan mal, me dicen que soy un comunista"

Estaremos a la altura de Francisco si en nombre del Evangelio escapamos al tentativo de una razón indolente que no capta los desafíos relevantes del presente y que desperdicia las buenas experiencias del pasado, al contrario, discutimos en conjunto el futuro de la Tierra y de la Humanidad, de Colombia, y vemos en qué medida la misión de todos puede ayudar a garantizar el futuro, sin el cual nada se sostiene.

“Para saber qué será de nosotros habrá que mirarnos cara a cara y eso será difícil para todos para los desollados por el cráter para los calcinados en la ladera para los que la lava les pasó al ladito para los que se quedaron a salvar la muerte para los que se fueron obligados y grises... Todo es legítimo o es nulo... todo es según el dolor con que se mira no hay fórmulas globales que descifren como se integra o se desintegra un pueblo”.

Mario Benedetti, Croquis para Algún Día


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Comentarios
  • Comentario por Milton 11.09.17 | 22:13

    la opinión pública asigna inexorablemente a cada uno su propio puesto; tiene necesidad de posiciones claras y precisas y no puede entretenerse en ninguna clase de matices: quien no está a favor del progreso está contra él; o se es conservador o progresista.

    Gracias a Dios, la realidad es distinta: entre estos dos extremos existen también hoy creyentes silenciosos y casi sin voz, quienes con toda sencillez realizan la verdadera misión de la Iglesia incluso en este momento de fusión: la adoración y la paciencia de la vida cotidiana, la palabra de Dios. Sin embargo, en la imagen que se tiene de la iglesia éstos no tienen sitio; esa verdadera iglesia no es invisible, pero está profundamente escondida a las maniobras de los hombres.

  • Comentario por Milton 11.09.17 | 22:09

    El fragmento anterior esta tomado de

    ¿POR QUÉ PERMANEZCO EN LA IGLESIA?
    Joseph Ratzinger

  • Comentario por Milton 11.09.17 | 22:07

    Las palabras llenas de esperanza de Romano Guardini en 1921 -"un acontecimiento de gran importancia ha comenzado: la iglesia despierta en las almas"- aparecen anacrónicas. Al contrario, hoy habría que cambiar la frase de este modo: "un acontecimiento de gran importancia ha comenzado: la iglesia se apaga en las almas y se disgrega en las comunidades". En medio de un mundo que tiende a la unidad, la iglesia se dispersa en resentimientos nacionalistas, en la exaltación de lo propio y en la denigración de lo ajeno. Entre los defensores de la secularidad y la reacción de quienes están demasiado apegados al pasado y a lo externo, entre el desprecio de la tradición y la fidelidad exagerada a la letra parece que no existe ninguna posibilidad de equilibrio; la opinión pública asigna inexorablemente a cada uno su propio puesto; tiene necesidad de posiciones claras y precisas y no puede entretenerse en ninguna clase de matices: quien no está a favor del progreso está contra él; o se es conservado...

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