Purgas Teológicas

Tomándome un café con Galat y otros díscolos

30.07.17 | 23:19. Archivado en Francisco, Sociedad, Iglesia

Hoy, la realidad se estructura sin la influencia determinante de la religión, en este marco aparece el Cristianismo, cuyos personajes, discursos y símbolos ya no intervienen como elementos de verdad, al contrario, como un fragmento folklorizado pareciese sólo asumir un papel teatral: Los cardenales díscolos, los pronunciamientos contradictorios del Cardenal Müller, el artículo de Antonio Spadaro y Marcelo en la Civiltá Cattolica y las reacciones en Estados Unidos, y más cerca de mi patria, los programas de José Galat y el pronunciamiento de la Conferencia episcopal colombiana. ¿Qué significado tiene este vaivén de discursos? ¿Cómo se pueden interpretar?

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¿Amoris laetitia no dice nada nuevo?

18.04.16 | 10:18. Archivado en Francisco

La reciente exhortación apostólica Amoris laetitia, ha hecho brotar todo tipo de respuestas, desde las que indican que este documento no pertenece al Magisterio de la Iglesia, hasta aquellas que expresan que no dice nada nuevo porque no colmó las expectativas. Aquí, pienso yo, reside su grandeza. Algunos elementos a señalar:

- Superación del fariseísmo: Los evangelios siempre nos recuerdan las escenas en las cuales Jesús es puesto a prueba por los fariseos, siempre supera estas trabas a través de respuestas ingeniosas que apelan a la autonomía de los protagonistas y sus responsabilidades; esto mismo ha hecho Francisco, no se ha dejado atrapar por el legalismo y por esa razón, sin tomar decisiones nuevas ha recordado un valor viejo perdido en el Evangelio: el respeto de la individualidad y la invitación a mirar siempre primero en la casa propia, antes que en la ajena para evitar juzgar. A la Iglesia no le faltan más leyes litúrgicas, disciplinares y morales para renovarse, nos falta vivir el evangelio.

- Superación de querer dominarlo todo: Las normas de la Iglesia no pueden multiplicarse sin fin, pretendiendo regular cada milímetro de la vida de sus fieles. La proliferación insidiosa de normas no es más que un signo de la desestructuración, la impotencia y la pérdida de la confianza en las instituciones. Este documento responde adecuadamente a la mentalidad de una sociedad en la que las creencias se han desregulado y en las que su validación ya no pasa por la instituciones.

- Valoración seria de los laicos: A pesar, de las reformas realizadas en la Iglesia, un grave error que seguimos cometiendo los clérigos es tratar a los laicos como infantes, los utilizamos para colaborar en una u otra actividad, pero nunca terminamos concediéndoles la razón. El gran acierto del Papa es reivindicar la función de los fieles y darle seriedad a sus capacidades y responsabilidades. Causa sospecha que en nuestra Iglesia el mundo célibe regule la vida de los esposos. Es hora de acompañar su formación pero respetando su autonomía y madurez, comprendiendo serenamente que en ciertas ocasiones debajo de los hábitos, en medio de las sacristías y traspasados por el olor a incienso no es posible comprender diáfanamente la complejidad de la realidad familiar.

- Es hora de una pastoral familiar seria y decidida: No podemos dejar solos a nuestros fieles en este reto, nos corresponde acompañarlos con seriedad y esto implica dejar atrás nuestros prejuicios y represiones y apelar a una mejor formación en este campo, educación que debe ser integral, realista y clara. Llegados a este punto no se pueden hacer recetarios, el gran error sería ver a Obispos imponiendo en sus diócesis los estudios y decisiones de sus hermanos en otros lugares. Adiós al miedo, a estudiar fielmente la realidad particular, a cargar con ella y dejarse cargar por ella, a concederle la palabra a nuestras familias, a explorar diversos caminos, a dejar de temerle a la diversidad, al discernimiento responsable, a la autonomía. Qué vergüenza que lo único que suceda en varias Diócesis con este documento sea leerlo en reuniones de presbiterio y hacer unos pocos congresos de él sin un trabajo fértil en otros campos, por miedo a escuchar nuevas cosas, por pereza a una pastoral seria o por temor a perder el dominio.

Gracias Papa Francisco por enseñarnos nuevamente a reencontrarnos con la novedad del Evangelio.


¿En Colombia los buenos somos más?

22.01.16 | 16:37. Archivado en Sociedad

“En Colombia no hay opinión, hay hinchas”

Gabriel García Márquez

En nuestro país se vive en un delirio desaforado y constante por todo y por nada: una ola de indignación por ahí, un partido de futbol por allá, un reinado de belleza en otra parte, los insultos y peleas por doquier. Evidentemente, somos el país del Sagrado corazón de Jesús, sus llamas y gotas de sangre muestran lo que el cliché comercial expresa: Colombia es pasión. ¿A qué destino conduce el ardor de tantos colombianos buenos?

Hace unos días, las redes sociales estaban inundadas de protestas (el salario mínimo, la venta de ISAGEN, el proceso de paz) bueno, en las redes se patalea contra casi todo, especialmente contra lo que es institucional o distinto al propio pensamiento, creemos ciegamente en cada cosa publicada y al tiempo desconfiamos de todo aviso positivo y esperanzador. No quiero deslegitimar la protesta, pero no nos digamos mentiras, las frases e imágenes que compartimos en las redes sociales no configuran ninguna revolución (a menos, que se dispongan de forma ordenada y eficaz o que desde ellas se informe pertinazmente; las páginas anexadas terminan en muchos casos siendo sitios de escaza validez argumentativa y científica). Se “berrea” como los niños, por todo: por una corona, por una amarilla en un partido de futbol, incluso por grandes asuntos, pero como en el caso del infante, a los pocos momentos los lloriqueos terminan, el pequeño vuelva a estar feliz con la chupeta (aunque no sea de una buena marca) o con el juguete deseado.

De cara a un momento crucial de nuestra historia, enrarecido por otros problemas ha vuelto a nuestras conversaciones el estribillo: Los buenos somos más; porque es así no es justo que nos hagan esto, merecemos cosas mejores que otros que son malos. Esta expresión es arrogante y majadera, aún, antievangélica: ¿Por qué me llamas bueno? Uno solo es bueno, dice Jesús. El enunciado no sólo rechaza, el malo es el otro, sino que esconde en muchas ocasiones una voluntad voraz de poder, en nombre de la cual se pueden cometer cualquier tipo de atrocidades. Hay que decir, que a veces nos decimos buenos, aparentamos que somos buenos, cuando en realidad no es así.

Pienso que la única batalla que podemos darnos el lujo de iniciar es la que se interpone en contra de uno mismo. ¿A qué me refiero? La lucha, la violencia, la oposición que deben darse, inician contra aquello que odiamos del otro y que llevamos dentro. Este proceso es verdaderamente purificador. La mayor parte nos pasamos la vida levantando la voz y tirando piedras en contra del guerrillero, del corrupto, del paraco, del homosexual, del mentiroso, y no nos percatamos que a estos mismos personajes los tenemos muy dentro de nosotros. Odiamos lo que más amamos, o criticamos lo que somos en realidad y no somos capaces de mostrar a los demás, en cada caso esto obviamente hay que evidenciarlo. Pongámonos a pensar: ¿Qué sucede cuando critico al corrupto y tengo en quiebra el propio bolsillo, o la propia empresa? ¿Cuándo vocifero contra la guerrilla acaso no brota de mí el guerrillero o el paramilitar que llevo dentro?

Hace unos días el sociológo Zygmund Bauman afirmaba refiriéndose al mundo virtual: Mucha gente usa las redes sociales no para unir, no para ampliar sus horizontes, sino al contrario, para encerrarse en lo que llamo zonas de confort, donde el único sonido que oyen es el eco de su voz, donde lo único que ven son los reflejos de su propia cara. Las redes son muy útiles, dan servicios muy placenteros, pero son una trampa.

Quiero poner mi reflexión en dirección de aquellas imágenes y frases que llamamos memes y que en el caso particular utilizamos cuando algo sale mal en nuestro país: Pablo escobar escribiendo el nombre del árbitro que pitó mal el partido, de la reina que no fue, de la que si fue, en fin; los chistes hoy abreviados con una imagen (meme) pueden acarrear grandes peligros. Son la manera más grotesca y al tiempo veloz de difundir ideologías y de instaurar lo que por otros medios no sería posible aceptar. Pero, además son expresión de lo que queremos decir, de aquello con lo que nos recreamos y soñamos, pero que los códigos sociales evitan (todos de vez en cuando nos permitimos en reunión de amigos un chiste verde o racista), bueno, estos dibujos expresan el alcance de nuestras intenciones conscientes e inconscientes. En la orientación de estos relatos así se buscan solucionar las cosas: matando, acabando con el otro, y eso que vivimos en el país en el que los buenos somos más.

¿Qué nos impide perdonar? ¿Qué nos obstaculiza abrirnos a la reconciliación? ¿La sana razón? ¿El Evangelio? ¿La Eucaristía?

Recordemos finalmente las palabras de un gran testigo del horror que no niega la posibilidad de la reconciliación, Hannah Arendt: El perdón es ciertamente una de las más grandes capacidades humanas y quizás la más audaz de las acciones en la medida en que intenta lo aparentemente imposible, deshacer lo que ha sido hecho, y logra dar lugar a un nuevo comienzo allí donde todo parecía haber concluido) es una acción única que culmina en un acto único.


Francisco: hay batallas que no se ganan

14.12.15 | 00:02. Archivado en Francisco, Iglesia

Hace un año exactamente, en el Vaticano, para sorpresa de unos y tristeza de otros se celebró la fiesta de la Guadalupana con otro ritmo, otro canto, otro ambiente, incluso con otros semblantes de los mismos que en esta fecha serían nuevamente sus protagonistas. Una atmósfera grisácea, apagada, distante de la América festiva, con el rostro de un Papa que puesta su mirada fija en lo que celebra se nota cansado, fatigado, a veces, impotente.

A la hora del té pienso que no es cuestión de gustos e impresiones, de puntos de vista e ideas; la mayor parte de las veces discutimos si me gustó o no, si es correctamente teológico lo que dijo, si es lógico, si es de avanzada o convencionalista, yo prefiero seguir otro sendero. Siempre que escucho o leo lo que dice y hace Francisco tiendo a lanzar un puente en torno al camino de Jesús preguntándome si coincide su proceder con el mensaje del Evangelio, así me guste o no, equivalga o no a un presupuesto doctrinal o a una ley canónica, sea mediático o no, al final, lo importante es si es cristiano o no; y no cabe duda, Bergoglio lo es en toda su hondura.

Sin embargo, hay que recordar que al seguir a Jesús uno mismo decide exponerse a los riesgos que implica asumir con radicalidad el Evangelio. El destino de Jesús no es tierno y feliz, acusado de impostor, blasfemo y malhechor es condenado a muerte, abandonado por sus amigos, expuesto a la angustia, al filo de la navaja experimentando el fracaso, la desilusión, incluso, el abandono y silencio de Dios.

Emociona ver a Francisco sonreír y escuchar su mensaje de misericordia y esperanza, pero llena también de valor observar a un hombre que a pesar de su edad, cansancio, desengaños, y problemas sigue luchando para ser mejor discípulo y para alentar a sus hermanos en la fe. Hay batallas que no se ganan, sueños que no se alcanzan, enmiendas que no se cumplen, enemigos que no se vencen, cizaña que no se corta, mas en el trámite de estas tareas, se puede vivir, amar, esperar, confiar, paradójicamente, se puede vencer. Puede que Francisco pierda al no realizar todo su proyecto de reforma en la Iglesia y de trabajo por la paz del mundo (muchos queremos que esto no sea así) pero, estoy seguro que al desgastarse por Jesús el Evangelio ya ha triunfado en él.


Francisco, un nuevo ciudadano del mundo

22.09.15 | 21:43. Archivado en Francisco

Muchas cosas inspira Francisco: esperanza, novedad, entusiasmo, empero, lo que suscita de principio es la sensación de compartir con alguien que trata de vivir con alegría y sin estorbo alguno la propuesta de Jesús (Hch 28,31). No obstante, su proceder engendra aquel impulso motor de la revolución, también, el de la resistencia hostil.

Me explico, durante el inicio de su pontificado, al igual que en el de otros Papas se despertaron ilusiones desde varios bandos y rincones. Aunque las expresiones no son adecuadas podría indicarlo así: Sueños desde la derecha (que se mantenga la tradición, que se acentué la defensa de la doctrina, etc.) sueños desde la izquierda (que se reforme todo, que se acabe con tal institución o norma, etc.) sueños desde fuera (que se acabe, que los denuncien, que no estorben, que sigan así, ahora el Vaticano nos ataca, ahora nos apoya)

Tales pulsiones originan camarillas, confrontaciones, secretillos, guerras de corredor y de palacio, ilusiones todas ellas infundadas que en el caso de la propia casa nos convierten en más liberales, o en más conservadores, más de tal o cual grupito, pero menos cristianos. Esto no es nuevo, el mismo Jesús lo advirtió, por esta razón es que no puede clasificársele como miembro de una izquierda renovadora o como un conservador a ultranza, su afán era siempre el servicio del ser humano y por esta razón se ubica en una u otra perspectiva, adopta esta o aquella actitud.

Lo mismo estamos advirtiendo con Francisco, él no puede ser el instrumento de quienes buscan encontrar en su pontificado el fundamento seguro de sus ideas, propuestas pastorales, modelos de gobierno, caprichos teológicos o antojos de sacristía: el fundamentalismo puede provenir de arriba o de abajo, de izquierda, de derecha o de centro, del religioso o de quien no lo es, del pobre o del rico, del que viste con sotana o del que la guarda.

La ideología puede gobernarnos a todos cuando nuestras ideas y deseos superan la realidad, al hermano que sufre, al otro que con su misterio se acerca, al prójimo. Por esa razón, Francisco insta constantemente a salir no sólo de los conventos, templos, casas y negocios, a salir del círculo de la propia religión, sino a salir de las propias ideas, proyectos y deseos.

Aquí radica la verdadera misión de la Iglesia que no puede convertirse en un afanoso trabajo por hacer que el otro piense, sienta, haga, lo que mi grupo defiende. La misión no puede consistir en la defensa aguerrida del aparato doctrinal o moral en el que se cree, en contra de los otros. Es estar dispuesto a servir al otro, sin la pretensión obscena de salvarlo.

Como Francisco estamos invitados a ser los nuevos ciudadanos del mundo, habitantes de una gran ciudad que a todos acoge con igual alegría, que a todos abraza, sin mitificar y parangonar sobre otras sus grandes muros y tesoros, tampoco sin ocultar las calles ahuecadas y los barrios oscuros, sino el entusiasmo de alguien que invita con el deseo de ofrecer, compartir, dialogar, disfrutar, colaborar, aunque no siempre resulte lo esperado.

Una entre tantas ciudades, una aldea viva que evita el regionalismo, los colonialismos y la pérdida del amor propio. Un ambiente en el que todos caben: El que ríe, el que pasea, el que llora, el que lee, el que duerme, el que trabaja, el que sufre; no obstante, un espacio en el que contando con las diferencias y sus intercambios nadie se afana por aplastar y acabar al otro.

Al fin y al cabo, la meta es que no surjan ciudades compitiendo banalmente por tener más ciudadanos o turistas, sino gente desde todas las tierras esforzándose por hacer del mundo la gran casa donde todos podemos vivir en paz.


Francisco en el Quinche: síntomas de una crisis

09.07.15 | 20:50. Archivado en Francisco

El Papa Francisco se encuentra visitando nuestra Suramérica, son evidentes las muestras de cariño y aceptación que él halla en nuestro pueblo. Empero, es necesario ir más allá del fervor y la explosión emotiva. Así lo recordaba hace unos años Leonardo Boff: Desde la perspectiva del entusiasmo popular, podemos decir que la visita del Papa a Brasil ha sido un gran éxito. Aunque sin la irradiación carismática de su antecesor, la figura de Benedicto XVI, naturalmente contenida, se mostró suelta, y se dejó conmover por el arrebatamiento de los fieles. La figura del Papa es un símbolo poderoso que evoca en el inconsciente colectivo arquetipos ancestrales del gran padre, el sabio, el chamán, que dispone de poderes sobrenaturales. Esta clase de arquetipos hablan a lo profundo de las personas y movilizan grandes sentimientos. Por esta razón y reconociendo la diversidad de circunstancias me atrevo a rastrear algunos elementos del último día de la visita de Francisco a Ecuador.

Miles de ecuatorianos participaron de las diferentes actividades organizadas con el Papa, a su vez, muchos colombianos visitamos al hermano país para ver y escuchar al Obispo de Roma. Muy de madrugada un grupo numeroso de sacerdotes, religiosas y seminaristas hicimos fila para entrar al campo Mariano del Quinche, se respiraba un gran ambiente y entusiasmo, no comparado con el de los laicos que a través de grandes vigilias, oraciones y cantos preparaban el encuentro con Francisco. Sí, ya lo sé, somos curas, hemos estudiado, por eso ya no estamos para esas cosas. (Una cosa es madurar la fe y purificar la experiencia religiosa, otra perder la ternura, el asombro y la misma piedad). La constante relación con el fenómeno religioso nos ha hecho presas de la rutina y la acomodación, asunto por el cual, para nosotros consagrados este evento parecía un espectáculo más y no un momento para la fe.

Puede ser exagerado lo que afirmo, pero, en el transcurso de la mañana y mientras se nos dirigía la oración, quienes en tarima estaban (Obispos y otros religiosos) no entonaban cantos ni oraciones, sino empuñaban celulares para contar que estaban ahí cerquita del Papa, saludaban a las cámaras o sostenían una amena conversación. ¿Olvidamos el pasaje de Lucas al cual tanto acento colocamos cuando estamos en el ambón? “Una cosa es necesaria, elegir la parte mejor”. Claro, algunos, como los maestros de ceremonia estarían en función de colocar la silla en su punto exacto, del sonido y lo demás, ¿pero, lo demás, al menos para quienes no eran responsables de aquello, no es baladí? Para cada cosa su lugar y su momento. Es incómodo que el conjunto de religiosos y sacerdotes presentes presionáramos con proclamas para que los obispos canten y oren con el pueblo reunido. El Papa también los aludiría en su mensaje tras los gritos de la gente.

Muchas cosas resalto de su presencia en el Quinche:

Su estilo: Siempre sorprende, no es acartonado, a pesar de que tiene a dos personas a su lado, quienes le indican por dónde tiene que ir, qué se tiene que colocar y qué tiene que decir. “Un discurso que no tengo ganas de leer”, la estola que no se colocó para bendecir al pueblo y muchos gestos más. Sonríe con frecuencia, concentrado profundamente cuando celebra la misa y se encuentra en oración, algo incómodo cuando le gritan arengas que le hicieran sentir a él como indispensable. Sus gestos seducen, sus palabras interpelan, y lo hacen porque son sencillas, habla como un hijo del pueblo y expresa lo que el pueblo siente y piensa. Tal vez, por ese motivo sus palabras terminen siendo tan corrientes, pero, al tiempo, tan cortantes.

Hace algunos meses un sacerdote amigo me dijo: No gusto de él porque es demasiado ordinario y mediático; yo respondí: Jesús fue bastante ordinario, muy ordinario, no veo por qué Francisco no lo sea. Me gusta el Papa no porque haga cosas para llamar la atención, sino porque actúa como él es (no puede ser de otra manera) y porque su personalidad (mentalidad, sentimientos, reacciones, palabras y gestos) se asemeja a la de Jesús.

Su gran sentido del humor: En varias ocasiones bromeó y sacó sonrisas a los asistentes. La preocupación por las novelas, esto va para las monjas, ya que los obispos están aquí. No son simples estereotipos, sino salidas ingeniosas en las que se dirige a todos para poder llegar a algunos. Los juegos de palabras, las nuevas expresiones, son instrumentos eficaces y operativos que desalientan los desvaríos del falso poder.

Hagan lo que Él les diga, no protagonicen nada, hagan que se manifieste la gratuidad de Dios, sin esta cualidad nos vamos haciendo importantes. La preocupación del Papa por el “carrerismo” en la Iglesia ha sido una constante. Existe un constante peligro, creernos dueños del pueblo de Dios y eso produce que lo explotemos, que busquemos sacar provecho de él, que en ocasiones lo desatendamos y lo pisoteemos. Así mismo, la tentación de sobresalir, de diseñar y organizar espectáculos para que nos vean y nos escuchen y no trabajar por el proyecto de Jesús. Necesitamos ser discípulos que eviten tener la aspiración de llegar a reemplazar al maestro.

No pierdas la memoria de dónde te sacaron, no reniegues de tus raíces, no te sientas promovido, es muy triste que existan sacerdotes que se olvidan de su lengua, que no la quieran hablar. En Guayaquil se cantó a Dios en latín y en el Quinche muy pocos de los presentes cantaron el padre nuestro en Quichua. En muchos de nosotros existe el deseo de ser príncipes, de ocupar el primer puesto, de querer formar parte de una casta sacerdotal especial, olvidando así nuestros humildes orígenes, se pierde así el entusiasmo original, la sencillez primera, el estilo particular. De un momento a otro empezamos a vestir distinto, a comer sólo ciertas cosas, a hablar con un tono diferente, a compartir la vida con cierto tipo de personas. Se nos borra de la memoria que somos pobres, que pertenecemos a un pueblo pobre y que tenemos que luchar por él.

Servir con alegría, servir cuando la gente nos harta sin perder la paciencia. Nuestro pueblo está cansado de nuestros estados de ánimos coléricos e hirientes, no quieren que los tratemos mal, buscan ser atendidos, escuchados, reconfortados con una palabra sabia y tierna. Desean tener en sus comunidades verdaderos padres, hermanos y pastores, no tiranos, amos y déspotas. La alegría no es algo que en el sacerdote se pueda instalar superficial y momentáneamente, se vive cuando se es agradecido y cuando no se olvidan las raíces.

Puede que algunos den por hecho que las multitudes reunidas en estos días y la conglomeración de religiosos alrededor del Papa expresen la vitalidad de la Iglesia y del clero, a mi parecer los hechos descritos son síntoma de una crisis en la vida sacerdotal y religiosa que el Papa Francisco a desenmascarado de forma ingeniosa. Ha sido reconfortante su visita y sus palabras, aguardo a que esto no quede para nosotros en la simple emoción de un momento, en el recuerdo de una fotografía, sino en el propósito firme de renovarnos a la luz del evangelio de Jesús que Francisco vive y predica.


El Padre Arturo, quince años caminando juntos

31.03.15 | 16:30. Archivado en Iglesia


El Padre Arturo, así lo llaman todavía en su Diócesis, aunque preferiblemente gusta escuchar su nombre, Arturo, sin más, sin reverencias marrulleras, ni títulos lisonjeros es conocido por muchos; donde ha ido, la gente lo recuerda con agrado, su trabajo y personalidad atrayente son esquivos al olvido. Sus ojos que salpican alegría y tranquilidad y su espalda arqueada ya por el trajín de los años exteriorizan el corazón de un hombre grande, de un cristiano genuino.

La rectitud y la libertad no se improvisan, cada uno da lo que es. Los yerros, miedos o incongruencias de las personas no son producto del albur, anidan en el interior. La vida del Padre Arturo muestra que, en todo su excurso vital hay un torrente secreto que lo recorre, lo alimenta y mueve en un mismo rumbo. Ese río interior que es historia, marchará a diversos ritmos, a veces impetuoso, otras reposado, obedeciendo a los detalles de la trayectoria y de las circunstancias, que buscan truncar o desviar de la meta, o en otras ocasiones posibilitan su conquista.

Desde su oficio como docente aprendió a hablarle a la gente de forma sencilla, la vivacidad de sus palabras, el tono de su voz y su alto sentido del humor nos ponen de cara a un maestro que hace resonar el mismo clamor de la vida y no ante un clérigo que sufre de episcopalitis aguda.

Asumió con esperanza la renovación traída por el Vaticano II, asunto que lo impulsó a viajar a Honduras, allí, tuvo que hacer frente a los estragos producidos por el huracán que asoló a este país en el año de 1974. Al ver a miles de sus fieles muertos y a la comunidad entera devastada comprendería que la cuestión social y el Evangelio no pueden disociarse.

Siempre ha sido un gran misionero, no sólo por sus diez años en el extranjero sino por sus otros dos lustros recorriendo alegremente los caminos de su Diócesis de Jericó. Acompañado por gente de todas las edades marchaba entre el jadeo del sol, el ahogo del Cauca viejo y el flemático viento de la cordillera por todos los pasajes y recovecos del suroeste antioqueño. Siempre entusiasta y cercano, junto a un acordeón y a una guitarra le cantaba a la vida, al ser humano y a Dios, a la esperanza y al dolor; al niño y al anciano, a sus comunidades a las que buscaba alentar y organizar en la fe. Lo mismo ha hecho en Ipiales, resistiéndose a montar una bestia, camina a paso largo con sus botas y su ruana; ha transitado por todo el territorio diocesano visitando las poblaciones más alejadas, sorteando su marcha con la crudeza del clima y el riesgo de la violencia.

La música le ha permitido no sólo disfrutar buenos momentos en la compañía de su familia, sino atraer a hombres y a mujeres a la fe. Con un cancionero acostumbraba antes de la misa en Honduras, Salgar y Ciudad Bolívar enseñarle al pueblo a cantar, no ha perdido esa costumbre, en los diferentes encuentros aprovecha para orientar y repasar melodías religiosas. En todas las misas nunca anda disperso, contempla con espíritu ferviente lo que celebra y hace resonar entre la multitud su segunda voz que acompaña sutilmente el canto litúrgico.

Ama la tierra, hábil y conocedor de cualquier plantío y del mismo cuidado de los animales. Su día empieza muy temprano en la huerta, donde él mismo prepara el suelo, lo abona y cuida. Sin duda es una forma de descansar, pero al tiempo, una expresión de su sensibilidad por la tierra y los campesinos, así como de su estilo de vida: sobrio y austero. Las mismas frutas que degusta en las comidas son las que él mismo cultiva y cosecha. Preocupado constantemente por la pobreza en la vida de la Iglesia ha emprendido muchas obras en favor de los más necesitados. Algunas de ellas, por las que ha sido descalificado y que evidencian su vena antioqueña de gran emprendedor y visionario proporcionan al presente y al futuro la posibilidad de sostener el trabajo eclesial de cara a los más pobres. A esto se añade, los esfuerzos realizados para que todos sus sacerdotes vivan moderadamente evitando el despilfarro y la simonía.

Su alimento es sin duda la oración constante y su amor a la Eucaristía. Desde la mañana hasta las altas horas de la noche en las que llega a su casa tras su infatigable labor, acostumbra a dedicar momentos para el encuentro con Dios. Gran afecto y reverencia tributa a la Madre de Jesús, la Mestiza de las Lajas se ha convertido en su faro y bastón, su refugio y baluarte.

Continuamente afirma que la Iglesia termina siendo como un avión que recorre constantemente los aires alejada de la tierra donde caminan los hombres. Esta perspectiva lo hace ser un hombre de amplios horizontes, con un sentido profundamente práctico y muy realista. A través de un diálogo sincero coteja posibilidades y contradicciones, le gusta aprender de los demás y cuando se trata de reconocer que el otro tiene la verdad lo hace.

Al lado de su jovialidad y hospitalidad está su intransigencia, que no se identifica con la testarudez del tirano o la terquedad del patrón, sino con la radicalidad de un padre que ama. Es fuerte y ligero para decir las verdades, señalar los abusos y reprobar la mentira, pero cándido, paciente y compasivo para acoger al otro cuando hay señales de renovación. El espíritu paterno que lo vincula a sus sacerdotes y fieles lo hacen ser exigente y enérgico, el endurecimiento de su carácter proceden de la confianza quebrantada y del amor empeñado que puede estar viciado. Espera mucho de los demás, también de sí mismo, por eso su trabajo apretado y la constancia en vivir coherentemente su vida cristiana.

Es un gran obispo, un estupendo padre, un excelente hermano, un buen compañero de trabajo, un cristiano coherente y un maravilloso ser humano. No se necesita tener una cita previa para hablar con él, te habla y escucha cuando lo necesitas; levanta sus cosas, se ríe a gusto, cuenta sus propios chistes, a veces se le nota cansado, otras preocupado o enojado, pero, siempre está ahí para todo aquel que requiere a su Obispo.
Sin menoscabo de la verdad en su personalidad afloran grandes virtudes que las ha puesto al servicio de esta Iglesia local, también lo rodean fallos y descuidos que le permiten confesarse como un hombre pecador necesitado de la misericordia de Dios y de la ayuda de sus hermanos, asunto que no empequeñece su persona, ni ensombrece su misión, sino que lo ponen en dirección del camino propuesto por Jesús.

Con contundencia declara Pedro Casaldáliga que es fácil llevar a Jesús en el pecho, lo difícil es tener pecho, coraje para seguir a Jesús y esto último lo hemos visto patente en nuestro padre Arturo.

La autenticidad de un ser humano se revela y es motivo de admiración para próximos y distantes y para nadie deja de ser indiferente. Esa autenticidad y no la suma de conocimientos es lo que provoca fascinación, seducción y credibilidad. La credibilidad del Padre Arturo ha entrado en nosotros durante quince años de servicio episcopal. Gracias por ella.

A él, no gustoso de lo accesorio y recargado le ofrezco el canto del obispo poeta: Que tu mitra siga siendo un sombrero de paja; el sol y la luna; la lluvia y el sereno; el pisar de los pobres con quien caminas y el pisar glorioso del Señor. Tu báculo, la verdad del Evangelio y la confianza del pueblo en ti. Tu anillo, la fidelidad a la Nueva Alianza del Dios Liberador y la fidelidad al pueblo de esta tierra. Tu escudo la fuerza de la esperanza y la libertad de los hijos de Dios.


Voltaire agoniza

17.01.15 | 23:12. Archivado en Sociedad

A la manera de una catástrofe natural que acontece sin preaviso, que trastoca la tranquilidad imperante y deja el sin sabor de la tragedia, un hecho fatídico ha sacudido a Paris y a todo el mundo en los recientes días: La masacre en la revista satírica francesa Charlie Hebdo. Ya nos estamos acostumbrando a este tipo de cosas: Sorpresa, horror, protestas, slogans, muestras de caridad y ya. La tranquilidad recuperada, el enemigo señalado y perseguido, el orden establecido aparentemente defendido. Pero, ¿Cambian las cosas de raíz? ¿Se exilian las verdaderas causas del terror? Tozudamente continuamos envenenando la atmósfera y quejándonos seguidamente del calentamiento global.

El asesinato siempre será condenado sin titutebeos, empero, ante la proliferación de comentarios, fotografías y manifestaciones es inevitable como bien lo sugiere el filósofo žižek, tener el coraje de pensar, yendo más allá del activismo virtual. Así también, lo sugiere Chomsky: Las consignas apasionadas como “Soy Charlie Hebdo” no deben siquiera insinuar una asociación con la revista, sino que más bien deben expresar la defensa del derecho a la libre expresión, aun cuando esos contenidos pueden ser odiosos o depravados.

Teme a tu prójimo como a ti mismo. Estos hechos ponen en evidencia la asunción de un mundo en el cual sólo la coexistencia es posible con el afín, con el amigo, con gente que piensa, siente y cree como yo. El enemigo, el otro, es un intruso y al adversario no hay que puramente ganarle, además, hay que destruirle. El carácter social para el pensador francés Alain Touraine es reducido a la confrontación entre clanes, culturas, religiones.

¿Cómo creer en esta aseveración si actualmente se propugna la tolerancia multicultural y religiosa? La propuesta actual de la tolerancia no es más que una taimada forma de discriminación. Mientras se predica la afirmación de las diferencias culturales no se hace sino tapar la homogeneidad que se ha extendido por todo el mundo. Así lo recuerda žižek: En los países occidentales desarrollados la tolerancia quiere decir no acoso, no agresión. Lo cual significa: No tolero tu excesiva proximidad, quiero que mantengas la distancia adecuada. Lo que pasa es que tenemos problemas con la alteridad radical del otro, del prójimo. Y en el discurso políticamente correcto se esconde una extrema violencia... Este hecho se relaciona con la tolerancia, que actualmente significa su contrario.

Así que, cuando Touraine afirma que es a Voltaire al que asesinaron hoy, me atrevería a decir que no ha sido exclusivamente el fundamentalismo islámico el que ha intentado dar el tiro de gracia a Voltaire sino el mismo discurso mancillado de la igualdad, la fraternidad y la libertad de los países democráticos el que ha propinado a gotazos la agonía de estos valores. Lamentablemente, quienes los han defendido públicamente, en otros escenarios son quienes más los han pisoteado.

¿Qué es terrorismo y barbarie? ¿Sólo la bomba detonada en Estados Unidos o en Europa por extremistas islámicos o también el bombardeo con drones en los países orientales financiados por los Estados democráticos? ¿Exclusivamente la reacción bárbara ante la islamofobia o el proyecto neocolonizador sobre Oriente? ¿El mundo solo debe gritar Je suis Charlie, o también Je suis Boko Haram, Je suis Al Tabka, Je suis Malí? (uno de los países musulmanes en los que Francia apoya acciones bélicas)

Es lamentable que el sentido humano de la urgencia y de la solidaridad hoy se encuentre sobredeterminado por condiciones políticas. Virtualmente nos sentimos solidarios con los franceses pero permanecemos indiferentes ante el terrorismo que cobra mayores víctimas en Medio Oriente y que es financiado por países occidentales. Hoy, con la manera en que Estados Unidos y otros país más hacen la guerra, el concepto de culpable se ha transformado en que culpable es aquella persona que decidimos en una reunión en la Casa Blanca y todas las personas que estén a su alrededor, afirmó Chomsky hace unos meses. Para él, Estados Unidos es el creador del Estado Islámico y la difusión general del yihadismo radical es una consecuencia bastante natural del martilleo de Washington sobre la frágil sociedad de Irak.

El peligro de los pseudo-fundamentalismos. Citando a William Butler, žižek en su libro Sobre la violencia, afirma que los mejores no son ya capaces de implicarse, mientras que los peores se implican con el fanatismo, religioso y sexista. Empero el filósofo de Liubliana contradiciendo al mencionado autor establece que los verdaderos fundamentalismos como el de los budistas tibetanos no se sienten amenazados por quienes piensan y actúan distinto, ni tampoco, sienten envidia de aquellos. Los pseudo-fundamentalismos, por el contrario, se ven infatigablemente trastornados por el modo contrario de vivir de otros. Y este apasionamiento exacerbado los hace presa del exclusivismo, la miopía, el fanatismo, la autosuficiencia, la pedantería, la envidia y la ansiedad. Esta forma de actuar obnubila y cercena la razón.

¿Cuán frágil ha de ser la creencia de un musulmán si se siente amenazado por una estúpida caricatura en un periódico satírico semanal? El problema con los fundamentalistas no es que los consideramos inferiores a nosotros, sino, más bien, que ellos mismos secretamente se consideran inferiores, afirma žižek. Ese apasionamiento fijo por una idea o creencia desata un síndrome de inferioridad y persecución del otro, considerado como pagano o enemigo. El inconveniente de estos días es que no sólo los atacantes del semanario francés han actuado inducidos por esta fuerza mortífera, sino que soterradamente en el mundo occidental también hay un sentimiento de inferioridad que produce su reacción contraria: su anatemización y persecución ideológica y bélica.

La necesidad de la sátira. Han aparecido muchos escritos defendiendo el humor, algunos señalan sus límites, otros defienden la idea de no restringir la ironía. En el Ecce Homo, Nietzsche, apunta que el cinismo es lo más elevado que puede alcanzarse en la tierra; para conquistarlo hacen falta los puños más audaces y los dedos más delicados. No cabe duda que las generalizaciones que pueden originar en este caso las caricaturas resultan incómodas, así como lo es la identificación de todos los pueblos musulmanes con el terrorismo, pero no se puede confundir la altura de la sátira que busca preparar al otro en un conocimiento mejor que la maldad pura y gratuita. Ominosa no es la caricatura de un eclesiástico besándose con un niño, por ejemplo, sino la pederastia misma existente en algunos clérigos y que da origen a la caricatura. Lastimosamente el arma mordaz de la sátira es la utilización de íconos reconocidos para urgir la atención y hacer más diáfana la crítica, asunto que a algunos incomoda.

Hoy sigue siendo ineludible la sátira, a ella le incumbe la labor de depilar el pelambre, de revelar las argucias, de decantar las leyendas y mitos, de hacer detonar las insatisfacciones forjadas y mantenidas por la sociedad, de impedir las cristalizaciones sociales y luchar contra las ideologías imperantes. La sátira es una espada de doble filo, una moneda de dos caras: ingeniar y demoler son dos tareas inevitablemente enlazadas. Así lo expresa el filósofo fránces Vladimir Jankélévitch: El cínico cree en la fecundidad de la catástrofe y asume valientemente su pecado para que éste se revele imposible, insociable, intolerable; hace estallar la injusticia en la esperanza de que termine por anularse gracias a la homeopatía de la sobrepuja y el escándalo.

El humor introduce constantemente un fermento de insubordinación. Su actividad siempre es temida por aquellos que profesan supercherías y gregarismos. No hay que olvidar la ironía presente en lo dichos y gestos de Jesús contra el oficialismo religioso y el poder político de la época. žižek nos recuerda que el cristianismo irrumpe la noción pagana de la inversión cómica de las relaciones normales de autoridad en las que, por un tiempo determinado un idiota es celebrado como rey. En el cristianismo el “auténtico rey” se rebela como su propia blasfemia, un señor del desorden, un loco.

Lo que no hay que olvidar es que hay que empezar a criticar con análoga fuerza a uno mismo aquello que con tanto brío les reprendemos a los otros.

“La verdad duele. Y cuando la verdad hiere realmente,
solo puede presentarse como una comedia.
Cuando las cosas van muy mal, solo puedes recurrir a la risa,
evidentemente se trata de una risa medio vacía, medio enloquecida”

Slavoj žižek


¿Vivir es complejo?

23.12.14 | 17:07. Archivado en Acerca del autor

No cabe duda que el mundo entero atraviesa por un cambio vertiginoso que no conoce reversa, por esta razón, la máxima actual se traduce en modernizarse o perecer, y este vuelco resulta a veces de forma espontánea, en otras bajo presión.

Existen variedad de fenómenos que expresan lo ya descrito, una de las constantes de esta generación que se siente muy cómoda con sus nuevos conocimientos, sentada frente a la pantalla grande, encantada, cubierta y hechizada por el reality del momento es la de haber atiborrado la vida de una serie de artificios que la convierten en algo pesado y complicado, y no me refiero al complejo mismo acto de existir y estar abocado hacia la muerte, sino a su contrario.

Vivir es sinónimo de lucir, comprar, gastar, acumular, derrochar; quien no tiene, no gasta, no acumula y no se ufana de su comodidad no existe, está muerto, es invisible. Lo que no hace espectáculo, lo que no genera la mirada atrayente de los otros no sobrevive. Pensemos a gran escala en lo que acontece a través de los medios de comunicación, también a corto diámetro lo que sucede en Facebook, Instagram o en los pequeños corrillos de nuestras calles y plazoletas, quien no actúa de forma novedosa, no viste al son de la moda y no disfruta de los empalagosos placeres del mundo moderno ha desaparecido. Hasta hace unos años este modo de proceder era la excepción, hoy es lo corriente y natural.

Por esta convicción, la vida asumida de forma sencilla y natural hoy se ha convertido en una excepción que llama la atención, paraliza y en muchos casos estorba. Recuérdese el auto de Pepe Mujica y su estilo de vida, o las suelas de los zapatos del Papa francisco fotografiadas por más de uno. El estilo espontáneo, pobre y directo convirtiéndose en la excepción al modo habitual de vida parece extraño, distante y complejo. Además, se corre el peligro de buscar sólo el espectáculo, hay que pensar en los numerosos programas de televisión, premios y reconocimientos que se originan por vivir de forma corriente. Termina siendo un ridículo premiar a alguien por ser pobre. Ayudar a los demás, respirar sin la pretensión de escamotear, utilizar un lenguaje normal y cercano, vivir sin la obsesión de acumular no pueden convertirse en medios para brillar en el opaco mundo de la fama.

De continuar así terminaremos repitiendo la misma historia de estos formatos de televisión: "Ningún ser humano es verdaderamente indispensable, excepto unos pocos ganadores solitarios, sobrevivir es el nombre del juego del estar juntos y la apuesta suprema para la sobrevivencia es vivir más que los demás. Es necesario devolver a la vida su desnuda esencia", ¡Hagámoslo!


El sueño de una nueva primavera

14.10.14 | 06:14. Archivado en Francisco, Iglesia

Ya ha iniciado, su marcha va a pleno trazo ecuatorial, se siente la esperanza, también es perceptible el miedo, las consideraciones y propuestas vienen de todas las direcciones, el crepúsculo ya llega, pero con él muchos deseamos que continúe la primavera, no el invierno eclesial de otrora. A continuación, algunas consideraciones a propósito del Sínodo de Obispos.

Todo fluye, todo varía, la realidad cambia. Es un presupuesto antiguo de mucha resistencia en el ambiente eclesial, la inercia para hacer un reconocimiento de su verdad es elevada, pero es más la desidia para corresponder en la práctica. Mientras que pasivamente se da a tientas una valoración de los constantes giros, ya otros han aparecido.

El foco más determinante es la creciente autonomización de los distintos ámbitos de la realidad, dotada de una legalidad intrínseca y que asoma como esencialmente histórica y evolutiva. Esta situación requiere, entonces, una nueva configuración teológica y pastoral que debe extenderse a todos los espacios.

Espero que el Sínodo no se quede en una visión tímida de los nuevos fenómenos que circundan a la familia y que todo el mundo ya sabe (Qué triste es escuchar la voz oficial de la Iglesia pronunciándose tardíamente sobre un tema, cuando ya muchos con pericia y autoridad lo han hecho a tiempo), tampoco en una timorata repetición de documentos ya existentes sino en la apuesta por unas propuestas que respondan con la alegría del Evangelio al mundo que hoy nos toca.

Esto requiere una nueva actitud ante la Escritura, el dogma y la misma realidad. A propósito Edward Schillebeeckx dice: “Con frecuencia los teólogos sacan a la vez demasiado y demasiado poco de la Escritura, debido a que ellos no la consultan a menudo más que con un arsenal de argumentos a favor de posiciones teológicas establecidas en forma real y supuesta”.

Alguno podría referirme con las palabras de San Vicente de Lerins: “Enseña lo mismo que has aprendido para que al hablar de una nueva forma no digas cosas nuevas” No se olvide con San Agustín que El mismo Señor en cuanto se dignó ser camino nuestro no quiso retenernos, sino pasar. Esto significa que hoy no sólo urge una renovada actitud pastoral, sino también una transformación en la doctrina. La buena nueva de Jesús nos sigue interpelando y lo hace ahora desde otros contextos, ¿Lo escucharemos? ¿Interpretaremos su mensaje? Hay que correr el riesgo.

Juan Luis Segundo lo explicaba muy bien hace unos años: “Dios no parece preocuparse de que lo que revela sea verdad en sí mismo, verdad eterna, verdad inalterable, sino de que se haga verdad en la humanización progresiva del hombre… La revelación divina no es un depósito de informaciones correctas, sino un proceso pedagógico verdadero”

Que las conclusiones del Sínodo no nos conduzcan a ningún camino como en otras ocasiones. Ya no queremos que se hable y se hable sin más.

Una voz que ya no se tiene en cuenta. Con mucha arrogancia varios jerarcas de la Iglesia asumen que sus palabras son fielmente obedecidas por los fieles. Hay que reconocer con franqueza que la voz pública de la Iglesia hace tiempo atrás que ya no es tenida en cuenta, de hecho, muchos fieles viven de manera contraria a como sus pastores indican y no sólo eso, un gran número de ellos con serenidad y pericia logran contradecirlos. Y qué decir de los que no comparten nuestra fe, indiferencia y sarcasmo. Así lo canta Silvio Rodríguez en una de sus canciones: Se ama sin la Iglesia y sin la ley.

Así es que, de un tardío reconocimiento y de una perezosa respuesta hay que pasar a una osada tarea de acompañamiento que no implica meramente acoger porque ya muy pocos vienen, sino de salida, búsqueda, exploración. Por eso, es muy necesario antes que hablar, escuchar no sólo a los peritos bíblicos, a los expertos en el Denzinger y en el catecismo de Wojtyła, a los especialistas en Derecho Canónico, sino a la gente de a pie (Ellos son quienes en definitiva toman la decisión de casarse, de tener hijos, de usar anticonceptivos, de tomar otras orientaciones sexuales)

Observar, escuchar, valorar, aprender, iluminar, no satanizar. Todas estas expresiones remiten al reconocimiento de una verdad que ya no tiene freno (y que no es demoniaca) y es la autonomía de la persona, la gente desea pensar, decidir por sí misma, creer y validar su confianza religiosa de formas distintas. Esto implica explorar el mundo de otra manera: Valorar la sinceridad con la que la gente expresa sus opiniones y termina con los tabúes, la rebeldía con la que se refrena el autoritarismo, el erotismo como expresión del amor, el reconocimiento del propio fracaso (incluso del amor) así como el deseo de un nuevo proyecto, y la autodeterminación sexual.

¿Democracia en la Iglesia? Ya sé que la expresión es de opiniones encontradas, pero el Sínodo no puede convertirse en un grupo minoritario de carácter sagrado que decide en nombre de Dios la vida de la mayoría. La exploración de una nueva propuesta tiene que tener en cuenta a más grupos, más personas, especialmente a los que no tienen voz. En las diferentes exposiciones no puede resonar exclusivamente la palabra de la clerecía, los laicos también deben hablar y sus argumentos deben proceder de muchas direcciones no sólo de una.

Así mismo, no puede invocarse la voluntad de Dios para fijar determinados criterios. ¿Dónde está el papel que lo asegura? Humildemente hay que reconocer que es una búsqueda que no conoce al presente el final, y como toda pesquisa hay que aceptar que también puede fracasar.

No líen fardos pesados que ustedes no pueden cargar. Drewermann, ese gran autor que logra describir el drama de los clérigos, nos enseña que uno de los complejos de la oficialización de la fe es fijar sobre otras personas duras obligaciones cuando a hurtadillas se disfruta de sus transgresiones. Es expresión de un frio cinismo actuar intransigentemente contra algo que aparentemente se teme y odia, cuando en realidad es lo que más se desea.

La primavera ha iniciado, que nuestros inviernos no la repriman.


¿Tiene futuro la Diócesis?

18.09.14 | 05:21. Archivado en Iglesia

No puede convertirse en faro quien apenas emprende zarandeado por las fuerzas de las olas y fatigado por la inexperiencia al navegar, camino hacia la bahía, empero, sin buscar ser árbitro de la historia recorrida escribo con el mismo fervor que moviese al Padre Justino y Mejía y Mejía a dirigir estas palabras a Monseñor Arteaga Yépez en su posesión canónica en Ipiales: “En oportunidades de esta laya es usual pedir consignas y hacer balances, elogiar y olvidar, cancelar pedestales sobre setos de azul y levantar pirámides sobre murallas de rosas. Pero aquí no, Excelencia. Somos río que nunca desmaya, somos camino que nunca muere. Somos llama que nunca se apaga”.

El pasado será mejor contado, esclarecido y evaluado por los peritos, a mí me turba el futuro y me inquieta porque la hoguera puede languidecer, la comunión estropearse y la fe viciarse o sucumbir; así lo expresa Baudelaire: “Mi alma amó en otro tiempo la lucha encarnecida / La esperanza, que antaño espoleaba su ansia, / ya no atiza sus fuegos. Sin pudor ni arrogancia, / hoy se acuesta cansada como una bestia herida”

¿Tiene la Diócesis de Ipiales un porvenir? En todo caso, esta Iglesia particular tiene un pasado y un presente, pero estos no pueden empalagarnos para consolarnos con un futuro promisorio. Habrá un futuro si no nos sustraemos con sensiblería, tradicionalismo o fantasía al presente. De esta manera, esta Diócesis, nosotros no podemos esquivar una firme y constante renovación en la teoría y en la práctica con miras al momento concreto del mundo siempre cambiante. Este reto se torna en una manía de ponga y quite, recoja y bote, si no se fundamenta en los orígenes, si no se asienta sobre Jesús al que debe la Iglesia su razón de ser y existir y si no corresponde con el evangelio a la realidad que la circunda.

En este sentido una sola cosa es esencial para nuestra Diócesis: ser más cristiana, más evangélica, en pocas palabras ejercer su misión de servicio en el mundo.

Servicio como antípoda de dominio y arbitrariedad. No consiste en hablar disparates y disponer directrices y sanciones constantes sobre aquellas dimensiones de la vida que sólo le corresponden al experto, servir es, en ciertos casos, guardar silencio con honestidad confesando que se ignora el tema, y que tampoco se necesita saber, pues en el mundo de hoy otros son idóneos para ese asunto.

Servir al mundo no significa dominarlo o tener pretensión soterrada de hacerlo, es renunciar al protagonismo y privilegios que la historia puede conceder pero cuya salvaguardia huele a rancio. Tampoco implica ilusionarnos pensando que la Diócesis puede solucionar los grandes problemas de esta región y del ser humano en general: El narcotráfico, el desplazamiento forzado, la contaminación ambiental, la pobreza; sino simplemente y con humildad ponerse al servicio de esta realidad. ¿Cómo hacerlo?

La Diócesis debe saber qué hay verdaderamente sobre el mundo y sobre su territorio, también, debe conocer la geografía del corazón y de la mente de los hombres y mujeres a quienes desea servir. La Iglesia puede responder a las grandes inquietudes que el mundo busca y que otros tantos han olvidado y ya no les importa: ¿Qué puedo conocer? ¿Qué debo hacer? ¿Qué puedo esperar? ¿Qué es el hombre?


La Diócesis tiene que estar en el mundo, no puede separarse de él, tampoco simplemente hacerse semejante al mundo, tiene que tomar parte en sus desventuras y anhelos, conllevar sus valores y yerros. Sólo una Iglesia vinculada por amor al mundo, una Iglesia libre y sin ventaja arribista por el mundo podrá salirle al encuentro y contradecirle siempre que lo exija el evangelio, para poder así ciertamente mantenerse una y otra vez a su lado.

Servimos al mundo cuando nos comprometemos con él, no bastan las palabras o una convivencia pálida, estamos llamados a un servicio activo, no puede ser una alianza holgazana, sino una auténtica corresponsabilidad siempre de cara hacia fuera. El mundo sepa o no lo sepa, acepte o no lo acepte necesita la ayuda de una Iglesia solidaria y fraterna.

No hay nada que no deba hacerse con las puertas de la casa hacia fuera, y esto no con un afán publicitario y lucrativo. ¿De qué valdría el decoroso estuco veneciano sobre las columnas de nuestros templos y capillas, el sermón más elocuente que se quiera, la liturgia más pomposa que se pueda, un plan de pastoral perfectamente idealizado, emotivos encuentros de oración, una catequesis rigurosamente controlada, suntuosas procesiones, una actividad benéfica constante, si sólo abrigara a una comunidad que en un retraimiento no difundiese calor ni luz algunos? ¿Para qué una Diócesis sólo para sí misma? ¿Para qué una comunidad de fe que no tome en serio a aquellos que no hacen parte de ella?

Esta tarea hay que asumirla sin titubeos y miedos. La Iglesia particular no puede inocentemente dar un paso esperando siempre la venia foránea, con intrepidez y audacia debe buscar salidas a sus propios problemas, crear, reinventar y modificar programas de trabajo, concederle voz a la realidad que le ha tocado, cargar con ella y si es posible redimirla, aunque a veces tendrá que dejarse cargar por ella. Una Diócesis partera de su propia aventura, responsable de sus problemas, creadora al celebrar la fe, maestra sabia para enseñar, escuchar y aprender, hermana sincera y fraterna para trabajar con otros y por otros, discípula y no dueña, misionera y no inspectora, viva y no cadavérica.

Nuestra Diócesis tiene futuro porque por gracia de Dios, ha tenido un comienzo, que es para ella, en el presente, don y tarea, promesa y esperanza. Pero que no nos engañemos, la viña también se nos puede arrebatar, y en este caso el futuro no nos pertenecerá (Mt 21,41)


No me toquen ese vals

09.08.14 | 00:45. Archivado en Iglesia

Hay ciertas canciones que no forman parte del baúl de mis preferencias, no crean que soy un adorador fiel de lo foráneo, gusto de las expresiones artísticas autóctonas, pero aquí y allá, arriba y abajo, aquende y allende se escuchan un gran número de sonsonetes que terminan por estropear la mente, taladrar los oídos y amargar el corazón.

Este panorama no es ajeno a la Iglesia, en las celebraciones litúrgicas, jornadas de oración y actos devocionales gustamos cantar lo mismo y lo mismo, repetir estribillos hasta el cansancio o lo que actualmente sucede, incorporar letras que han convertido la experiencia cristiana en una relación melifluo-compulsiva entre Jesús y el creyente.

Yo sé que ustedes también lo han experimentado, cuando al iniciar la Eucaristía lo único que se entona es “Vienen con alegría” o “Alabaré”, en Navidad llegan los soniquetes: “Tutaina, tuturumaina”, en Pentecostés suele acontecer lo mismo, “Espíritu, Espíritu, Espíritu, Espíritu”, esta palabra mil veces repetida. Y no es más saludable lo de las recientes canciones atiborradas de romanticismo: “Tú sabes bien, lo que yo tengo guardado en mi interior, todo aquello que me aturde”,“Dios está aquí, está aquí”, hay muchos que ponen a volar ángeles sobre el altar: "Sí, vuelan los ángeles en el lugar, en medio de todos y sobre el altar" en fin, desearía que no me toquen ese vals, o bueno, no me zumben ese canturreo.

Estas últimas cargadas de un alto potencial emocional y de un exagerado individualismo ponen la relación con Dios, al nivel de esas frustradas y empalagosas historias de amor evocadas por aquellos vallenatos macilentos que terminan alborotando los sentimientos y envenenando el alma de pasión. La vida cristiana termina siendo un drama romanticón entre el puro y tierno amor de Dios y la miserable e infiel respuesta del ser humano.

En este asunto todos tenemos responsabilidad. En la comunidad parroquial a la que pertenezco hemos buscado últimamente renovar el espíritu musical de la liturgia enseñando aquellos cantos que estremecían Latinoamérica hace unos años atrás, son salidas eventuales ante la crisis referida.

Hay que estimar los grandes tesoros musicales presentes en la tradición cristiana para que no se olviden; motivar a los artistas para que compongan, la Biblia es una fuente de gran inspiración, en ella hay una interacción inigualable entre poesía, música, historia, individuo y sociedad.

¿Por qué las comunidades no cantan durante sus celebraciones? Porque no se han apropiado de la música utilizada, porque ellas mismas no han parido canciones. Él éxito de las misas centroamericanas radicó en que la misma experiencia del pueblo se expresó en la música litúrgica: El ritmo, los instrumentos, la letra y la fuerza del canto exigía liberación, entonaba esperanza, reclamaba justicia, celebraba la fe.

Hay mucho por hacer en este campo, ánimo y decisión a los músicos, fieles y sacerdotes.


Domingo, 20 de agosto

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