Pura Letra

De agresores a soldados de la paz

07.12.10 | 16:55. Archivado en Ensayos

La sanidad del violentador es posible cuando se derriban los edificios argumentales que justifican el descontrol y la falta de dominio propio en todos los aspectos de la vida.

Escribe Manuel Cadenas Mujica

Las últimas campañas públicas dirigidas a denunciar la violencia doméstica contra mujeres y la violencia dirigida contra los niños me han sensibilizado profundamente acerca de este tema, entre otras razones porque conozco los daños que este tipo de conductas pueden generar en la familia y en la sociedad. Sin embargo, el refrán “la violencia engendra más violencia” y el viejo adagio bíblico “quien siembra vientos, cosecha tempestades” ha de ser mirado en una nueva dimensión que la de simplemente constatar los daños y elevar voces “contra” esta enfermedad social –que no es poca cosa–, en busca de la protección del violentado y la represión o condena del agresor. Es necesario profundizar en sus raíces y en un aspecto que pocas veces se considera en su necesaria importancia: la sanidad del violentador.

Escribí en mi muro de Facebook lo siguiente: “Un niño violentado, física o verbalmente, muy posiblemente será un futuro violentador, con todo el sufrimiento que eso trae para él y para los suyos, hasta el día en que pueda abrir los ojos a su enfermedad y decidir curarse. Por eso, no dejemos de poner todo el tiempo el dedo en esa gran llaga social y espiritual”.

“La violencia engendra más violencia” también puede ser entendida en el sentido de quien bebe tempranamente de este veneno, con mucha probabilidad lo compartirá con los seres que más ama, precisamente. Porque en la mayoría de los casos, la actividad agresora se perpetua de generación en generación gracias a que no existió en la familia un responsable de poner sobre el tapete, de manera absolutamente conciente, la gravedad del mal. No hubo quién lo desenmascare con total crudeza.

Cuando eso ocurre, recién una luz de esperanza entra a los hogares y se empiezan a disipar las tinieblas que cobijan la violencia como un enemigo agazapado en la oscuridad. “Conoceréis la verdad y la verdad os hará libres”, no sólo Jesucristo hizo hincapié en el poder liberador de la verdad, una de cuyas facetas consiste en enfrentar las taras humanas directamente y sin dejarles ninguna tregua. También en los famosos Diálogos de Platón encontramos la gran metáfora del hombre recluido en las cuevas que al recibir la luz por primera vez, se ciega y se resiste a salir, pero luego no quiere volver más a esa oscuridad. Igualmente, las filosofías orientales han aportado una gran riqueza de conocimiento espiritual al meditar en la raíz de la conducta humana y la gran necesidad de alcanzar la conciencia espiritual, es decir, abrir los ojos no a la apariencia de la vida, sino a la vida misma a sus profundas motivaciones.

Todo nace en los impulsos fuera de control
Necesitamos, pues, echar la mayor luz posible a la violencia como enfermedad del alma y de la sociedad. La sicología ha aportado al respecto muchísima verdad, principalmente al establecer en la definición de violencia, no solo el aspecto factual: “un acto de agresión fisica o verbal proferida contra otra persona, ser u objeto, o contra sí mismo”, sino también en su faceta motivacional, es decir, en cuál es su naturaleza, emparentándola directamente con la falta de control de los impulsos.

“No es lo que entra al hombre lo que contamina al hombre, sino lo que sale del hombre… porque del corazón del hombre salen los malos pensamientos, los homicidios…”, en el célebre encuentro entre Jesús y los fariseos que le criticaban no hacer hincapié en los lavamientos rituales, el Maestro de Galilea establece una verdad fundamental: la violencia está arraigada en el alma humana. Los impulsos violentos son naturales. Sin embargo, esta afirmación no buscaba el abandono del ser humano a sus instintos primarios, sino todo lo contrario: la conciencia de que existe la necesidad de un aprendizaje, lo que Jesús llamaría “un nuevo nacimiento” hacia paradigmas de absoluto respeto hacia el otro. No se podría esperar otra cosa de quien estableció que la medida del amor al prójimo habría de ser la que se tiene con uno mismo.

¿Dónde se aprenden y asientan esos paradigmas? La primera fuente de educación al respecto es, sin duda, la familia. Por eso, creemos que incluso aquellas conductas patológicas extremas, pero sobre todo lo que la sicología ha calificado hoy como el “transtorno explosivo intermitente”, se aprenden primariamente en el seno del hogar. Por tanto, aún cuando no se vivan escenas violentas dramáticas o merodee una sutil violencia verbal de críticas o sarcasmos, cuando el paradigma familiar ha dejado una puerta abierta a la falta de control de los impulsos, es muy probable que la violencia se manifieste en la nueva generación de una manera mucho más alarmante.

Obviamente, la influencia social es muy poderosa, con su enorme carga de violencia y agresión en televisión, cine, juegos y videojuegos. Pero la dosis más alta de veneno se recibe del padre o la madre cuando éstos dejan sentado en el esquema mental del niño que existen “razones” o “circunstancias” bajo las cuales es justificable dejar que las emociones o los impulsos fluyan libremente sin medir las consecuencias. Eso no tiene que estar verbalizado, sino que más bien queda entendido a través de las actitudes y reacciones cotidianas. Las formas de descontrol son muy diversas y habría que examinar una gran casuística al respecto para establecerlas, pero todos conocemos cómo se manifiestan. Si bien el control absoluto no es una posibilidad humana, vale la pena tomar todas las garantías del caso y atender concientemente este aspecto, porque de lo contrario se está jugando con un arma cargada.

Los pactos interiores o programación neurolingüística
Uno de los graves inconvenientes de ciertas tendencias sicológicas modernas ha radicado en la tercerización de la responsabilidad, un determinismo que excluye el papel de la voluntad humana en la elección de las conductas. Conciente o inconscientemente, el ser humano siempre elige quién quiere ser y sobre ello se ha escrito ya suficiente.

La mayoría de esas elecciones se convierten en “pactos interiores” tomados a muy temprana edad. Algunos se manifiestan en muchos casos en lo que se conoce como una “programación neurolingüística” (la permanente confesión de un paradigma que refuerza una conducta) o profecía de autocumplimiento. “Yo soy así”, “soy un loco”, “me vuelco loco cuando me tratan así”, “no puedo soportar esperar”, “tú me haces enojar”, etcétera. Pero otros quedan establecidos de manera silenciosa y son igualmente peligrosos.

Estos pactos interiores se van reforzando y reafirmando a medida que la persona envuelta en un paradigma de descontrol se ve inmersa en situaciones cotidianas de frustración frente a las cuales va aprendiendo a conducirse de cierta forma. Tales conductas no siempre se encuentran en relación a la violencia física o verbal; pueden incluso manifestarse en el ámbito sexual con masturbación compulsiva o adicción por la pornografía; lo cierto es que coinciden en un patrón de conducta que deja libre curso a la falta de dominio propio.

No es gratuito que este tema, el del dominio propio, haya convocado una de las reflexiones más amplias y profundas en la Antigüedad, tanto en las culturas orientales como occidentales. Desde siempre se ha sospechado que su dilucidación constituye uno de los pilares de la ética, que más allá de una disciplina filosófica (a la que se le ha relegado, con un matiz escolástico peyorativo), fue y es el punto de partida sobre el que se fundamenta la conducta humana.

Muerto el “pero” se acaba la rabia
Otra vez la Escritura expresa estas verdades de una manera sintética: “Tal es su pensamiento en su corazón, tal es él” y “No erréis: las malas doctrinas corrompen la ética”. Un corazón humano expuesto desde temprano a la permisividad en el control de los impulsos, construirá un edificio argumental inconsciente que apenas se verá afectado, exteriormente, en un “maquillaje ético”, por las admoniciones y campañas contra la violencia. Entenderá racionalmente todo el mensaje, pero no estará en capacidad de ponerlo en funcionamiento en los momentos de presión emocional o social porque interiormente ha establecido una justificación a la explosión de sus impulsos, generalmente del tipo “defensa propia”.

La “rabia” desatada, entonces –usando nuestra metáfora– se alimenta de profundos “peros” interiores que con el refuerzo de los años se agazapan en la intrincada red de pensamientos éticos que el ser humano va estableciendo y afianzando. Porque, además, secretamente (incluso a espaldas de la propia persona), quien ha aprendido a dar rienda suelta a sus impulsos suele descubrir el poder de manipulación que la violencia tiene. Al fin y al cabo, así le “enseñaron” que se resolvían los problemas. Hay quien, por ejemplo, ha sido conocido como “El Loco” en su juventud y termina actuando como tal, reforzada esa conducta “alocada” por las justificaciones que va encontrando a su paso.

Entonces, quien se descontrola y agrede, física o verbalmente, es porque conciente o inconcientemente ha construido un edificio de argumentos que justifican ese descontrol. Puede que a lo largo de su vida aprenda a dominar más o menos esos descontroles, pero mientras no derribe concientemente ese edificio de justificaciones, abiertas o sutiles, siempre habrá una ocasión en que perderá el control y se justificará y aún se sentirá víctima de sí mismo (lo que, sólo en parte, es verdad).

Pero, ¿qué es justificar la violencia? Indudablemente, pocos se atreverían a declararse con orgullo “agresores” y justificarían la violencia abiertamente, porque eso no es socialmente aceptable. Pero se justifica la violencia cuando se acepta, de modo abierto o sutil, que algo externo puede dominar a una persona cual títere y “hacer” que reaccioné con un grito, un insulto o un golpe.

Hay muchas formas de violencia verbal. Las formas obvias son los gritos e insultos. Las más sutiles: las acusaciones para hacer sentir culpable al otro, los sarcasmos, la crítica constante, el silencio, las burlas. Todas tienen el mismo efecto y todas son nocivas. Incluso, enviar correos electrónicos impulsivamente diciendo la vela verde a los demás es una forma de violencia. La violencia verbal alimenta a la violencia física y viceversa. Lo que se llama un círculo vicioso. Los que no han sanado de eso, tienen períodos de gran paz, probablemente, pero siempre terminan dándose los estallidos cuando las frustraciones aparecen.

¿Puede sanar un agresor?
Muchos de los agresores no patológicos (es decir, los que no han llegado a gozar de la violencia y a justificarla racionalmente), sufren profundamente con sus estallidos. Los describen como “una bomba” que reventaba en su interior, con una leve satisfacción por la energía desatada, pero pronto con un inmenso dolor emocional y moral. No comprenden la raíz de su mal, que se agrava por los sentimientos de culpa y desprecio de sí mismos, que también se convierten en una nueva forma de violencia dirigida esta vez contra su propia persona. Pero al no atacar el edificio argumental construido en torno a la justificación del descontrol, no sirven de nada sus arrepentimientos. Volverán inexorablemente, dadas las nuevas circunstancias de frustración, a darles rienda suelta. Y darán de beber ese veneno a una nueva generación.

¿Puede sanar, entonces, un agresor? Pese a la satanización social imperante, el agresor puede sanar, pero sí sólo sí consigue ser consciente del juego mental que ha establecido respecto a la justificación del descontrol y se aboca a derribar todos los argumentos que yazgan agazapados en sus paradigmas mentales. Este cambio paradigmático se conoce bajo diferentes nombres: conversión, nuevo nacimiento, reprogramación neurolingüística, meditación, sanidad del alma, arrepentimiento, etcétera. Pero en ningún caso se trata de un mero ejercicio ritual, sino de una implacable, permanente y vigilante “iluminación” –en el pleno sentido de la palabra– sobre las justificaciones que había construido en su interior.

Lo que el agresor requiere no es ni reprimir ni “canalizar” su ira, sino primero que nada contemplarla, mirarla, reconocerla y decidir qué hacer con ella. Debe ser capaz, mediante permanentes ejercicios de disciplina mental, de separar la molestia de los estallidos, la frustración de la agresión. Entender que uno “se permite” el descontrol, nadie se lo impone.

“Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón y tendréis descanso para vuestras almas”, dijo Jesús. En segundo lugar, es necesario que el agresor quite esa programación de su mente, pero para colocar otra. Hay muchas reprogramaciones posibles, pero una que ha dado nobles resultados a través de la historia ha sido convertirse en pacífico activista contra toda forma de violencia y descontrol. Pasar de justificarlos, a denunciarlos, a descubrirlos en todas las sutiles formas que toman, dentro y fuera de su persona. “Señor, haz de mí un instrumento de tu paz”, rezaba el santo de Asís. ¿No fue esa una de las reprogramaciones del corazón más valientes y efectivas de la historia?

Un nuevo paradigma: soldados de la paz. Luchadores que entregan su ejemplo primero a sí mismos, a sus familias, a sus hijos, a sus esposas, a sus familias. Que con total apertura de mente y corazón se dedican a esta gran causa para cortar de raíz la violencia sobre la tierra. “Bienaventurados los pacificadores, porque ellos verán a Dios”.


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