Pura Letra

EL DÍA QUE GRADOS BERTORINI DESAFÍO AL IMPERATOR PRADO

06.10.10 | 15:20. Archivado en Crónicas periodísticas

Escribe Manuel Cadenas Mujica

Si se tuviera que elegir otra fecha para celebrar el Día del Periodista en el Perú, yo propondría aquel de 1956 en que Alfonso Grados Bertorini entró a la casa de la familia Prado en Miraflores, para comparecer ante el hombre más rico y poderoso del Perú: Mariano Prado. Director de Informaciones de La Prensa, Alfonso Grados Bertorini era un provinciano treintañero de voz bronca, andar rápido y vida austera que, según Guillermo Thorndike –preservador de este episodio en su “Ocupación testigo”– se mordisqueaba las uñas en los momentos de tensión y lanzaba miradas punzantes por encima de los anteojos cuando algún despistado principiante se atrevía a contrariarlo. Ese día veraniego de los apachurrantes años cincuenta, el periodista recientemente desaparecido escribió una página inolvidable para la prensa nacional.

Había llegado a ese lugar prominente encabezando una generación brillante de jóvenes universitarios tan inquietos y talentosos como bohemios y mataperros. El gran Pedro Beltrán, a quien habían bautizado como el “Señor de los Mil-Agros”, le echó el ojo desde el primer momento en que Grados se le enfrentó y convirtió en el objeto predilecto de sus virulentas críticas políticas con que alternaba la afición por el fútbol y las columnas firmadas como Toribio Gol en aquel éxito editorial titulado Equipo, aventura que compartió a su vez con Raúl “el Gordo” Villarán. La hazaña acabó cuando, por presiones políticas del régimen odriísta, don Augusto Belmont canceló el proyecto para no perder clientela en sus verdaderos negocios. Entonces, Beltrán fichó a Grados en sus filas. Jugada maestra de un zorro empresarial, político y periodístico que incluyó amplias facultades para hacer noticia en un estilo moderno y profesional, y un profundo respeto por el trabajo del director de Informaciones.

El “Señor de los Mil-Agros depositó en el periodista toda su confianza. En consecuencia con las lecciones que impartía en la famosa “escuelita”, muchas decisiones editoriales las puso en manos del director de Informaciones, incluyendo la crítica a sus actividades como primer ministro del régimen pradista y a sus aspiraciones políticas de ser presidente del Perú, decisiones que Grados siempre consideró desafortunadas. Por eso, cuando alguna tormenta agitaba las aguas periodísticas, el dueño de La Prensa solía abandonar Lima para disfrutar el buen clima de Cañete, refugiado en la Hacienda Montalván, de su propiedad. Semejante espaldarazo no fue jamás defraudado. Acompañaban a Alfonso Grados Bertorini el aplomo, la integridad y una vieja sabiduría prematura.

Podían sonar los teléfonos de la hacienda todo lo que quisieran, pero el señor Beltrán no contestaría nada y a nadie que pusiera en entredicho al capitán de su barco. Por eso no respondió a todos los desesperados y estridentes llamados y recados del hombre más rico del Perú el día en que Grados Bertorini se presentó en la imponente mansión de Miraflores con amable pero firme determinación de publicar lo que debía publicar. Le ofrecería, como era la sana práctica periodística cotidiana de La Prensa, el derecho a dar su versión, pero no cedería a la presión para silenciar una noticia que a esas alturas ya era de dominio público ni le daría privilegios que otros comunes mortales no tenían en su periódico. En la noticia, todos eran iguales.

Sólo para cerciorarse de que no se publicaría nada se molestó en llamar el sobrino del presidente a la redacción de La Prensa. Todos los medios habían accedido a su determinante solicitud porque la muerte de una veraneante en Ancón degollada por la hélice del yate de su hijo, el festivo Marianito, era sólo un lamentable accidente en que aquél no tenía responsabilidad pese a que la nave se había acercado imprudentemente y transgredido la línea de seguridad que resguardaba a los bañistas por órdenes del príncipe Prado. Acusaba enloquecido por el dolor el padre de la joven, presidente del Jockey Club del Perú. El hombre más rico del país quedó consternado cuando Alfonso Grados Bertorini le indicó que se trataba de una noticia de primera plana y que nada más estaba decidiendo qué espacio le daría.

Sólo para escuchar sus argumentos accedió el periodista a acudir a la mansión del sobrino presidencial. Lección básica de periodismo, tomar las dos versiones. Melenudo, con la modesta indumentaria de quien vive de su trabajo, ¿quién era Alfonso Grados Bertorini, pisqueño, provinciano, para subvertir el orden y presentarse en el corazón del poder económico con aires de dignidad? Nadie, sin duda nadie. No se amedrentó, sin embargo, cuando no lo invitaron a sentarse en la amplia oficina del hombre más rico del Perú, que ni siquiera lo presentó a sus acompañantes. Tampoco se inmutó al ser informado de que ya estaban tratando de comunicarse con Beltrán y que seguramente le daría las indicaciones del caso. Menos aún cuando un ofuscado Prado le increpó a viva voz, “¡usted no es nadie para decirme cómo debo actuar en esta emergencia!”.

Grados Bertorini dio una lección de solvencia periodística que merece ser recordada siempre. Cuando Prado le indicó y casi ordenó que “por supuesto, no vamos a publicar nada de lo ocurrido”, él respondió sin arrogancia pero con firmeza: “Disculpe usted, no he venido a recibir instrucciones sobre lo que debe publicar mañana La Prensa… No estamos discutiendo quién puedo ser yo. Represento y defiendo los intereses del señor Beltrán y, en su ausencia, soy quien da las órdenes en La Prensa. He venido a ofrecer el espacio que su hijo, Mariano, necesita para descargar las acusaciones que hace el padre de la joven muerta en Ancón”. Punto. Nada lo hizo desistir, porque desfilaron, alternativamente y en ese orden, promesas, advertencias, amenazas, promesas otra vez durante diez minutos, al cabo de los cuales simplemente se despidió: “Lo siento, señores, se acaba mi tiempo y no puedo acceder al silencio que me piden”. Y salió sin más adiós que una leve inclinación de cabeza.

Si se tuviera que elegir una fecha en que el periodismo peruano escribió un breve capítulo de modesta honra pero honda significación, tal vez sea éste el más indicado. Si no, confórmese con ser mi sincero homenaje a un gran maestro y un gran peruano que ha partido al viaje del que ya no se vuelve con la dignidad de los que cumplieron siempre con su deber.


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Comentarios
  • Comentario por Carlos 01.11.10 | 22:05


    Toralmente de acuerdo... cuanta dignidad, en actitud y palabra. Nunca el periodismo peruano, o la libertad de información, haya tenido momento más culminante. Sería bueno ampliar y difundir mas este momento, hoy que la verdad periodística está siendo tan vilipendiada, falseada,y la honestidad del informador tan venida a menos, casualmente por lo intereses y presiones que afrontó con dignidad Grados Bertorini.

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