Pura Letra

QUE NO VUELVA CON VILLARÁN LA UTOPÍA FRACASADA DEL ESTATISMO

05.10.10 | 01:22. Archivado en Opinión

Escribe Manuel Cadenas Mujica

La ingenuidad es igual de responsable que la malicia cuando se trata de asuntos tan serios como el futuro de un país y la puesta en riesgo de todo lo alcanzado hasta el momento en materia de progreso y bienestar en el Perú. He visto en estos últimos tiempos electorales a muchos jóvenes blandir las banderas del cambio y ciertamente eso es lo más saludable que le puede ocurrir a una nación: que sus jóvenes no dejen de soñar y batallar por sus sueños, pero cuando ese “cambio” comporta una visión simplista y desmemoriada que alientan los pícaros, no puede haber términos medios para señalarlo, a riesgo de malos entendidos y dedos acusadores.

No me preocupa tanto el triunfo de Susana Villarán como los argumentos que la llevaron a ser la elegida de las juventudes. Finalmente, ella es un accidente electoral, una contingencia que durará cinco años y que acabará bien o mal su periodo al frente de Lima. Sufriremos o disfrutaremos sus errores o sus aciertos, eso es inevitable ya a estas alturas del camino, y habrá que aprender la lección en ambos casos. Distinto lo que ocurre respecto al concepto de “ideas progresistas” que se está manejando tan alegremente incluso entre los más enterados (acabo de leer las razones de Renato Cisneros para votar por la candidata de Cambio Social), porque revela una visión superficial y frívola de cuál ha sido el proceso sociopolítico y económico peruano, no ya de los últimos veinte años, sino del último siglo al menos.

Digámoslo con rotundidad: más allá de derechas o izquierdas, y sus variantes centristas o radicales, el drama del Perú no ha sido la ausencia del Estado, como se predica, sino más bien su asfixiante presencia en todas sus variantes posibles. Desde la república aristocrática de Leguía hasta la debacle heterodoxa del primer García, pasando por el autócrata Odría, el blandengue Belaunde o el nacionalista Velasco, hemos sufrido las terribles secuelas de una sobredosis de estatismo, su omnipresente intromisión como minero, educador, médico, banquero, asegurador, pesquero, constructor, petrolero, agricultor, empresario textil y hasta expendedor de abarrotes. Todo ha querido ser, juez y parte, en todo ha metido sus narices, entrampando y viciando las naturales relaciones en la sociedad.

Si a eso se suma el abandono de la función política por parte de la inteligencia nacional, dejándola a merced de toda clase de vándalos, semianalfabetos, sinvergüenzas y conchabados con el terror, no sorprende por qué a fines de los ochenta el país tocó fondo. Lo único que nos salvó providencialmente en ese momento, gracias a la tendencia mundial de aquel entonces, fue que treparon al poder un grupo de convencidos de que la única salida posible a esa crisis monumental era reducir el Estado, sincerar y desregular la economía y propiciar la iniciativa privada. A eso se le suma, además, su decisión de pacificar el país a cualquier precio. Con todos sus bemoles, nadie puede negar que aquellas decisiones nos sacaron del hoyo.

Los delitos que en ese proceso se hayan cometido, ya han sido materia judicial y debidamente sancionados. Pero no hay que confundir esos horribles delitos con el resultado de las políticas que se llevaron adelante y que, con sus matices, han seguido Paniagua, Toledo y García. Una pequeña reducción del Estado y cierta desregulación para alentar la iniciativa privada trajeron indudables beneficios, que no han llegado a todos por dos razones fundamentales: no se han llevado a fondo, y lo mejor del material humano nacional sigue alejado de la participación política, ahuyentado por el descrédito en que esta actividad ha caído.

Sin embargo, quienes hoy propician un “cambio” y una visión “progresista” y “moderna” como le llaman, con los cantos de sirena de la “inclusión social”, en el fondo sólo están reclamando que se regrese a los viejos modelos de estatismo paternalista, que tanto daño hicieron al Perú y a cuanto país cayó en manos de esta forma enfermiza de entender la política. Ni siquiera las naciones europeas que asumieron el modelo del “estado de bienestar” salvaron de ese fracaso; sino, véase lo que sucedió en España con la crisis financiera, o el reciente vuelco electoral en Suecia. La razón de esta debacle la puede comprender hasta el más despistado: todo paternalismo engendra una minusvalía mental, una dependencia patológica, trunca la vocación humana hacia el progreso por la vía de la iniciativa privada.

Todos convenimos en que hay mucho por hacer en materia de prosperidad y bienestar para grandes sectores de la población peruana, a quienes los beneficios del crecimiento no han llegado. Pero eso no desacredita el crecimiento alcanzado (¡el único real que hemos conocido en la historia peruana!) ni justifica la tentación de adoptar la fórmula fatal de la “redistribución de la riqueza” alentando resentimientos sociales ancestrales. La riqueza no se distribuye: se crea. Allí donde no hay riqueza es porque el Estado no la ha propiciado (incumpliendo uno de sus roles fundamentales, crear infraestructura), o le ha puesto trabas (vía la regulación solapada) o ha usurpado el rol de la iniciativa privada.

Uno de los mejores ejemplos de esto último es el despojo que significa la apropiación de la riqueza del subsuelo por parte del Estado. Por una doctrina que proviene de los días coloniales, como con toda claridad y erudición ha expuesto Enrique Ghersi en varias oportunidades, los legítimos dueños de la propiedad de muchas riquezas naturales (entre ellos gran cantidad de comunidades originarias) han sido asaltados por el Estado, quien se arroga la propiedad a nombre de la nación y la da en concesión a quien mejor le place. Ese es el origen de muchos conflictos sociales, a expensas de los cuales muchos “progresistas” subsisten cómodamente, alentando el descontento popular pero ofreciendo la panacea de la “responsabilidad social”, que pone en sus manos enormes recursos para administrarlos.

Lo que se requiere, más bien, es ahondar en las reformas que remiten al Estado a su mínima expresión (administración de justicia, seguridad e infraestructura) y permiten a las fuerzas naturales del progreso desarrollarse en esa iniciativa privada que ha dado lugar a fenómenos como el de los sectores emergentes del cono norte de Lima o la pujante agroindustria iqueña. No necesita el país volver a ningún tipo de estatismo: socialista, nacionalista o de derecha neoliberal. De ahí la ingenuidad de quienes suponen que el cambio, el bienestar, el progreso, llegará por esa vía. Por eso que una visión de este tipo resulta simplista, desmemoriada e irresponsable: de estatismo, hemos tenido mucho. Estemos atentos, entonces, por si Villarán le abre las puertas nuevamente a esta utopía fracasada.


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Comentarios
  • Comentario por Walter Herrera 05.10.10 | 20:17

    Conozco al editor de esta nota desde hace muchos años. No escribo con el animo de criticar la opinión, todo lo contrario, celebro que sus dichos sean escritos con tan buena gramatica que me hace ver que tanto tiempo he dejado el Perú que veo como esta creciendo en todo aspecto. Celebro las opiniones cuando son expuestas con tanta claridad. Y si lees este comentario Manuel, te felicito y veo que nuestro País seguirá creciendo en esta multiple forma de pensar y opinar con libertad.

  • Comentario por Carlos Santana Aguilar 05.10.10 | 20:16

    Este señor habla como un loro cantinflesco, repitiendo un libreto intelectual ya harto conocido con un discurso que no sabemos si trata de confundir al lector o de egocéntricamente demostrar su intelectualidad, en el fondo son solo cantinfladas y su artículo termina por decir poco o nada sustantivo.

    Hemos visto como estos mal llamados democratas han emprendido una millonaria campaña mediatica en contra de Villarán, mintiendo y falseando información, este artículo de opinión es solo una mala muestra de ello.

    Este señor habla de ESTATISMO refiriéndose a la Villarán pero ¿a que estatismo se refiere?, ¿Acaso un alcalde puede estatizar algo?, está loco!, tal vez se refiera a los hospitales de la solidaridad, pero eso tampoco es estatismo, además quienes hemos visitado esos hospitales sabemos que ya no estan funcionando bien.

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