Pura Letra

Alcaldía de Lima: dos mujeres, un camino

17.09.10 | 00:08. Archivado en Opinión

Escribe Manuel Cadenas Mujica

El tiempo que resta para la definición electoral de octubre próximo en el Perú es demasiado corto como para imaginar la posibilidad de algún milagro que saque de carrera a Susana Villarán o Lourdes Flores. Por lo que aseguran las encuestadoras, son ellas quienes disputarán el primer y segundo lugar (no necesariamente en ese orden, nadie cante victoria) en la contienda municipal por Lima Metropolitana. Sin embargo, precisamente porque todo parece consumado, se hace más interesante –y ojalá no fuera inútil– el ejercicio de enumerar y exponer las razones por las que en cualquiera de ambos casos el camino se asoma sinuoso y nada esperanzador para la capital peruana.

El caso de Lourdes Flores se muestra especialmente patético. Gran perdedora de dos elecciones presidenciales, asombró a medio mundo aceptando el premio consuelo del sillón municipal. Lo curioso –por usar un eufemismo– es que así como en los comicios presidenciales las encuestas la hacían imbatible ganadora, al inicio de la lid la ubicaban a la cabeza de la elección edil, por sobre cualquier consideración de sentido común. Sin embargo, la ansiedad por desquitarse de las dos derrotas en las urnas siempre lució más grande ante el ojo común que la súbita vocación por la alcaldía capitalina y los problemas metropolitanos. Postizo interés disfrazando una revancha personal, resultó más que elocuente en cierto desafortunado eslogan de su campaña que todavía puede leerse en muchas calles limeñas, “Lourdes, ¡ahora sí!”.

Pero la ansiedad mata. ¿Cuáles fueron los argumentos de la líder pepecista en el primer round de la contienda, cuando Alex Kouri todavía estaba en carrera? Ninguno que se pueda recordar, sino el más crudo chavetazo con el ex presidente regional chalaco, arrebatándose candidatos no importa si ayer eran enemigos, lanzándose los adjetivos más gruesos, presentándose tachas mutuas en todos los niveles, jugando sin pudor a la politiquería barata. Atrás había quedado aquella antigua Lourdes de blandos modales y afán por articular algún discurso medianamente coherente, por establecer una polémica de ideas con sus contendores. Las dos derrotas pesaron lo suficiente como para hacerle creer que el camino esta vez tendría que ser el cuerpo a cuerpo, la fiereza salvaje convencida de que todo vale, el fin que justifica los medios. “Lourdes, ¡ahora sí”, un mensaje desde el inconciente, un acto fallido, un grito de guerra.

Más allá, sin embargo, de cuán eficaz haya sido o no tal estrategia en su propósito de quitarse el clavo de dos consecutivos fracasos electorales (merece análisis aparte el rol de sus asesores, qué influyentes sean en estas decisiones), lo que debería interesar al elector es lo que comunica acerca del carácter de la candidata. Finalmente, como ya se ha comprobado hasta la saciedad, tanto como los programas o las cualidades profesionales, pesa a la hora de ejercer un cargo público de esta naturaleza el carácter del funcionario, entendido no como el temperamento, sino como la constitución moral, sicológica y espiritual del susodicho. Y lo que revela a gritos la “nueva” Lourdes con un cuchillo entre los dientes (igual que la Lourdes despechada e histérica que asomó de los resultados del 2001 y el 2006) es que bajo algún tipo de presión, la señora pierde los papeles.

No se evalúe ya la nueva estrategia de victimizarse en chuponeos irrisorios, ni se recuerde la imprudencia ingenua con que cayó en las redes implacables del entrevistador Bayly aquel 2006 (entrevista que, sin duda, la hundió con una bola de hierro en el cuello en el mar de la intención de voto) o se cite el affaire Cataño. Comprobar una vez más que Lourdes Flores mantiene la calma y ponderación de un mono con metralleta cuando las situaciones se ponen adversas y tensas, es suficiente para descartarla de un encargo público que navega en aguas turbulentas permanentemente y requiere sangre fría y espíritu sereno.

Pero “la tía” Villarán no transita senderos tan lejanos ni luminosos, nada más que como buena caviar que se enorgullece de ser, conoce bien los beneficios de mantenerse con perfil bajo, a la espera de una buena oportunidad. Y maneja, además, el lenguaje largamente pulimentado del populismo socialista posmoderno, que ha trocado antiguallas como “la lucha de clases” y “la justicia social” por novelerías marketeras como “los derechos humanos” y “la responsabilidad social”. Pero no es su prudencia la que preocupa, ni su carisma el que ofende, sino cada una de las observaciones que se han hecho sobre los amigos que se trae consigo, los intereses que se esconden tras ellos y las falacias que maneja sobre una supuesta “era dorada” edil bajo la égida de Frejolito Barrantes y sobre los principios de administración de la ciudad, que deberían dejar perplejo hasta al más despistado.

Nadie desconoce que por definición el socialismo mundial es un mutante que se amolda a las circunstancias con tal de que alguien pague las cuentas. La raíz misma de esta visión del mundo terceriza todas las responsabilidades, los males sociales y las facturas, y nunca se hace responsable de ninguna. Siempre será el estado, la iglesia, la banca, el imperialismo, la burguesía, los empresarios, la globalización o cualquier otro cuco al uso el que tenga la culpa, al que hay que combatir, derrocar, controlar o gravar de impuestos para “distribuir la riqueza”, como le llaman al ejercicio de matar a la gallina de los huevos de oro para terminar repartiendo más pobreza.

En ningún momento ha desvirtuado Villarán que en su tren estén trepados los mismos agitadores que conforman hoy la “nueva izquierda” del Perú, los Patria Rojas y sutepistas extremos que dan vivas a Hugo Chávez, veneran a Fidel y sueñan con convertir al Perú en un satélite venezolano. Aquello no es gratuito: ya encontraron quien pague las cuentas nuevamente, así se agita sin cuartel y se alborota con toda paciencia, y nada les parece más apetecible como globo de ensayo para sus propósitos que adueñarse de Lima, trofeo de guerra que los ciudadanos capitalinos parecen dispuestos a entregar irreflexivamente, sin considerar lo nefasto que esto puede ser para el proceso de modernización y crecimiento que –con todos sus bemoles– está viviendo el país. Lima es Lima. Todavía sigue siendo “el Perú” en gran proporción, y entregar la capital a esta laya de inconcientes sentará las bases para retroceder con facilidad a los días del velasquismo.

¿Paranoias de derecha? Así creyeron los argentinos cuando le dieron un espacio a los Kirchner y ya vamos viendo en qué dirección camina aquello. La misma ingenuidad que entregó Lima a Alfonso Barrantes Lingán, cuyo supuesto (y único) logro del Vaso de Leche no se compara con la debacle irrecuperable en que sumió a la ciudad. ¿O es que nadie se acuerda ya de que para congraciarse con los “sectores populares”, su “sensibilidad social” lo llevó a tolerar y hasta auspiciar sin ninguna restricción –sobre todo en el centro histórico– el comercio ambulatorio en las principales avenidas de la ciudad, la toma de plazas públicas por las “organizaciones de base”, la informalidad del transporte público, las huelgas municipales que dejaban montañas de basura en las calles, entre otras perlas, y que sólo un alcalde valiente como Alberto Andrade pudo enfrentar no sin enormes resistencias, década y media después?

Todo aquello sin mencionar el rosario de insensateces que Aldo Mariátegui se ha encargado de enumerar en su columna de hoy como parte del plan de gobierno edil de la Villarán (creación de 100 mil empleos por sus acciones ediles, impuesto inmobiliario y otro a la “seguridad” financiado por las empresas, préstamo de 3 mil soles a cada MYPE sin garantías, fomento de la “agricultura urbana”, solución del tráfico usando ciclovías, bonos alimentarios, entre otros). No se fíe nadie, por tanto, de lo simpática que sin duda es ella y de lo delicioso que cocina su hijo. Es al paquete de personas e ideas que trae consigo, indesligable, consubstanciado, comprometido, al que ningún limeño que se precie debería permitir el paso de contrabando detrás de la sonrisa bonachona de "la tía", para tomar el control de la ciudad y convertirla en la pica en Flandes del chavismo.

Ojalá no fuera tan inútil y extemporáneo este ejercicio de enumerar y exponer las razones por las que Susana Villarán y Lourdes Flores son dos mujeres en un mismo camino nada esperanzador para la capital peruana si cualquiera de ellas sale elegida.


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