EL DIARIO DE LA MAFIA - Fragmento
06.11.09 @ 19:40:47. Archivado en Narrativa
Un pequeño adelanto de la novela que estoy escribiendo. Capítulo 5.
5
¿A QUIÉN HA PEDIDO PERMISO PARA ESTACIONAR, JOVEN? Joselo lo queda mirando, ¿me estará hablando a mí?, parece decir con el dedo índice sobre su pecho, en reversa, aunque no lo dice, pero Freddy Alzamora le ha leído el pensamiento, sí, a usted le digo, jovencito. Casi podría abrazarlo por aquello de jovencito, pero la mirada es de pocos amigos, una sensación de desprecio que se explica luego por el ojo de vidrio, inmóvil, y el otro también congelado, pero esquivo, vivaz. Bueno, el Director me ha autorizado. ¿Y usted no sabe quién soy yo? La verdad no. ¡Soy el gerente general y nadie estaciona aquí dentro sin mi consentimiento!, ¿entendió? Gerente general es una palabra muy grande, dicha de esa manera, sin embargo, suele esconder un poder agazapado, pequeño pero peligroso, un simulacro de autoridad que, al menor descuido, si se le ofrece una rendija, al menor atisbo de debilidad, puede convertirse en una tiranía. Por hoy puede quedarse aquí adentro, pero el lunes, no me estaciona más aquí.
Algo en su forma de saludar, de entrar a la oficina, de encender la computadora y de sentarse debe haberle avisado al Viejo, que pregunta sin rodeos si pasa algo. Pero, ¿cómo explicarle si ni siquiera él mismo entiende lo que le ha sucedido? Además, algo tan doméstico no tiene por qué significar nada, eso espera. Pero se lo dice. Antes de terminar ya sabe que ha abierto la boca de más, que era preferible callar o decir cualquier otra cosa, inventar. ¡Rosita!, truena la calma de esa tarde. Hará venir a Freddy Alzamora. Joselo se entera que allí al frente, de donde sale esa mujer de piernas apetecibles que resulta ser su secretaria, despacha el gerente general de nada. ¡Gerente general ese huevonazo!, Freddy Alzamora tiene que haber escuchado al Viejo decirlo, porque ni siquiera ha advertido la presencia de Joselo en esa oficina y ya ha cambiado de semblante cuando Rosita le anuncia la convocatoria. Dime Viejo, qué sucede. Sucede, reconcha tu madre, que tú no te vas a meter con mis periodistas, con mi gente no vas a venir con tus cochinadas, tus amenazas, tus aires de matón, ¿entendiste, pedazo de mierda?
¿Se volvió loco? ¡Sólo era un tema del estacionamiento! Pero el Viejo continúa. No te bajo la voz, carajo, ¿crees que no sé quién eres, de dónde has salido? He tratado con mil cojudos más bravos que tú, bravos de verdad, y si no llamo a Gallinazo es porque ya se murió, a ver si eras hombre. No, Viejo, se abajó el ojo sano, perdió seguridad, mientras el ojo de vidrio sigue mirando a Joselo, puede jurar que lo ha mirado y le ha dicho ya vas a ver, quejoncito, ya vas a ver. No, Viejo, no ha sido así, pero tú sabes que yo tengo que guardar el orden en este lugar, todos quieren hacer lo que les da la gana, pero yo estoy para apoyarte, eso sí, no me vuelvas a levantar la voz, yo no le he faltado a ningún periodista tuyo. El Viejo no transige. ¿Que no? Y voltea hacia Joselo, le pregunta: ¿este huevón no te estuvo jodiendo allá abajo? Y ahora, se pregunta Joselo, ¿dice que sí?, ¿dice que no? Bueeeeno, yo... Pero no me sigas huevoneando, pues, hermano, se envalentona Freddy de pronto, como aprovechando la dubitación de Joselo, no permito que me huevonees por más director que seas, respetos guardan respetos. Mal momento para hacerlo, porque a mí no me vengas con amenazas, matoncito de cuarta, ¡yo también sé matar!, ¡yo también sé matar! El Viejo se ha enfurecido, ha golpeado la mesa mientras se levanta del sillón con los ojos desorbitados, los bigotes vibran al compás de su mano derecha que blande como un puñal con el índice indignado. ¡Yo también sé matarrrrrrrr!, repite rabioso, se le salen los pulmones, las paredes tambalean, Freddy se ha escurrido a grandes trancos y ha tirado la puerta de su oficina. De pronto, el Viejo mira a Joselo con grandes ojos, casi saltan de sus órbitas, jadeando todo, hasta que acaba el eco de los gritos, que muere en algún rincón del distrito de la Magdalena, que se lo come la tarde de ese sábado, y nace entonces una sonrisa desde los párpados, un bigote que chisporrotea de contento, se menea la cabeza rítmicamente, ¿qué tal estuve?, ¿te dio miedo, no cojudo? Y estalla en una risotada contenida, le pide que cierre la puerta para soltarla a cuerpo tendido, qué tal cojudo, ¡yo también sé matar! Y Joselo lo acompaña en la risa, aunque sepa que se ha ganado un enemigo a muerte. Y él no sabe matar.
Tampoco sabía escribir editoriales o columnas de opinión ni tenía la menor intención de hacerlo cuando visitó aquella otra mañana la casa del Viejo. Estaba cerca, caminaba en busca de alguna avenida en la que tomar un bus de regreso desde San Borja hasta su casa en Ate-Vitarte, el auto andaba descompuesto. No es tan lejos pero puede ahorrar de esa manera un pasaje cuando recuerda que hace varios meses que no sabe nada del Viejo. Serán unas cuadras más, pero qué importa, es mediodía y a lo mejor lo invitan a almorzar. Cuando Sara abre, lo recibe una gran sonrisa. Algo bueno ha empezado a sucederles. Hasta el año anterior, había encontrado al Viejo más bien desalentado en una de esas tardes soleadas de diciembre cuando las nostalgias se condensan en la atmósfera como rayos de un sol antiguo que descubre las viejas alegrías y devela con crueldad los esplendores del pasado, filtra el aire de ecos imposibles de atrapar, apenas un rapto, efímero, la fugaz consciencia del paso del tiempo fugaz. Ahora, en cambio, parece que la vida vuelve a su cauce, la normalidad del empleo con cheque a fin de mes y catorce sueldos al año, sí, al Viejo lo llamaron para dirigir La Opinión. Salúdalo, ¿quieres su número?
Lo último que esperó oír del Viejo es eso: ¿puedes escribir las editoriales todos los días? No sabía hacerlo, no lo había intentado nunca. Pero aprendió. Mentándole la madre al Viejo para sus adentros todas las tardes del primer mes después de las puteadas monumentales, pero aprendió. Además, debía desarrollar también sus dotes para la intriga, el sarcasmo, la malicia, el descaro, la infidencia, el atrevimiento, el chantaje, la media verdad, el cinismo y otras despiadadas virtudes periodísticas necesarias para tomar a su cargo la columna de “trascendidos políticos” como le llaman a la chismografía venenosa sobre la administración pública. No estaría solo en esos menesteres. Si existe algún espíritu idóneo para hurgar detrás de la carcoma congresal, para desmenuzar su corazón podrido, para internarse sin un sólo gesto de repugnancia en las sentinas que cobijan esa purulenta emanación política a cuenta de los contribuyentes, ése es Pepe. A diferencia de los demás reporteros que llegan al viejo edificio de la plaza Bolívar –al frente de aquel otro en que se desterraban herejías y se curaban impiedades– como si se tratase de una condecoración, embelesados con los resplandores del poder, desempolvando del fondo de sus almas una vocación aduladora y rastrera hasta entonces debidamente disimulada con los discursos de ética profesional, a Pepe le despierta tanta emoción cívica su cercanía a los padres de la patria como sentarse en palco preferencial en los circos de las Fiestas Patrias y reír junto a sus hijos de alguna payasada. Por eso, así como dicen que en las batallas sólo aquellos que desprecian la muerte salen librados de las balas, así en las arenas políticas únicamente quienes han conseguido zurrarse en las liturgias del poder logran alguna vez revelar su entraña más profunda.
También estaría Mónica para no dejarlo sucumbir de inanición informativa. A diferencia de Pepe, ella en cambio es capaz de plegarse a las sensuales llamas de las altas magistraturas, aunque nunca tanto que se queme. En el fondo, es su espíritu más bien justiciero el que la lleva a colindar con las formalidades oficiales, a allanarse a los protocolos e investiduras sin que éstas lleguen a impenetrarla en realidad. En otras palabras, cree en la autoridad, aunque descree en el ejercicio de ella, y esa credulidad incrédula es la que le permite deslizarse sin malicia aunque no sin premeditada agudeza en los entretelones de la casa de gobierno y las carteras ministeriales. Así, sin cinismos que ocultar ni insubordinaciones de las que sentirse culpable, ha conseguido encarar varias veces al mandatario, a quien todos han empezado a perderle el respeto desde que aparece con un tufo inocultable y varias horas después de lo anunciado a los actos de gobierno. Mónica se lo ha soltado a boca de jarro una mañana del 1 de octubre pasado, mucho antes que llegase el Viejo a tomar la Dirección, en que se han ablandado las reticencias presidenciales hacia la prensa porque ése es su día y no hay que aguárselo. Ha acudido el primer mandatario a la sala en que los periodistas despachan para brindar con ellos, a su salud. No vayan a creer que no respeto y apoyo el trabajo que hacen ustedes. En mi gobierno, la libertad de opinión es lo primero. Yo me he sacado la mugre por eso, he puesto el pecho para que los valores democráticos regresen a nuestro país. Por eso, quiero hacer un brindis por una prensa responsable que sepa también destacar las cosas buenas que se están haciendo por el Perú. Bravo. Aplausos de compromiso, porque la cara de los periodistas es de poto, francamente. Los ha hecho esperar dos horas con la historia del agasajo, para llegar con los ojos rojos y la lengua a medio desenrollar, eufórico. Señor presidente, gracias a nombre de todos los colegas, no falta un sobón. Pero ella no tiene pelos en la lengua. Sí, gracias por acordarse de nuestro día, pero nos hubiera venido mejor el saludo un poco más temprano, señor presidente, con todo respeto, igual tenemos que cerrar nuestra edición y ya son las seis de la tarde. Atónito, el mandatario la lleva a un costado. No me hagas quedar así con tus colegas, pues hija, confianzudo, ¿de qué medio eres? De La Opinión. Ah… ahora entiendo. Pronto Mónica descubrirá que en Palacio su hartazgo es compartido prematuramente por muchos funcionarios que ya han conocido varias generaciones de degeneraciones. Salimos de Guatemala para ir a Guatepeor, algo deben conocer del asunto. Y eso que no sabes, le cuentan, los gastos que aquí se facturan. La verdad no sabes nada. Pero te iremos contando.
Con esa promesa en la mano, las inquisiciones de Pepe, los rabiosos despachos de Herbert, las intrigantes revelaciones de Flavio y sus propias averiguaciones con dos asesores bastante lengualargas, Joselo ya tiene media dotación diaria de municiones para su columna de trascendidos. Irma aportará, además, el rumor de las calles bien atendido por las organizaciones sociales y sindicales. Y no faltará, la cereza en la torta, aquella pastosa y maldiciente causticidad de Vito Zedillo, gallo o gallina vieja según se le vea, igual da buen caldo a las noticias, porque difícilmente exista en todos los pisos de la pirámide social, política y económica del país un espíritu que encarne con tanta perfección todos los vicios y virtudes de las antiguas camadas de su partido, a cuyos pies aprendió sin duda a conciliar esa exquisita formación humanística y académica europea, no exenta de cierta filosófica actitud más bien cercana al más rancio protestantismo, con las cínicas mañas y venenosos dobleces de quienes cultivaron el arte de la sobrevivencia en los pantanos del poder durante las últimas ocho décadas.
Con ese ejército, lo demás vendría por añadidura. Todos, asegura Flavio, tenemos adentro un hijo de puta. Sólo hay que saber escarbarlo cuando conviene. Debe ser cierto, porque a la primera no más le salió una dosis francamente mortal de veneno periodístico que estuvo a punto de intoxicarlo, pero un par de horas en el Superba –a la salud de las flamantes Pepitas, mañana le va a arder el culo a medio mundo, y salud por Joselo que acaba de escribir su mejor verso, salud, y salud también por el Viejo, que sabe más que las arañas, salud, y a la salud de lo que fuera, salud– son suficientes para adormecerle lo que queda de pudor y enviarlo despachado en calidad de bulto hacia el día siguiente sin trámites ni escalas.
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Manuel Cadenas Mujica
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