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CON EL PIE DERECHO

Permalink 02.07.09 @ 02:36:13. Archivado en Angulo Agudo

De por qué ahora este ex anarquista que escribe este artículo se declara un liberal de derecha convicto y confeso en medio de la amenaza huguista-fidelista nueva trovera sobre Latinoamérica.

ESCRIBE MANUEL CADENAS MUJICA

Más de una vez, en esas bromas que se dicen en serio, me declaré políticamente ambidextro. Desde luego, era una forma de confirmar que derecha o izquierda me daban absolutamente lo mismo, que sólo era cuestión de ubicarse mirando al sur o al norte del horizonte ideológico para encontrarse con que los extremos se tocan en algún punto (valgan verdades, lo hacían, pero sólo en los escaños y la planilla del Parlamento). Hoy debo admitir que se ha operado un viraje que hubiera creído imposible hace algunos años, cuando –como cualquier actual cuarentón crecido en los días de Velasco, la “Revolución Peruana” y su reforma agraria, Haya de la Torre suelto en plaza, la nueva trova, el sandinismo, Allende, Hugo Blanco, las luchas del Sutep y demás poderosa iconografía del variopinto socialismo peruano y latinoamericano– sufría de aquellos afiebramientos utópicos que ubicaban en un horizonte dialéctico el devenir de la justicia social y demás jerga al uso. Hoy me declaro, ya no por la vía del condicionamiento operante, sino de la operación condicionada por mi curtida voluntad, de derecha y libertario.
¿Cómo se operó el salto hegeliano, qué ocurrió en mi lóbulo derecho para pasarme finalmente –porque no veo posibilidad de retorno– a las filas menos populares de la política mundial? La vía no fue la más heterodoxa, aunque como reconoce mi amigo Charles Philbrook –sobresaliente libertario de la sabiduría económica–, no por eso la más disparatada. Del socialismo sensiblero, no tardé mucho en engrosar la robusta legión de anarquistas que poblaron las universidades peruanas de finales de los ochentas, perplejos, como decía el viejo Sábato, ante la triste materialización de los ideales que se defendieron con sangre y con fuego. ¿Esa demencia siniestra de Sendero Luminoso y esa otra alcahuetería atomizada del socialismo parlamentario era lo que quedaba de tanto sueño? ¿Esa trágica burla histórica que fue el primer gobierno de Alan García coronaba sesenta años de catacumbas y soasap? ¿Así, conchabados subrepticiamente con delincuentes terminaban los hijos de Mariátegui?
Desde luego que al anarquismo de la universidad peruana de finales de los años ochenta se contrapuso el socialismo oenegista y caviar de los defensores de los derechos humanos de los noventa, pero esa es otra historia. Lo cierto es que aquel anarquismo incipiente fue, sobre todo, un instinto de supervivencia. Más cercano al nihilismo, había descreído de todo y de todos. Pero como todo anarquismo, la figura de la autoridad estatal y de sus aspirantes democráticos o violentistas, convirtióse en el cuco de la historia. Había que operar en paralelo al sistema, servirse de él, jugar su juego, pero en plena conciencia de que su corazón estaba podrido.
Así viví, feliz e indocumentado hasta el primer lustro del 2000, es decir hasta no hace mucho, cuando después de un largo periodo de hibernación política, extenuado por las postizas actitudes reivindicativas del caviarismo y el cinismo melifluo del seudoliberalismo gobernante desde Fujimori (mercantilismo monopolista, hablando en estricto sentido si se examinan los hechos, idéntico en Paniagua y Toledo pese a sus apéndices oenegistas), se estremecieron mis endorfinas al comprobar que ni uno ni otro, en realidad, habían obrado el milagro de mi supervivencia y superación profesional (lo que se llama “parar la olla” en cristiano, y mis hijos lo saben muy bien), sino absolutamente una mezcla de talento, audacia y perseverancia que sólo se explica en el orden personal de los acontecimientos. Dicho de otro modo, la justicia social me la hice yo mismo. Ni el Che ni Pinochet.
A partir de entonces cobraron sentido las lecturas de la historia que señalan, aunque se lo rasquen Fidel, Kirchner, Chávez y Evo, que únicamente aquellos países que han liberado sus economías y políticas han podido desarrollar y progresar, en el sentido más amplio de la palabra y no del paternalismo que te regala un saco de víveres cada semana. El socialismo, históricamente, sólo ha funcionado en Europa del Norte, quizás porque allá los espíritus están congelados y no hay payasos atornillados soñando con la eternidad en las alturas del poder; es decir, que cualquier régimen puede funcionar bien en esos predios sin peligro de fidelizarse o huguizarse (1).
Que me perdonen españoles, franceses, alemanes e italianos, pero cuando se ha trepado a sus gobiernos alguna forma de socialismo, se les ha revuelto las entrañas y el producto no ha sido precisamente de mucho agrado al olfato. Visto y considerando semejantes ejemplares, y comprendido que desde la creación del Tesoro norteamericano (el Banco Central yanqui), Estados Unidos fue abandonando el liberalismo de sus padres hacia un estado mercantilista, estatista y monopolista, estuve listo para afirmar, con todo el pescuezo, que el enemigo no era, como había creído en mi anarquismo, el Estado, sino esa forma perversa en la que, con elecciones incluso, el Estado se comienza a apoderar de la vida de los ciudadanos, los esclaviza y somete a sus todopoderosos designios, como si estos hubieran sido creados para su servicio y no al revés. El estatismo era el verdadero cuco, así que había que postular a un Estado mínimo y eficiente.
Aquellos dogmas libertarios han ido obrando milagros de fuero interno, realmente. Y uno de ellos ha sido comprender, a mi modesto parecer, cuál es la verdadera debilidad esencial del socialismo en todas sus formas, pasadas y presentes, más allá de sus predicadas buenas intenciones y altruista teleología (objetables, por cierto). Debilidad que, precisamente, fortalece en el sentido inverso al liberalismo, con su secuela de comprobación histórica del nivel de eficiencia. Esa flaqueza no es el socialismo propiamente dicho, sino la lectura que hace de la realidad, en la que siempre los responsables son los terceros, los otros, los demás.
El capitalismo mundial, el imperialismo yanqui, las transnacionales, la derecha, la Iglesia, la burguesía, la clase media; los medios de comunicación pro yanquis o pro imperialistas o pro transnacionales o pro derecha; las empresas mineras explotadoras, los latifundios infames, los bancos usureros, los concesionarios fenicios, la música y la moda alienada, el inglés, el Papa, el alcalde, el torero, el tendero de la esquina que no fía el desgraciado. Siempre hay un culpable, un tercero que si no estuviera en el camino, si fuera derrotado, enfrentado, repatriado, confiscado, censurado, sindicalizado, concientizado y demás “ados” posibles , permitiría el advenimiento de la felicidad encarnada, por supuesto, en algún profeta del socialismo. Ahí se acabarían todos los males… anteriores, claro está, porque ahora empezarían nuevos, peores y mucho más difíciles de extirpar, porque ese cáncer demanda dolorosas cirugías y medicaciones caras.
No es difícil comprender que desde el orden más simple de la existencia, hay un principio que gobierna las relaciones entre los seres humanos y sus posibilidades de desarrollo: cada quien es responsable de su propio destino. Del nivel individual hasta el masivo, no es un tercero ni las circunstancias quienes gobiernan la vida de una persona o de una sociedad. Son sus elecciones, sus decisiones, las que van trazando el camino. Sino que lo digan aquellos provincianos o capitalinos marginales que renunciaron a la autocompasión y decidieron forjarse un destino a fuerza de pulmón, que se propusieron conquistar lo inalcanzable y rebasaron todas las expectativas.
El juego de la neoizquierda chavista, fidelosa, nuevatrovera y petrolera, una versión pérfida del izquierdismo latinoamericano clásico, radica precisamente en despertar nuevamente la “conciencia” de los pueblos, que en realidad estriba en azuzar el resentimiento social que se arrastra en los pueblos andinos y amazónicos desde el advenimiento del virreinato español, aquel predicamento barato que adosa todos los males del país a lo abusivos que fueron los conquistadores, como si ellos permanecieran aquí. En otras palabras, su trabajo consiste en deshacer la madurez que iban alcanzando los pueblos aprendiendo de las etapas dolorosas y trágicas de crisis y terror, madurez que se logra cuando éstos asumen la responsabilidad de su pasado, presente y futuro, cuando no se autocompadecen y dejan de vivir de reclamos, protestas, reproches, odios de los que nada consiguen y que ni siquiera comprenden bien.
Por eso hoy me declaro de derecha y libertario. No porque este sistema ideológico carezca de debilidades, inconsistencias y humanos errores. Tampoco creo en los modelos perfectos. Tiene sus bemoles, pero así y todo posee una gran virtud que compensa largamente esas flaquezas y que lo convierte en comprobadamente eficiente desde el punto de vista histórico: la derecha liberal no adosa la responsabilidad del destino individual y grupal a terceros, sino todo lo contrario, asume que cada individuo, familia, sociedad y nación son responsables de lo que les ocurre, que aquello no es más que la suma de sus decisiones; que su empeño personal, su perseverancia, su audacia, su olfato, su disciplina: la verdadera iniciativa privada, son las únicas garantías del desarrollo y el progreso, no la dudosa benevolencia de un Estado todopoderoso y sobredimensionado, saturado de burocracia ineficiente cuyos salarios pagamos con nuestros tributos, las migajas de un gobierno entrometido que quiere serlo todo: juez y parte, empresario, obrero, pescador, futbolista, maestro, médico…
Allí donde ha conquistado espacios, la derecha liberal ha operado milagros también a nivel colectivo, porque es una cultura que no vive de traumas, ni los explota ni los azuza. Es la cultura del esfuerzo individual, de las oportunidades para todos, del voto libre, de la defensa de la propiedad incluida la de las comunidades campesinas, del Estado reducido a su mínima expresión en sus funciones básicas: administrar justicia, brindar seguridad, proporcionar infraestructura. La mejor prueba es que una pequeña dosis de liberalismo (sólo una pequeña, porque superviven lastres estatistas, impera el mercantilismo y un engorroso sistema legal hecho a la medida de cada actor económico y social) ha propiciado que el Perú recupere hoy gran parte de esas décadas perdidas, que se ubique en el concierto de los países más emprendedores, que recupere el crédito y la confianza mundial, que asuma una nueva actitud colectiva de sólida y orgullosa identidad, que no se estremezca por la crisis mundial. Eso es lo que a Chávez y a sus adláteres les arde.
¿Cambiaremos el tan costoso giro que dimos hace diecinueve años hacia el progreso para volver al setentismo fracasado, a los modelos una y otra vez ineficientes, al oscurantismo, sólo por un berrinche social, por una rabieta colectiva que se puede conjurar con diálogo y transparencia? ¿Abandonaremos esas imperfectas pero eficientes sendas de la iniciativa privada por los cantos de sirena de un pasado que lamenta su derrota, por un albur, una ilusión descabellada? Mi respuesta, ahora que me declaro de derecha y libertario, es una sola y rotunda: ¡Ni cojudos que fuéramos!

(1) Al leer este artículo por anticipado, Charles Philbrook tuvo la gentileza de ilustrar por qué, en verdad, la Europa del norte ha conseguido viabilizar el único socialismo exitoso de la historia (hoy a nadie con dos dedos de frente se le ocurrirá colocar al imperio cusqueño de los incas como el otro modelo plausible). Philbrook, con su habitual lucidez y didáctica, lo explica así: “¿Qué países europeos tienen los índices de felicidad y los niveles de empleo más altos, amén de generosas políticas redistributivas del ingreso? Los escandinavos. ¿Cómo lo hacen? Simple: se ubican en los primeros lugares de todos los índices de libertad económica (el de la conservadora Heritage Foundation, por citar uno) y de flexibilidad en la legislación laboral. Es decir, a diferencia de tantos otros países que practican la redistribución del ingreso sin previa creación de riqueza, los escandinavos primero la crean, primero producen riqueza, luego, y recién, la redistribuyen. Y sólo mercados libres y flexibles tienen ese potencial de generar crecimiento económico en gran escala. Qué haces después con esa producción, con ese ingreso, es tu problema”.


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Comentarios:
Pepito, el liberalismo de Keynes es precisamente todo lo contrario al mío...
Enlace permanente Comentario por Cadenas Manuel [Blogger] 06.07.09 @ 05:30
Noticias de Noruega:
"hola la verdad que en oslo afecta la crisi tiooooo,,, yo trabajo en la hosteleria en un restaurante español en oslo.... y se nota bastante el bajón que ha dado,,, recuerdo que hace 6 meses 16.000 koronas=2.000 euros eso cobraba yo limpio todos los meses a parte las propinas"tips"sobre unas 5000 koronas al mes,TOTAL(21.000 koronas limpio = 2.500euros)osea pagando alquiler gastos en comida y alguna fiesta qe otra los 1500 euros me ahorraba al mes y lo metia en una cuenta eso todos los meses aproximadamente, es mucho dinero jejej. Ahora 16.000 koronas=1600 euros....... las propinas 200 euros+/- osea 1800 euros, ahora le qito el alquiler y la comida y me qedo con 800 euros para meterlos en la cuenta.... ¿CRISI? LOS PRECIOS ESTÁN IGUAL, LUZ,TRANSPORTE ,ALIMENTACIÓN....... espero que todo se arregle y no lleguemos a la española
Enlace permanente Comentario por Jose Calderon 05.07.09 @ 22:15
!Hay Manuel! Eso ya lo pasé hace varios años. !Vamos! ¿No sabes que los directivos de UBS Bank, el más grande de Europa están con impedimento de salida de Estados Unidos por operaciones de libertinaje libertario? ¿Que AIG, la aseguradora de los bancos más prósperos del mundo quebró pese a los 250 mil millones de papel impreso que Obama les jugó? ¿Que no existe un solo documento donde Dios, Marx o Keynes, digan que este pedazo es tuyo y no del otro? Los anarquistas como Kropotkim o Proudhon estuvieron cerca, si, la propiedad es un robo. Pero a quien es la pregunta.
Es ridículo negar el derecho sobre la tierra de los Koapakoris , Yenis o Nantis. El problma es ¿Cómo los entendemos? ¿Tenemos cabeza suficiente grande para entender y aprovechar el saber de estas culturas que a diferencia de la nuestra no basan su desarrollo en un esquema teleológico? ¿Cual es su telos? Para elos el tiempo es otro, no el tuyo, ni el romano, ni el justiniano. No, es otro el esquema, y su conocimien to d...
Enlace permanente Comentario por josé Calderón 05.07.09 @ 22:11

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