EL NEOSENDERISMO HACE ARDER LA SELVA
13.06.09 @ 02:26:39. Archivado en Ensayos
Lo que el Perú debe aprender de su trágica experiencia de los años ochentas ahora que se quiere poner otra vez contra la pared al Estado peruano por intereses foráneos que no pueden resistir que nuestro país crezca en libertad y democracia.
ESCRIBE MANUEL CADENAS MUJICA
¿Cómo pudo Sendero Luminoso, un grupúsculo de extremistas de escasa significación política, poner en jaque al Estado peruano durante una década? De una manera muy simple: dejándolo tan mal parado frente a la sociedad que ésta terminó por convencerse de que alguna razón, alguna causa justa podría tener la subversión frente a gobiernos corruptos e ineficaces como los que tuvo el Perú cuando advino la democracia en los años ochenta.
Ciertamente no fue una tarea difícil para el terror. Muchos factores soplaron a favor de su estrategia macabra. primero que ninguno, la incapacidad estructural del sistema democrático peruano para cumplir una tarea tan medular como defenderse a sí mismo frente a un adversario que tiraba la piedra y escondía la mano. Y eso lo sabían muy bien todos los organismos de fachada de Sendero, que con la complicidad pasiva de cierta izquierda culposa, usaron todos los mecanismos benignos del sistema para socavarlo desde dentro.
También contribuyó a esa treta el ánimo de la opinión pública extranjera, tan desinformada que hasta hace muy poco seguía considerando a los grupos terroristas peruanos como “guerrilla” y llamando –para contentamiento de todos los caviares– “conflicto interno” al caos y muerte generados por el crimen organizado.
La clase política peruana tampoco estuvo a la altura de las circunstancias, para variar. Lejos de cerrar filas ante el enemigo, los políticos peruanos prefirieron pescar en riachuelo revuelto, con la miopía de quienes no saben mirar más allá de sus narices y no consideran la real magnitud del peligro que acecha. Inevitablemente, la realidad los fagocitó, los pulverizó, los convirtió en cero a la izquierda (incluso a quienes estaban a la derecha) a la hora en que cayó con todo su peso sobre el escenario político. Había que verlos patalear inútilmente cuando Fujimori hizo su autogolpe. Francamente patéticos, suplicando después su partecita en el reparto del poder bajo las nuevas reglas.
Todo lo que Sendero debió hacer para tener cogido del fundillo al Estado peruano fue, por tanto, sumarse al peso muerto del sistema. Los medios de comunicación con su amarillismo sin brújula y sin norte, los políticos con su ábaco escolar calculando los réditos de corto plazo, los gobiernos pendulando entre la mano dura sin estrategia y la mano blanda con complejo de culpa y cobardía para confrontar a los aliados de la subversión, la sociedad civil tragándose el sapo de la injusticia estructural y del callejón democrático sin salida, la opinión internacional santificando al terror y satanizando al Estado. ¿No nos suena a eso mismo lo que vivimos en estos días con los terribles sucesos en la selva?
El reparto ha cambiado, pero la obra es la misma, con el agravante de que esta vez los enemigos han sabido integrarse al sistema para petardearlo mejor por dentro, han perfeccionado la patraña gracias a los abundantes recursos que llegan desde Venezuela y Bolivia, y han dado con un mejor pretexto para carcomer el espíritu de los peruanos: el innegable drama social de las comunidades nativas en el Perú, dueños de nada. Y tal parece que el Perú no aprende la lección de la historia (¡Toynbee, cuánta razón te damos!), porque todos sus actores vuelven a pisar nuevamente el palito: los medios, los políticos, los gobiernos, la sociedad civil, la opinión pública internacional.
Todo lo que estos nuevos senderistas de la política están haciendo para coger del fundillo al Estado peruano es, nuevamente, sumarse al peso muerto del sistema, que desaprendió todas sus experiencias cuando los sucesivos regímenes de Paniagua y Toledo desarticularon sus mecanismos de defensa.
El asunto de la Amazonía es, como digo, un pretexto. ¿Acaso empezó con el gobierno de García, que no es santo de mi devoción dicho sea de paso? No ha sido un caviar, precisamente, quien ha abordado ese espinoso tema con el mayor acierto, sino más bien un libertario recalcitrante: Enrique Ghersi. Él ha ido más lejos que ningún socialista en dar con la médula de este problema cuando establece que detrás de todos los conflictos sociales con las comunidades nativas del Perú hay un factor común: la usurpación de sus derechos de propiedad sobre el suelo y el subsuelo desde los días de la colonia. Él señala: “¿Cuál es la diferencia entre encontrar petróleo en Texas y encontrar petróleo en el Perú? La respuesta es una sola: si alguien encuentra petróleo en Texas es rico, si encuentra petróleo en el Perú es pobre”, y traza el origen de este absurdo, común a toda América Latina, en las leyes que dieron los reyes castellanos respecto de las Indias y que, por inercia política, se ha mantenido como principio jurídico en los días republicanos.
Ghersi postula que la única manera de terminar con esos conflictos sociales es devolver la propiedad del suelo y el subsuelo a las comunidades. Así, “el desarrollo del negocio ya no será materia de una concesión o un reglamento estatal, si no de un contrato, libremente negociado y establecido con los propietarios de los terrenos, por el cual estas pocas personas que viven en zonas alejadas en la cordillera (o de la selva), probablemente las más pobres de este planeta, pasarán a engrosar la lista de Forbes como las más ricas del mundo, en un acto de redistribución para que puedan participar de los beneficios de la riqueza y entender que la libertad sin propiedad no existe. Nadie defenderá la libertad como una idea si la libertad no se convierte en una realidad a través de la propiedad, que es la forma de dar concreción a una idea abstracta”.
Pero, ¿es acaso esta radical solución la que defienden Chávez y sus secuaces Humala y compañía? De ninguna manera. Ellos no azuzan a la población amazónica para defender ninguno de sus derechos, sino para cambiar mocos por babas y, llegado el hipotético momento en que asuman el poder en el Perú, replicar lo que sucede en Venezuela o Bolivia, donde nuevamente el Estado se ha convertido en el dueño todopoderoso de riquezas y conciencias, y un dictador en el dueño del Estado.
Por el momento, es improbable que se produzca ese giro de timón en la legislación nacional que devuelva suelo y subsuelo a sus legítimos dueños, y ni siquiera los hermanos de la selva amazónica lo postulan en esos términos. Ellos, más bien, han optado por un entendimiento con quienes reciben las concesiones estatales, en el que puedan ser beneficiarios de los recursos que se extraen y no se altere su ecosistema. Paradójicamente, ambas cosas están contempladas en las leyes y decretos que recusan, instigados erráticamente por los neosenderistas del nacionalismo.
Pero si aún fuere poco haber participado en las consultas previas a través de sus dirigentes, no es el camino tomar carreteras y perjudicar a otros peruanos con la incomunicación que eso genera y el provecho que sacan de ello los extremistas. Mucho menos llegar a la muerte de tanto inocente, entre nativos y policías. Y ya está visto que tampoco es el camino arremeter con una represión brutal por parte del Estado, porque el adversario sabe sacar abundante rédito de las previsibles consecuencias, pedir renuncias, tratar de poner la agenda con mirada electoral.
¿Cuál es el camino entonces? Aunque suene a perogrullada, el camino es el diálogo. Pero no ese diálogo a puertas cerradas en el que luego nadie sabe qué se dijo, porque al salir cada cual afirma haber ganado la partida. Contra la desinformación, sobredosis de información. ¿Quieren dialogar? Todo lo posible, hasta el cansancio, con todos los participantes del drama, aunque dure muchos días; pero televisado a nivel nacional y en cadena, a puertas abiertas, sin cortes ni ediciones, porque el nuevo terror agazapado en organizaciones con tufo chavista no tiene reflejos contra la verdad cruda, no conoce la confrontación franca, se desintegra como el conde Drácula a la luz del mediodía. Su reino es las tinieblas.
No dejemos que otra vez un grupúsculo de extremistas de escasa significación política, ponga en jaque al Estado peruano, haga retroceder al país al oscurantismo económico y social, nada más porque en estos momentos el Perú es una piedra en el zapato para aquellos países y políticos que predican que es imposible crecer en libertad bajo el impulso de la iniciativa privada.
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Manuel Cadenas Mujica
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