HISTORIA DE UN PITBULL FEROZ
20.05.09 @ 00:49:42. Archivado en Narrativa
Miércoles 2 de julio de 2008, 00:16 horas. Llega a mi correo este mensaje de Guillermo Thorndike, el amigo ido. Delirante narración de cómo una apretada de huevos pudo salvar a un distinguido bassed hound de la inmisericorde mandíbula de una bestia canina. Querido Gordo, cómo nos has hecho reír.
Escribe Guillermo Thorndike
Voy a contar una breve historia espeluznante.
Lunes 30 de junio. A las 7 de la noche voy a la pequeña oficina del BCP en un grifo Prímax a dos cuadras de mi casa, en plena avenida Javier Prado. Maneja el chofer Rodolfo y me acompaña Sócrates, mi basset hound con el que estoy en la foto que acompaño.
Sócrates es un perro tranquilo, perseguidor de olores como todo sabueso. Es un perro grande con patas de enano. Debe de tener de 5 a 6 años. Mi hijo me ha regalado una hembrita de la misma raza que tiene de 4 a 5 meses y que lo tortura para jugar. De ahí que me lo lleve a todas partes.
Salgo del banco, lleno de gente, a un grifo lleno de autos, todo custodiado por dos efectivos de la gallarda PNP. Rodolfo paseaba con Sócrates por el jardincito lateral del grifo, bien sujeto el perro a su arnés.
Me acerqué sin adivinar que se nos venía encima un pitbull monstruoso, con el bozal roto, arrastrando a una doméstica de esas mongas que abundan en todas las tierras. Lo siguiente que veo es al pobre Sócrates mordido en el pescuezo por el pitbull, felizmente sólo con media dentadura (la parte rota del bozal) y así me convierto en protagonista de un combate francamente homérico contra una bestia absolutamente asesina. ¿Patadas? No hacen efecto. El pitbull ha cerrado las mandíbulas. Grave escándalo en el grifo. Salen hasta del banco a ayudarme (no los policías, por supuesto), alguien con una botella de agua que acaba por mojarnos a todos.
Un joven evidentemente gay, con aretes brillantes en cada oreja, mezcla de Coco Satui con Alberto Sordi pero de veinte años, aparece a mi lado en la vereda y me dice: "Si quiere que lo suelte (a Sócrates), aprétele los huevos (al pitbull)".
Una cosa es decirlo.
¿Cuántos le han agarrado los huevos a un pitbull en la vida?
Pero el pobre Sócrates la está pasando mal y no me queda más que atrapar la parte superior del bozal con la izquierda y meter la derecha entre las patas traseras, hasta encontrar un par de huevos peludos que agarro y aprieto sin misericordia.
Como si exprimiese una naranja.
El pitbull dijo aaayyyy. Un gemido intenso. Abrió la boca y Sócrates quedó suelto. Y devolvió un tarascazo en el hocico al agresor.
Mientras tanto yo quedo sujetando a la bestia, todavía por los huevos, mientras pienso: hacia donde lo suelto, porque si descubre que soy yo quien le ha chancado los testículos es capaz de dejarme peor que a Sócrates. Con mis 68 años de edad pero repleto de adrenalina, casi, casi lo levanto en vilo y lo aviento hacia la doméstica que sigue paralizada. Por supuesto, a toda acción sigue una reacción. Al esfuerzo hacia adelante viene un retroceso y no hay donde apoyarse, así que empiezo a caer en cámara lenta, sostenido por mi ángel de la guarda (ayer me convencí de que existe) y acabo despatarrado, por suerte en un pedazo de pasto.
Cinco, seis personas me ayudan a levantarme.
Una de ellas es un policía.
Mientras tanto escapan la nodriza y el pitbull con sus huevos aplastados.
Pido al policía que los haga regresar, que sople el pito por lo menos.
No puede. Está de servicio cuidando el banco. Los dos trabajan para el banco.
Pregunto si saben que su uniforme pertenece a la Policía-Nacional-del-Perú. Digo que están de adorno y que mejor pidan el uniforme marrón de los huachimanes.
A esa hora me puedo comer crudo al pitbull.
Recién se me está pasando la cólera. Intervino el serenazgo, la dueña del perro apareció esta mañana, confesó que el bozal se había roto pero que la doméstica nomás se lo puso, y, en fin, que Sócrates también había mordido.
Yo no dije palabra sobre la apretada de huevos. Después de todo era una señora desconocida.
Pero ya saben, vale el consejo del joven gay. Antes de seguir su camino, mientras yo buscaba pleito a los tombos (hay que desfogarse, ¿verdad?), me dijo con una sonrisa que le aleteaba por los cachetes: "Le apretó los huevos, ¿no es cierto?".
Ya lo saben.
Si un pitbull ataca (o cualquier bestia parecida), hay que cogerlo de los huevos con mano de hierro.
El problema es soltarlo.
Un afectuoso saludo,
Guillermo

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Manuel Cadenas Mujica
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